Evolución de la estructura de clases sociales en Colombia, 1938-2010. ¿Han crecido las clases medias?

  • Oscar Fresneda Bautista Universidad Externado de Colombia

Resumen

El artículo describe la forma como ha evolucionado la estructura de clases sociales de los trabajadores en Colombia entre 1938 y 2010 y señala la correspondencia entre ese proceso y los regímenes de acumulación que ha tenido el país en este transcurso. Para ello recurre a una clasificación propia de clases sociales que es aplicada a distintas fuentes estadísticas que cubren este periodo. Se concluye que, en una perspectiva de largo plazo, después de un importante aumento de las clases medias durante el régimen de sustitución de importaciones, no se ha presentado un aumento continuo de esas clases desde la década de 1990.

Publicado
2017-09-22
Como citar
FRESNEDA BAUTISTA, Oscar. Evolución de la estructura de clases sociales en Colombia, 1938-2010. ¿Han crecido las clases medias?. Sociedad y Economía, [S.l.], n. 33, sep. 2017. ISSN 2389-9050. Disponible en: <http://nexus.univalle.edu.co/index.php/sociedad_y_economia/article/view/5630>. Fecha de acceso: 15 nov. 2018 doi: https://doi.org/10.25100/sye.v0i33.5630.

Palabras clave

clase social, clase media, desigualdad económica y social, modelo de desarrollo, desarrollo económico y social

Introducción

Desde los albores del siglo XX en Colombia, como en otros países latinoamericanos, se inicia una continua y dinámica modificación de la estructura social. En ese momento prevalecían las clases campesinas y, a partir de entonces, junto a fenómenos como la industrialización, los cambios sectoriales de la economía y en las relaciones laborales, la extensión de la educación formal, el crecimiento de la población urbana, la transición demográfica y la creciente incorporación de la mujer en la fuerza de trabajo, han irrumpido nuevos sectores sociales y se ha transformado la configuración que ha adoptado la sociedad.

Los resultados de este proceso han estado en la base de la elevada concentración en la distribución de los ingresos y beneficios, que ha caracterizado la sociedad colombiana, y del surgimiento de segmentos y actores sociales diferenciados en los distintos periodos (Fresneda, 2016).

En el presente artículo se ilustra la forma como puede percibirse la evolución de la estructura de las clases sociales colombianas en las últimas siete décadas, dentro del contexto de los cambios que han tenido los modos de desarrollo por los que ha transitado el país. El trabajo intenta aportar desde lo conceptual y metodológico una guía y un punto de referencia para el examen de la composición y cambio de la estructura social de Colombia. Retoma así una tradición que se inició desde la primera mitad del siglo XX en algunos contextos nacionales de América Latina (Solari, Franco y Jutkowitz, 1976), pero que no ha tenido acogida hasta el momento en el análisis de la realidad del país.

En primer lugar, el texto hace algunas acotaciones generales sobre las nociones adoptadas de clases sociales y estructura de clases, que definen la orientación y el alcance del trabajo. Expone, de igual forma, la clasificación elaborada sobre tal base, como herramienta metodológica para el análisis empírico de la composición y magnitud de las posiciones de clases sociales, e indica las fuentes de información utilizadas para hacerlo. La segunda sección contiene un recuento de los cambios detectados en esa estructura y señala la correspondencia que tienen con los regímenes de acumulación por los que ha pasado la sociedad colombiana durante el periodo comprendido entre 1938 y 2010. El acápite final, a modo de conclusión, destaca uno de los elementos del análisis, vinculado con el curso que ha seguido la desigualdad social, tratando la cuestión de si han crecido las clases medias en el país, en un horizonte de largo plazo.

1. Los conceptos de clase social y de estructura de clases. La clasificación para el análisis de esa estructura

1.1. Consideraciones conceptuales

Las clases sociales se entienden como segmentos que expresan divisiones fundamentales de la sociedad en las cuales sus miembros tienen características similares (recursos, comportamientos, consumo, por ejemplo), que los diferencian de los demás, les otorgan potencialidades particulares en su vida y les permiten tener en común un conjunto de formas de ser, de pensar y de actuar. Son grupos que comparten condiciones objetivas de existencia y pueden constituirse, con ese fundamento, en actores sociales colectivos (Giddens, 2004; Crompton, 1997). Sobre este contenido genérico el concepto de clase social tiene diversos significados, no solo en el lenguaje corriente, sino en el académico especializado (Ossowski, 1963; Giddens, 2004; Crompton, 1997; Wright, 2015).

Las concepciones teóricas sobre la estructura de clases sociales se dividen en dos corrientes principales: las que adoptan un enfoque gradacional y las que siguen uno relacional (Ossowski, 1963; Wright, 1979). Las primeras consideran que la distinción entre clases sociales se lleva a cabo de acuerdo con el grado en que poseen un atributo adoptado como criterio de distinción (prestigio, poder, capacidad económica). En el enfoque relacional las posiciones de clase se definen, en contraste, por la ubicación de los individuos o las familias en campos destacados de las relaciones que mantienen entre ellos (Ossowski, 1963). Son establecidas no por la posición relativa que ocupan respecto a otras clases según criterios jerárquicos cuantitativos, sino por las relaciones socialmente estructuradas que tienen entre sí, según rasgos cualitativos de diferenciación, y que les otorgan intereses y papeles particulares a las personas que las ocupan. Prima, en esta perspectiva, el concepto de estructura sobre el de clase. Las clases son tales porque forman parte de un sistema de relaciones (Ossowski, 1963; Wright, 1979).

Las visiones relacionales se diferencian entre sí por el tipo de relaciones sociales en torno al cual definen que se establecen las clases. En las concepciones marxistas y neomarxistas, las clases sociales se constituyen por la ubicación que ocupan dentro de las relaciones sociales de producción. En las weberianas y neoweberinas tienen origen en las oportunidades de vida que adquieren en las relaciones en el mercado y en el trabajo. Para otras vertientes teóricas, las clases están fundamentadas en relaciones de dominación y subordinación (Wright, 1979; Breen, 2015).

Los conceptos de clase social y estructura de clases sociales sobrepasan, en cualquier caso, el uso de criterios de estratificación basados en simples ordenamientos según variables relativas a recursos o condiciones de vida, como los ingresos o los niveles de educación. En una expresión actual, que puede ubicarse dentro de esa forma de análisis, promovida desde el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco Mundial (Ferreira et al., 2013; Stampini, Robles, Sáenz, Ibarrarán y Medellín, 2015) se definen las “clases” como ubicaciones en los gradientes de ingresos que distinguen a los pobres (extremos y moderados, y clase vulnerable para el BID), en el nivel inferior, la “clase media” en el sector intermedio y las clases de ingresos altos en el superior. La movilidad social se analiza, bajo esta concepción, en términos de cambios en los ingresos. Tal forma de análisis no da cuenta propiamente de las clases sociales como elementos constitutivos de la estructura social, con intereses contrapuestos y conflictivos, y con capacidad de adquirir una identidad y asumir el papel de agentes del cambio social3.

En el análisis aquí expuesto se reconoce que las clases sociales se constituyen de acuerdo con la posición que ocupan los trabajadores dentro de las relaciones laborales. Esta opción ha sido catalogada genéricamente con la expresión de “clases ocupacionales” (Crompton, 1997). Desde su punto de vista, las clases se diferencian a partir de factores que expresan la ubicación que ellos ostentan frente a la propiedad sobre los medios de producción y dentro del marco de la división social y técnica del trabajo. A partir de esta delimitación básica es útil, sin embargo, para algunos análisis, el agrupamiento y ordenamiento de las posiciones de clase según el nivel de los atributos que dan lugar a las distinciones clasistas.

Con el propósito de examinar la relación entre la evolución de las estructuras de clases y los cambios en las modalidades que asume el desarrollo capitalista, la perspectiva relacional de las “clases ocupacionales” tiene ventajas en tanto da cabida a formular la interdependencia entre estos dos fenómenos. En su contexto puede analizarse las interrelaciones entre la estructura de clases sociales, y el proceso a través del cual se estructuran y operan las formas que asumen las instituciones económicas en los regímenes de acumulación4.

Dentro del análisis de clase se distinguen dos niveles que separan campos específicos de estudio con relativa autonomía, aunque siempre interrelacionados: el que da lugar a la determinación de la estructura de las clases de acuerdo con su ubicación objetiva en las relaciones laborales (posiciones de clases, “clase en sí” para recurrir a una antigua terminología), de una parte y, de otra, el referido a los aspectos históricos y subjetivos de conformación de las clases como sujetos políticos en torno a sus intereses, la “clase para sí” que ha obtenido conciencia de sí misma, ganado una identidad y adquirido su sentido pleno.

En el artículo se analiza la forma como ha evolucionado la estructura de clases sociales en su primer sentido, según sus características objetivas. Se aborda así solo una parte de lo que se ha llamado el “análisis de clase”, que comprende igualmente el estudio de la movilidad entre clases, la formación de clases (la constitución de las clases en actores organizados colectivamente), las desigualdades entre clases, las formas de su comportamiento y organización social (Wright, 2015).

Sobre la ubicación en posiciones dentro la estructura de clases se establecen, de otra parte, los derechos y las potencialidades diferenciales de las personas y las familias en distintos aspectos de la vida social y, en esa perspectiva, explica, a través de múltiples mecanismos y de la acción de las mismas las clases, una parte importante de las desigualdades económicas y sociales (Wright, 2010; Breen, 2015). Es así como la consideración de la evolución de la estructura de clases aporta elementos sobre el rumbo que sigue la desigualdad, como fenómeno inherente de los regímenes de acumulación (Boyer, 2014), y constituye parte sustantiva de su explicación. Existe una amplia evidencia en el contexto internacional, y en algunos estudios en el ámbito nacional, de que las desigualdades sociales y económicas están explicadas por las clases en su sentido “ocupacional” (Crompton, 1997; Goldthorpe, 1995; 2010; Wright, 2010; Fresneda, 2016).

1.2. La clasificación utilizada y las fuentes consultadas

Para el examen de la evolución de la estructura de clases sociales en Colombia, durante las últimas siete décadas, se construyó, como instrumento metodológico, una clasificación o taxonomía que permitiera una aproximación a la diferenciación de los trabajadores de acuerdo con su ubicación dentro de las relaciones sociales laborales, con las limitaciones insalvables que imponen las fuentes estadísticas disponibles5. Se buscó así, abordando una de las principales áreas de la investigación empírica macrosocial sobre las clases sociales en el contexto contemporáneo (Crompton, 1997), obtener una medida de la estructura de clases, que diera cuenta de la composición y extensión de las posiciones que la conforman.

En esta perspectiva, con los lineamientos conceptuales expuestos, fueron tomados en cuenta algunos criterios operativos de delimitación de los esquemas de clasificación de Erik Olin Wright y John Goldthorpe (Carabaña y De Francisco, 1995; Wright, 1979; 1995; 2015; Goldthorpe, 1995; 2010; Crompton, 1997; Breen, 2015). Estos dos autores han tenido gran influencia internacional en el estudio empírico de las clases sociales, desde el punto de vista ocupacional, en las últimas décadas: Wright, desde un enfoque neomarxista, y Goldthorpe desde uno neoweberiano. Aunque hay diferencias de fondo en sus concepciones sobre las clases sociales y sobre la forma de estudiarlas, existen puntos fundamentales de coincidencia entre ellos en cuanto a los procedimientos prácticos para la determinación empírica de las posiciones de clase (Wright, 1995; 2010; González, 1992).

Concuerdan en el peso que dan a tres tipos de variables para distinguir posiciones de clases significativas dentro del campo de las relaciones laborales. En primer lugar, a la ubicación frente a la propiedad de los medios de producción que lleva a la separación entre trabajadores no asalariados propietarios (capitalistas y pequeña burguesía) y asalariados. Dentro de los propietarios, en segunda instancia, distinguen los segmentos de clases por el nivel o tamaño de la empresa y, en el caso Goldthorpe, por el sector económico (campesinos y empresarios de la industria y los servicios). Y, entre los asalariados, en tercer lugar, diferencian las posiciones de clase por el puesto que ocupan los trabajadores en las jerarquías laborales y el nivel de calificación laboral que es demandado para el desempeño de los trabajos. Estas dos dimensiones las consideran como el acceso a los bienes de organización y de calificación, en los términos de Wright (1985), o como la especificidad de activos y la dificultad de supervisión dentro de los contratos de trabajo, en los de Goldthorpe (Goldthorpe, 1995; Breen, 2015).

Los criterios de clasificación de clases sociales aportados por estos autores recogen condiciones generales de las sociedades capitalistas contemporáneas, dando cuenta de los segmentos que conforman las nuevas clases medias y, en ese sentido, son un útil punto de referencia para la delimitación de las clases en sociedades como la colombiana. Para incorporar algunas particularidades adicionales de países del capitalismo periférico se tuvieron en cuenta, en el ejercicio realizado, pautas adicionales aplicadas en los esquemas de clasificación “ocupacionales” elaborados en América Latina en estudios de carácter empírico6.

Con este fundamento, las posiciones de clases se definieron operativamente tomando en cuenta las variables disponibles en las fuentes utilizadas, que permiten la delimitación de grupos o segmentos de trabajadores de acuerdo con características destacadas de las relaciones laborales. Este procedimiento sigue pautas que han sido aplicadas en algunos estudios latinoamericanos, como algunos de los ya mencionados, y en algunas experiencias internacionales (González, 1992; Caínzos, 1995).

En la opción adoptada se tomó un camino más próximo al de Goldthorpe y al de estudios latinoamericanos sobre la estructura de clases, recurriendo a información directa sobre las condiciones ocupacionales, en vez de las utilizadas por Wright de niveles de calificación y ubicación en la jerarquía laboral de los asalariados, en la aplicación de su propuesta de las “explotaciones múltiples” (Wright 1985; 1995; Goldthorpe, 1995; González, 1992).

En el recuadro 1 se reseñan las fuentes estadísticas utilizadas para obtener la información presentada y algunos aspectos técnicos sobre su tratamiento.

Las cuatro variables consultadas en ellas para diferenciar operativamente las posiciones de clase dentro del sistema de relaciones de trabajo fueron:

Recuadro 1

Recuadro 1: Recuadro 1

  • La ocupación: el tipo de trabajo concreto realizado dentro de la división técnica del trabajo, que permite distinguir analíticamente, en las clasificaciones usuales de esta variable, entre trabajadores manuales y no manuales, según sus niveles de calificación, y su puesto dentro de las jerarquías de control y autoridad dentro de las unidades económicas.

  • La posición ocupacional: la situación de los trabajadores respecto a la propiedad de los medios de producción diferenciando patrones, trabajadores independientes y asalariados (empleados, obreros, empleados domésticos).

  • La rama de actividad: la ubicación de las empresas en los sectores económicos, que configuran entornos de relaciones laborales diferentes para ciertas posiciones de clase, como las propias del sector agropecuario y el trabajo doméstico en los hogares ajenos.

  • El número de trabajadores en las empresas donde se desarrolla la actividad laboral para los trabajadores no asalariados, disponible en las encuestas de hogares desde 1994, que es un indicador de la escala de las empresas y expresa, sobre esta base, diferencias en las relaciones laborales.

En lo formal, la clasificación se construye, como lo hace Goldthorpe, en dos niveles. El primero, más agregado, comprende nueve categorías que dan cuenta de las posiciones principales de clase. El segundo contempla doce fracciones consideradas relevantes, como subdivisiones de la mayor parte de las categorías más generales. Al adoptar este procedimiento se intentó ofrecer, al mismo tiempo, una categorización con relativamente pocas posiciones que permitiera captar elementos destacados de la estructura de clases y de las diferencias entre ellas, y un detalle en divisiones más específicas cuando se considere necesario. Las posiciones y fracciones de clase de los trabajadores definidas están enumeradas en el recuadro 2.

Recuadro 2

Recuadro 2: Recuadro 2

La clasificación se aplicó asignando las posiciones de clase de los trabajadores en cada una de las fuentes estadísticas consultadas y estableciendo la equivalencia entre las definiciones y las categorías de las variables utilizadas en ellas.

En la clasificación no se fija, como tampoco lo hace Goldthorpe, una posición diferenciada para los capitalistas o “gran burguesía” por dos razones: la baja frecuencia de este grupo que impide la estimación de su magnitud mediante encuestas por muestreo, y la dificultad operativa para captar por este mecanismo los capitalistas “rentistas” que no están realizando un trabajo en las empresas de su propiedad. Esta pauta se extiende a los “terratenientes” y otras fracciones de propietarios en distintos sectores económicos (Breen, 2015). El análisis de esta clase social requiere recurrir a procedimientos y fuentes diferentes.

Las limitaciones de información de las fuentes no permitieron tomar en cuenta otras circunstancias que inciden en la delimitación de clases sociales como las trayectorias ocupacionales de los trabajadores, las posiciones múltiples que tienen simultáneamente algunos de ellos y las relaciones de familia que afectan su posición social (Wright, 1995). También se careció de información para distinguir segmentos diferenciados dentro del campesinado, de los empleados administrativos, de los trabajadores independientes no agrícolas y de los profesionales y técnicos.

A continuación se describen las posiciones y fracciones de la clasificación.

El grupo de los directores (I) comprende los trabajadores de coordinación y mando, quienes tienen poder de decisión sobre los medios de producción y sobre otros trabajadores. Incluye tanto a los asalariados como a los patrones, aunque diferenciando estas condiciones dentro del segundo niveles de la clasificación (I.A. & I.B.).

Los profesionales y técnicos (II) abarca a los trabajadores en ocupaciones de mayor calificación con un desempeño basado generalmente en la credencialización que otorga la educación profesional y superior, con rasgos particulares en sus niveles de remuneración, relativo control sobre sus condiciones de trabajo, formas de contratación y papel dentro de las empresas. Para su clasificación se sigue un procedimiento similar al de los directores. Se consideran en una misma posición los asalariados y trabajadores independientes, separando estas condiciones al nivel de las fracciones (II.A. & II.B.)7.

Entre los restantes trabajadores no asalariados que no desempeñan ocupaciones de mera dirección, ni las propias de los profesionales y técnicos, se distinguen la pequeña burguesía y los trabajadores independientes en medianos y pequeños negocios no agrícolas, predominantemente urbanos (III), y los campesinos en explotaciones agropecuarias (IV). Cada uno de estos grupos es dividido en fracciones, buscando dar cuenta aproximada de dos situaciones disímiles de sus relaciones laborales que los hacen altamente heterogéneos: la de los negocios de simple subsistencia y la de los que permiten una acumulación. Para diferenciarlos se recurre al indicador del número de trabajadores en las explotaciones o negocios, utilizado también por Goldthorpe y por Wright, que expresa la escala o el tamaño de las empresas, y el volumen de sus activos. Los ocupados no agrícolas en empresas de cinco o más trabajadores se consideran como pequeña burguesía (III.A.) y los restantes como trabajadores por cuenta propia en pequeños negocios de subsistencia (III.B.). Entre los campesinos, con el mismo procedimiento, se distinguen los campesinos medios y ricos (IV.A.) y los campesinos parcelarios (IV.B.).

Este criterio de segmentación se adopta tomando en cuenta que diversos estudios sobre el sector informal han llevado a determinar que los establecimientos con cinco y menos trabajadores tienden a tener un carácter precario, con las características asignadas a ese sector: reducida escala en sus operaciones, organización rudimentaria, bajo nivel de productividad y capacidad de acumulación, relaciones laborales basadas principalmente en el empleo ocasional, el parentesco o las relaciones personales (cfr. Tokman, 1982; Uribe y Ortiz, 2006)8.

Del lado de los asalariados no directivos, ni profesionales ni técnicos, se separan segmentos de acuerdo con características ocupacionales asociadas con las jerarquías y la capacitación laborales. Con ambos criterios se distinguen los segmentos de los empleados (V) y los obreros industriales (VI). Dentro de los empleados en trabajos no manuales, desempeñando ocupaciones administrativas o propias del comercio y los servicios y con niveles medios de calificación se distinguen, según su ocupación, los que tienen funciones de dirección y control en la jerarquía laboral (V.A) y quienes no las tienen (V.B).

Entre los obreros se incorporan los asalariados que desempeñan ocupaciones predominantemente manuales. Se diferencian dentro de ellos dos fracciones, también de acuerdo con la jerarquía ocupada y la calificación que tienen, distinguidas según el tipo de ocupación desempeñada: i) los supervisores y obreros industriales calificados y semicalificados (VI.A) y ii) los obreros industriales no calificados (VI.B).

Entre los asalariados se ubican otros grupos en las escalas a que dan lugar las variables relativas a jerarquía y capacitación laboral: los obreros agropecuarios (VII) y los trabajadores domésticos (VII) no considerados en las clasificaciones internacionales. Los primeros son separados de la clase obrera industrial por las condiciones que los caracterizan en las formas de contratación y de regulación del mercado laboral que los rige. Y, además, en razón de la fluidez que existe entre campesinos y obreros agropecuarios en la composición de las familias y en las trayectorias laborales. Por su parte, los empleados domésticos tienen rasgos distintivos que los ubican por fuera de la producción mercantil y con niveles bajos de calificación laboral, contratos laborales particulares y formas propias de dependencia en sus relaciones de trabajo.

El grupo de Otros trabajadores (IX) es residual. Recoge los escasos trabajadores en condiciones diferentes a la de los grupos definidos anteriormente y los que carecen de información suficiente para su clasificación.

2. La evolución de la estructura de clases sociales 1938-2010

A lo largo del siglo XX y lo que va corrido del presente se han sucedido distintas estructuras de clases sociales que expresan cambios en múltiples instancias sociales. A fin de ilustrar ese proceso se reseñan los resultados de la aplicación de la clasificación descrita a las fuentes estadísticas seleccionadas.

Como resultado de este ejercicio se encuentran diversas configuraciones de clases sociales que guardan correspondencia con las modalidades que asume el capitalismo en los contextos históricos observados. El examen de los cambios en los regímenes de acumulación aparece, de esta manera, como un marco básico de interpretación y explicación de la configuración y evolución de la estructura de clases.

La investigación presentada explora esta línea de análisis. Su punto de partida se ubica en el momento en que hace aparición la información que permite hacer un acercamiento a la configuración de la estructura de clases sociales, con el censo de 1938. Ese año, más que señalar el comienzo de un periodo, capta los efectos de las transformaciones laborales en la primera fase de la industrialización. El límite de cierre del análisis, en forma correlativa, no expresa el fin de una época. Se fija en un año en el cual se pueden captar los efectos de las reformas que se introducen al régimen de la apertura en la primera década del siglo XXI (cfr. Estrada, 2004; Misas, 2013; 2015).

2.1. La estructura de clases en 1938 y sus antecedentes

En las primeras décadas del siglo XX, con el comienzo de la industrialización y la consolidación del café como principal producto de exportación, en tanto procesos ubicados en el centro de los cambios que presenciaba la sociedad colombiana después de finalizada la guerra de Los Mil Días, el fenómeno más sobresaliente en las transformaciones de las relaciones laborales fue el acelerado crecimiento del trabajo asalariado. De tener una baja proporción a finales del siglo XIX, abarcó la tercera parte de los trabajadores en 1918 y más de la mitad en 1938, según información de los censos de población (Fresneda, 2016).

En este proceso la estructura social se vio trastocada en la vía de implantación del capitalismo, con una amplia movilidad social que condujo al crecimiento del proletariado industrial, el surgimiento de nuevos sectores urbanos medios y la disminución de los obreros agrícolas y los trabajadores domésticos. La trayectoria económica de las décadas precedentes, especialmente el auge de la inversión con la primera guerra mundial, al final de los años veinte durante la “danza de los millones”, los efectos de la crisis mundial de 1929-1930 con el empuje de la industrialización y la creación de empresas capitalistas en el comercio, el transporte y los demás servicios habían promovido cambios sectoriales y ocupacionales que se expresaron en la progresiva modificación de las relaciones laborales.

Son fenómenos que expresan el paso a otro régimen de acumulación, de industrialización espontánea, sin políticas públicas sistemáticas que la apoyaran, sustento ideológico, justificación científico-técnica ni un plan acordado para ponerla en práctica (cfr. Prebisch, 1949; Giraldo, 2007; Fresneda, 2016). Este régimen de transición reemplaza el anterior primario exportador, prevaleciente desde el inicio de la época de la independencia. En su instauración, junto a las relaciones laborales, se alteran otras relaciones sociales básicas del capitalismo, afectando todas las formas institucionales centrales de la economía (Fresneda, 2016).

A pesar de la acelerada dinámica de cambio, cuando terminaba el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo, la distribución de los trabajadores colombianos por posiciones de clase social seguía siendo la propia de una sociedad predominantemente precapitalista de trabajadores rurales. Los campesinos y obreros agropecuarios mantenían su mayoría (57%). Dentro ellos subsistía la diversidad de relaciones sociales y formas de tenencia de la tierra, provenientes del régimen colonial y del primario exportador implantado con la Independencia, y la variedad regional de un país con contextos geográficos e historias muy disímiles (Fresneda, 2016).

La clase obrera industrial, que a través de sus organizaciones apoyaba las reformas de los gobiernos liberales (Pécaut, 2001), representaba una significativa décima parte de la fuerza laboral y en la categoría de los empleados, como centro de las nuevas clases medias emergentes, se ubicaba un 6%. La pequeña burguesía y los trabajadores independientes no agrícolas, junto a los directores9, comprendían 15%, porcentaje menor al que habían exhibido anteriormente los artesanos, pero seguían siendo el núcleo principal de los trabajadores del sector secundario. Los empleados domésticos, con 9% de la ocupación, tenían igualmente una proporción notablemente inferior a la de los sirvientes contabilizados en el censo de 1870, pero conservaban un peso significativo dentro de la fuerza laboral10. Los profesionales y técnicos apenas despuntaban con una proporción inferior a 1% dentro de los ocupados (gráfico 1).

En algunos medios políticos se consideraba, en este contexto, que no existían condiciones en el país para consolidar una senda de desarrollo fundamentada en las clases medias. Tal era la percepción de Luis López de Mesa (1952), quien fuera ministro en varios de los gobiernos de la “hegemonía liberal” y quien, a comienzos de los años de 1930, consideraba que la composición étnica impedía el surgimiento de una clase media como vía para promover el progreso nacional (López, 2001). Sin que el tema fuera objeto destacado de debate público, esta posición pesimista sobre la dinámica y el papel de las clases medias, que concordaba con el bajo crecimiento que habían tenido, se expresó en la ausencia de una incorporación de los representantes de estos sectores en la coalición de gobierno (Pécaut, 2001).

2.2. Los cambios en la estructura de clases entre 1938 y 2010: una visión panorámica

Se destacan tres tendencias principales en los cambios en la estructura de clases durante las siete décadas siguientes. La primera, el decrecimiento permanente de la participación de los campesinos y obreros agropecuarios en el conjunto de los trabajadores. La segunda, la extensión y luego disminución de la de los asalariados, con pérdida de peso de los obreros industriales y empleados domésticos, e incremento de los empleados y de los profesionales y técnicos. En tercer lugar, el aumento de la de los trabajadores independientes no agrícolas, que se convierten en el sector mayoritario de los trabajadores (gráficos 2 y 3).

Distribución porcentual de los trabajadores por posiciones de clases sociales, 1938, Colombia

Gráfico 1: Distribución porcentual de los trabajadores por posiciones de clases sociales, 1938, Colombia

La disminución del campesinado, como eje de la primera tendencia, condujo a que de comprender 30% de los trabajadores en 1938 se redujera a 10% en 2010. Este proceso sigue una regla universal, que corre a la par con el peso creciente de la industria y los servicios en el empleo, con el aumento de la productividad del trabajo agrícola y con el proceso de urbanización. En esta dinámica hay dos circunstancias a destacar en el caso colombiano. La primera se refiere a que, en términos absolutos, el campesinado no se reduce. Por el contrario, hay crecimiento en su volumen poblacional hasta comienzos del siglo XXI, aunque las clases propias del medio rural sigan teniendo una sobrepoblación que continúa impulsando la migración hacia las ciudades. Esta situación se repite a pesar de las circunstancias que han promovido el acelerado desplazamiento forzado de una proporción importante de habitantes rurales durante el periodo de la Violencia y, luego, con la confrontación armada, el paramilitarismo y la insurgencia; y a pesar de la elevada concentración de la propiedad territorial (Fresneda, 2016).

Esto evidencia que no hay una tendencia irreversible a la disminución de esta capa social, y que no existe sustento empírico para concluir que sea una clase en extinción. Su permanencia y la dinámica de su participación en la estructura de clases dependen de condiciones variables en cada momento, tomando en cuenta las formas particulares que adoptan la economía campesina y sus variaciones regionales dentro del régimen de acumulación instaurado. El campesinado aparece como un segmento permanente de la estructura de clases acogida en el país, en el cual prevalecen ampliamente los pequeños campesinos parcelarios, que son los mayoritarios, mientras que los que trabajan en explotaciones de cinco y más trabajadores y representan a los campesinos medios y ricos, no llegan a 1% de los trabajadores (gráfico 4).

Participación porcentual de los trabajadores por posiciones de clase social que tienen aumento, 1938-2010

Gráfico 2: Participación porcentual de los trabajadores por posiciones de clase social que tienen aumento, 1938-2010

Los obreros agrícolas han tenido, en general, una pérdida constante de participación dentro del conjunto de los trabajadores. A pesar de la gran proximidad social entre los campesinos y estos obreros, que con frecuencia se encuentran entremezclados en la misma unidad familiar, los dos grupos no han tenido un comportamiento semejante desde 1994. Esto sugiere que la fuerza de trabajo en explotaciones campesinas, y como asalariada en empresas capitalistas, es afectada diferencialmente por las dinámicas económicas y sociales, lo que justifica que cada uno de estos segmentos sea tratado separadamente como posiciones diferenciadas de clase social (gráfico 3).

La segunda tendencia se refiere a la recomposición dentro de los asalariados no agrícolas, con la consolidación de la preponderancia de los empleados, que se expandieron constantemente desde la segunda mitad del siglo XX hasta alcanzar 20% de los trabajadores, y la extensión de los profesionales y técnicos (gráfico 2). La clase obrera industrial aumentó a tasas superiores a las del empleo total desde 1938 hasta finales de los años de 1970, al casi duplicar su participación en los ocupados y llegar a abarcar 19% de los mismos. Desde entonces, mantuvo su participación hasta 1994, disminuyendo aceleradamente en términos relativos entre ese año y 1997, y conservando un nivel cercano a 10% hasta el 2010 (gráfico 3).

Participación porcentual de los trabajadores por posiciones de clase social que tienen disminución, 1938-2010

Gráfico 3: Participación porcentual de los trabajadores por posiciones de clase social que tienen disminución, 1938-2010

El grupo de profesionales y técnicos es, de otra parte, el más dinámico en su crecimiento relativo multiplicando su participación en el empleo por más de treinta veces entre 1938 y 2010. Después de un apresurado aumento, alcanza 10% de los ocupados desde la última década del siglo XX, con predominio del trabajo asalariado (gráficos 2 y 5).

En tercer lugar, el conjunto de la “pequeña burguesía” y los “trabajadores independientes no agropecuarios”, que ha venido creciendo a un ritmo elevado desde mediados de la década de 1960, es el segmento más numeroso dentro del mercado de trabajo colombiano a partir de 1978. La fracción mayoritaria y con más rápido crecimiento, como expresión de la precarización del trabajo, es la de ocupados en pequeños negocios individuales o familiares de subsistencia (de menos de cinco trabajadores), que constituyen 34% del empleo total y 93% de los clasificados en el grupo. La fracción alterna que trabaja en negocios de cinco y más trabajadores, con 2,5% del empleo total, forma parte de lo que podría denominarse más propiamente como una “pequeña burguesía” (gráficos 2 y 4).

De otra parte, la participación de las empleadas domésticas tiene un comportamiento variable en los distintos periodos. Disminuye especialmente entre 1964 y 1978, bajo la influencia de las modificaciones en las condiciones familiares, y el avance en la inserción laboral y en la educación femeninas (gráfico 3). La variación en su participación en el mercado laboral desde 1978 parece expresar comportamientos coyunturales del mercado laboral, relacionados con el desempleo y el nivel de los salarios.

Por último, la categoría de los directores se mantiene en niveles inferiores a 3%, lo que muestra una limitada movilidad social hacia esta categoría situada en la cúspide de la escala social. Tuvo, sin embargo, un incremento entre 1964 y 1994 y luego, en forma más notable, entre 2003 y 2012 como expresión de un cambio en la organización laboral de las empresas (gráfico 2).

Este proceso, en su conjunto, sigue el curso particular de los países del capitalismo periférico, donde no se presenta una generalización de la relación salarial y se mantiene, dentro de una heterogeneidad estructural de formas productivas, acogiendo la terminología cepalina, un núcleo importante de campesinos y trabajadores independientes no agropecuarios en pequeñas unidades económicas de bajo nivel de productividad. Es la consecuencia de los modos de desarrollo asumidos por el país, en su ubicación de dependencia dentro de la división internacional del trabajo, que impone restricciones a la industrialización y la generalización de las relaciones sociales capitalistas.

También es efecto de mecanismos mundiales, más generales, que permiten la reproducción de las unidades domésticas de los campesinos y trabajadores independientes urbanos, a través de la confluencia de distintos tipos de ingresos diferentes al salario. La contratación de trabajadores en cuya unidad doméstica son importantes los ingresos no salariales tiene ventajas para los empleadores, en tanto permite pagar salarios inferiores al mínimo absoluto, sin comprometer la sobrevivencia del trabajador y de su familia. Esta situación, según Wallerstein (2005), ha permitido la permanencia de una proporción significativa de trabajadores no asalariados en las distintas fases de evolución y modalidades del capitalismo.

2.3. Estructura de clases y regímenes de acumulación

Se ilustra en forma breve la correspondencia entre la estructura de clases y los regímenes de acumulación, comparando, dentro del proceso reseñado anteriormente, la morfología que asume esa estructura en tres momentos: los años 1951, 1978 y 2010, que son representativos de los regímenes del siglo XX y comienzos del XXI (gráfico 6).

Evolución de la participación de los trabajadores por fracciones de clase social - 1994-2010 (Parte 1)

Gráfico 4: Evolución de la participación de los trabajadores por fracciones de clase social - 1994-2010 (Parte 1)

En el proceso de evolución de la composición de las clases tienen, sin embargo, igualmente incidencia otro tipo de factores, como la extensión de la educación, que opera como un mecanismo de movilidad social diferencial para algunos sectores sociales, las transformaciones demográficas y la incorporación creciente de las mujeres en el mercado laboral (Fresneda, 2016).

La estructura de clases de 1951 es el producto de lo acaecido en el régimen espontáneo de sustitución de importaciones, que se desplegó durante la primera mitad del siglo pasado. Se mantiene en ella el predominio cuantitativo (53%) de las clases ligadas a la producción agraria, el campesinado y los obreros agrícolas, en proporción un tanto inferior a la de 1938. El peso relativo de los proletarios industriales es mayor respecto a ese año, alcanzando 14% de los ocupados, así como el de los profesionales y técnicos que llega a 2,3% de la fuerza laboral. Los empleados conservan su participación, mientras que los trabajadores independientes no agrícolas la elevan en forma moderada. Se trata de una estructura social de transición que, manteniendo rasgos de la composición laboral del pasado, incorpora el efecto del cambio promovido por la incipiente industrialización y la ampliación del trabajo asalariado que continúa en aumento (gráfico 6).

Evolución de la participación de los trabajadores por fracciones de clase social - 1994-2010 (Parte 2)

Gráfico 5: Evolución de la participación de los trabajadores por fracciones de clase social - 1994-2010 (Parte 2)

En el régimen de industrialización por sustitución de importaciones con apoyo estatal (ISI), que se inicia en Colombia desde finales de la década de 1940 y comienzos de la de 1950 y se prologa hasta finales de la de 1980 (Misas, 2002), se acentúa la disminución de las clases campesinas. En el comportamiento de las clases urbanas se diferencian dos subperiodos. El primero, que se extiende hasta finales de los años de 1970, donde se intensifica el crecimiento del trabajo asalariado, especialmente de los empleados administrativos y del comercio y de los obreros industriales (gráficos 2 y 3). En el segundo, que corresponde a una fase de disminución del ritmo de crecimiento económico y de estancamiento en la industrialización, se presenta la interrupción del aumento del trabajo asalariado y la ampliación del empleo independiente no agropecuario (gráficos 3 y 4). Son manifestaciones del agotamiento del régimen “típico” de sustitución de importaciones. La estructura de clases de 1978 expresa el resultado de lo sucedido en la primera de esas fases, que es la característica del régimen de ISI en Colombia, evidenciando el creciente peso del trabajo asalariado y la reducción del campesinado (gráfico 6).

La caída relativa del trabajo asalariado a partir de ese momento tiene lugar cuando, después de haber alcanzado su máximo la participación de la producción industrial en el PIB en 1974, empieza a tener un curso decreciente (Bértola y Ocampo, 2013). Responde a dos factores relacionados con la forma asumida por la sustitución de importaciones en Colombia. El primero, las limitaciones que surgen del mantenimiento de las estructuras productivas agropecuarias, que impiden la movilización de mano de obra, la extensión de las relaciones y el intercambio mercantil en el campo. El segundo, las restricciones de la demanda interna provenientes de la alta concentración de los ingresos y bajas remuneraciones laborales, y la fijación de precios en condiciones de monopolio o bajo protección estatal, que imposibilitan la extensión de la producción capitalista en todos los sectores económicos (Misas, 2002).

Al instaurarse el régimen de acumulación de la apertura o “neoliberal”11, hacia comienzos de los años de 1990, se consolida el rumbo de las transformaciones en la estructura de clases iniciado en la década anterior, en el contexto de la liberalización de la economía en los flujos comerciales y financieros mundiales (Misas, 2002; Estrada, 2004; Urrea, 2010). En condiciones comunes a otros países latinoamericanos hay circunstancias propias de la realidad colombiana que afectan el proceso, como el extendido desplazamiento de población campesina en zonas influidas por las múltiples violencias, y los cuantiosos flujos migratorios hacia otros países. El rasgo característico que encuadra la transformación de las relaciones laborales de este régimen es la desregulación y flexibilización en la contratación laboral tanto de asalariados como de trabajadores independientes. Constituye la estrategia que busca la reducción de los costos laborales y la pérdida de capacidades de organización y movilización de los mismos trabajadores (Estrada, 2004; Giraldo, 2007; Urrea, 2010).

La estructura de clases propia del régimen es representada por la observada en 2010 (gráfico 6). La particularidad más sobresaliente, que la diferencia frente a las estructuras de los regímenes anteriores, es el considerable peso que ostentan los trabajadores independientes no agropecuarios, que es superior a la tercera parte de la fuerza laboral (36,6%). En su mayor parte son trabajadores en empleos precarios en empresas de hasta cinco trabajadores (gráficos 2 y 4). El incremento de este grupo es consecuencia de la limitada demanda de trabajadores asalariados, quienes reducen su peso en las categorías de los obreros industriales y agropecuarios, continuando con la tendencia de las décadas anteriores.

Por su parte, el campesinado detiene su tendencia a la pérdida de peso en el conjunto de los trabajadores, como efecto de la “reprimarización” de las actividades económicas, manteniendo su participación, a partir de 1994, con oscilaciones, en torno a 11,5 (gráficos 2, 3, 4, 5 y 6). & se destaca igualmente el incremento del empleo en las categorías de mayor calificación y nivel jerárquico del mercado laboral: los profesionales y técnicos cuya participación pasa de 5,7% en 1978 a 9,5% en 2010; los directivos y los empleados elevan también su participación. Es esta una consecuencia de modificaciones en la organización de las empresas de mayor productividad que, en el contexto de la “apertura”, demandan trabajadores más calificados (Misas, 2002).

Distribución de los trabajadores por posiciones de clase social 1951, 1978 y 2010

Gráfico 6: Distribución de los trabajadores por posiciones de clase social 1951, 1978 y 2010

Misas (2013) describe el proceso económico en el que encuadran los cambios de la estructura de clases en este régimen de la forma siguiente:

El modelo de industrialización sustitutiva había dado lugar a una codificación muy completa de la relación salarial que incluía el pago de salario indirecto, la remuneración ajustada a la inflación y la productividad, la cual cobijaba a los asalariados del Estado y la mediana y gran empresa. El proceso de apertura dio lugar a profundas modificaciones en la relación salarial. La ruptura de los compromisos institucionalizados construidos bajo el régimen anterior y cambios en las normas legales que rigen los contratos laborales. El resultado ha sido el crecimiento de la informalidad, en el 2013 el 60% de la PEA estaba empleada en el sector informal, el más elevado de América Latina, y el 55,6% de la población ocupada ganaba hasta un salario mínimo. El ajuste, obligado por la apertura, se llevó a cabo a costa de la población asalariada (Misas, 2013, p. 2).

En el contexto de las transformaciones en la estructura social se mantiene una alta concentración en los ingresos laborales que, en buena parte, puede explicarse por las diferencias en las remuneraciones entre las posiciones de clases sociales (Fresneda, 2016)12. Es este un componente relevante de la desigualdad en la distribución general del ingreso que, medida con el coeficiente de Gini, aumentó con el régimen de la apertura y se ha mantenido a niveles elevados hasta la primera década del presente siglo (Alvaredo y Londoño, 2014; Díaz-Bazán, 2015; Piketty, 2016; CEPAL, 2015).

3. Conclusiones: ¿Han aumentado las clases medias en Colombia?

Los estudios sobre las clases y la estratificación sociales en América Latina, iniciados en los años cuarenta del siglo XX en su primera etapa que se prolonga hasta comienzos de los ochenta, estuvieron vinculados con los problemas del cambio social y de los actores que lo promoverían. Ya sea desde un enfoque estructural-funcionalista o desde el “pensamiento crítico”, predominantemente marxista, los análisis sobre el tema buscaron explicar las transformaciones de las sociedades latinoamericanas, alternativamente, como el tránsito gradual de las sociedades tradicionales a las modernas, o de las precapitalistas a las capitalistas, como etapa hacia el socialismo. En la primera corriente se intentaba constatar el crecimiento de las clases medias como agentes de cambio en la perspectiva de la modernización y la democratización de las sociedades. La segunda, en sus versiones más corrientes, postulaba un esquema polarizado de clases, entre la burguesía y el proletariado, como actores principales de la evolución histórica de las sociedades (Solari et al., 1976; Franco, León y Atria, 2007).

En una visión de largo plazo ninguna de estas previsiones se cumplió. En Colombia, como en la mayor parte de los países de la región, el resultado de las transformaciones de la estructura social, desde el inicio de la industrialización, fue el surgimiento de una estructura social propia, que no coincidía con la esperada, en la vía de reproducir el recorrido de las sociedades industrializadas más “avanzadas”.

El debate sobre la trayectoria y el papel de las clases medias estuvo vinculado al de las perspectivas del desarrollo nacional y se le prestó atención destacada en el contexto latinoamericano hasta finales de los setenta del siglo XX (Solari et al., 1976). En Colombia tuvo algunas manifestaciones. Al comienzo de los cincuenta, cuando se iniciaba el régimen de ISI, ante el exiguo crecimiento de las clases medias en las décadas anteriores, se planteó una controversia sobre su papel en el proceso de desarrollo y en la forma de Estado a ser adoptada. Se concretó en torno a los trabajos del sociólogo norteamericano Lynn Smith y del antropólogo de origen austriaco Gerardo Reichel-Dolmatoff, que se publican en 1952. Para Smith (1952) las escasas clases medias colombianas eran resultado de la movilidad descendente de un segmento de las clases altas y no tenían una posibilidad de consolidarse como sector social de importancia. Mientras que para Reichel-Dolmatoff (1952) las clases medias, compuestas por campesinos acomodados, principalmente productores de café, estaban destinadas a ocupar un importante papel social, económico y político, que fuera el fundamento de una sociedad democrática. Los planteamientos de ambos autores no estuvieron sustentados en datos objetivos (Angulo, Azevedo, Gaviria y Páez, 2012), no reflejaron las tendencias de cambio que se presentaron en las décadas siguientes, y el debate que abrieron no tuvo mayor trascendencia13.

El informe producido por la Misión Economía y Humanismo, dirigida por el economista francés Louis Lebret, algunos años después anota que “no existe ningún estudio serio sobre la estratificación social del país” y que “las disputas a este respecto vienen precisamente de opiniones emitidas sin investigación previa” (Lebret, 1958, p. 35). Con esta percepción, y utilizando información sobre características laborales del censo de 1951, calcula que la clase media, compuesta por comerciantes medios, funcionarios y empleados, pequeños empresarios e industriales, y agricultores propietarios medios cubría entre 15% y 20% de los trabajadores. La “clase popular” abarcaba entre 75% y 85% de ellos. No obstante, señala que la sociedad colombiana en su conjunto aparece no como una “sociedad de clases”, sino como una “sociedad de castas”, en tanto las capas populares no han tomado aún conciencia de su situación, mientras que las clases dirigentes mantienen sus privilegios aumentado la brecha que las separa de las populares (Lebret, 1958). Sobre esta base la Misión no da, dentro de sus recomendaciones, un papel importante a los grupos que identificaba como clases.

La línea de análisis abierta en estos escritos no tuvo continuidad en el país. Los escasos estudios académicos sobre Colombia que tomaron en cuenta la composición objetiva de las clases sociales, a partir de entonces, se circunscribieron a grupos, sectores o regiones particulares, sin que se hayan ubicado dentro de una visión general sobre la estructura de las clases sociales en el contexto nacional14.

A partir de la información presentada en la sección anterior puede tenerse una aproximación a la evolución de la participación de las clases medias en el empleo, desde mediados de la década de 1960, agrupando las posiciones y fracciones de clase en tres segmentos diferenciados, dentro de un ordenamiento que expresa su ubicación relativa dentro de los niveles de acceso a los medios de producción y control sobre los mismos, las jerarquías laborales y los niveles de capacitación. Con tal criterio se distingue este conjunto de clases, de las altas e inferiores o populares.

Dentro de las clases medias se ubican sectores sociales provenientes de tres tipos de componentes. En primer lugar, de los segmentos relativamente pequeños de trabajadores independientes en negocios de la industria o los servicios (pequeña burguesía tradicional), o en explotaciones agropecuarias (campesinado medio y rico), que no son de mera subsistencia, cuya participación, como recién se señaló, no alcanza 3% de los trabajadores. En segunda instancia, de los profesionales y técnicos tanto asalariados como independientes. Y, finalmente, de los empleados administrativos del comercio y los servicios. Con esta composición, las clases medias representan en la actualidad cerca de una tercera parte de los trabajadores (gráfico 7 y cuadro 1)15.

En las clases bajas o populares, dentro de los asalariados, se ubican los obreros industriales y agropecuarios junto a los empleados domésticos; y, entre los no asalariados, los pequeños campesinos y los ocupados independientes predominantemente urbanos en negocios de subsistencia. Son segmentos de trabajadores ubicados en los niveles inferiores de autoridad y capacitación laborales; y en las escalas más bajas desde el punto de vista de su acceso y control sobre los medios de producción, sus ingresos, los desempeños educativos y las condiciones de vida. En conjunto, este agrupamiento de clases constituye algo menos de las dos terceras partes de los trabajadores en 2012. En el segmento de la clase “alta” están ubicados, finalmente, los directivos tanto asalariados como patronos, quienes constituyen una proporción que, como también se señaló, no llega a 3% de los trabajadores.

El recorrido de la composición de las posiciones de clase social con esta forma de agregación, desde 196416, indica que la proporción de las clases medias en el empleo tuvo un crecimiento significativo, desde 18,4% en ese año hasta 32,2% en 1994, principalmente durante el régimen de la ISI, manteniéndose en ese nivel, con algunas oscilaciones, hasta 2012. Es ese periodo de crecimiento de las clases medias el único de la historia del país en el que ha habido una disminución persistente de la concentración del ingreso (Fresneda, 2016); y en el cual el régimen político buscó un apoyo en esos sectores a través de políticas que buscaron favorecerlos -seguridad social, políticas sociales, crédito hipotecario- (Misas, 2002; Giraldo, 2007; Urrea, 2010). Después de implantado el régimen “neoliberal” o de la apertura, desde la década de 1990, no se ha presentado una tendencia continua al crecimiento relativo del conjunto de este conglomerado de clases. Ha habido algunas fluctuaciones en su participación en el empleo sin que haya habido un cambio notable en la participación de ese segmento social (gráfico 7 y cuadro 1).

El resultado obtenido se aparta de las interpretaciones y previsiones sobre la evolución de la estructura social de las sociedades latinoamericanas dentro de un proceso de “modernización” (Mera y Rebón, 2010; cfr. Solari et al., 1976). & también se diferencia de los pronósticos generales de las teorías de las sociedades posindustriales, que postulan un crecimiento de las clases medias, junto al de las ocupaciones en empleos de gerencia y de profesionales y técnicas, con un alto contenido de información y conocimiento, como un rasgo característico de las sociedades posindustriales o informacionales (Bell, 1976; cfr. Castells, 1997).

La participación de las clases populares, por su parte, disminuyó de 80%, desde los años de 1960, hasta 65% en el comienzo de los de 1990, manteniendo también ese nivel desde entonces, con un aumento en 2003 que refleja el efecto de la crisis económica de comienzos del siglo XXI. En contraposición con las previsiones de las corrientes marxistas, en general (cfr. Wright, 2000; Crompton, 1997) y en su interpretación de la realidad colombiana, como en la tesis de grado de Camilo Torres Restrepo sobre el proletariado en Bogotá (Torres, 1987), no han sido los trabajadores asalariados y, en especial, la clase obrera, el sector social en torno al cual se haya agudizado la polarización social.

La proporción de la clase alta es, a pesar de su crecimiento, más de veinticinco veces menor que la de las clases populares. Se pone de relieve de esta forma el grado de disparidad propio de la composición de la estructura de clases sociales colombiana, situación que está en la base de las desigualdades en los ingresos y en múltiples dimensiones de la calidad de vida.

Evolución de clases alta, medias y populares, 1964-2012, Colombia

Gráfico 7: Evolución de clases alta, medias y populares, 1964-2012, Colombia

El mantenimiento del porcentaje de las clases populares es, ante todo, consecuencia de mecanismos arraigados en el régimen de acumulación que han conducido a un incremento de los trabajadores independientes no agrícolas en empleos precarios, los cuales duplicaron su participación entre 1964 y 1994, pasando de 12% en el primer año a 24% en el segundo, para ascender a 34% desde el 2003. Esta posición de clase es la que ha tenido un crecimiento más dinámico, convirtiéndola en el sector mayoritario de los trabajadores. Los otros grupos ubicados en las clases inferiores disminuyeron su participación en el empleo desde los años de 1960 (gráfico 7 y cuadro 1).

La estructura de clases sociales que se ha consolidado, y que corresponde con el régimen de acumulación de la apertura, ha perpetuado de esta forma la segmentación social, al mantener la participación de las clases populares en el empleo, sin un crecimiento de los sectores sociales medios. Esta configuración de la estructura de clases sociales se encuentra, de tal forma, en la base de los grandes niveles de desigualdad en torno a la distribución del ingreso, que han caracterizado a Colombia hasta el inicio del siglo XXI.

Evolución de los porcentajes de participación en los ocupados de las clases altas, medias y populares, desagregados por posiciones y fracciones de clase social 1964-2012

Cuadro 1: Evolución de los porcentajes de participación en los ocupados de las clases altas, medias y populares, desagregados por posiciones y fracciones de clase social 1964-2012

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El artículo expone algunos de los contenidos de la tesis elaborada para optar al título de Doctor en Ciencias Económicas (Fresneda, 2016), en la Universidad Nacional de Colombia, que tuvo como director al profesor de esa universidad Jorge Iván Bula Escobar.
Doctor en Ciencias Económicas.
El Plan de Desarrollo 2014-2018, “Todos por un nuevo país”, del gobierno colombiano se apropia de esta concepción de las clases en términos de rangos de ingresos, proponiendo como una meta la promoción de la movilidad social, entendida como la disminución de la “clase pobre” y la consolidación de la media (Departamento Nacional de Planeación –DNP–, 2015).
La noción de régimen de acumulación, elaborada por la escuela de la regulación francesa, comprende, en una definición formal, el conjunto de regularidades orientadas a garantizar el mantenimiento y ampliación de la acumulación en el largo plazo. Se refiere a la organización de la producción y la relación de los trabajadores con los medios de producción, la distribución de la producción entre las distintas clases o grupos sociales, la composición de la demanda social y la articulación entre las formas no capitalistas de producción dentro de la formación social (Boyer, 1992; Misas, 2002).
La clasificación de clases sociales que se utiliza en este artículo ha sido aplicada en algunas investigaciones sobre desigualdades sociales y sobre segregación habitacional en Colombia, en las cuales ha participado el autor: Fresneda (Fresneda y Martínez (2012); INS (2016). Esas publicaciones contienen, con algunas variaciones, los elementos analíticos sobre las clases sociales y la explicación sobre la clasificación, que son expuestos en este artículo.
Dentro de los trabajos que recurren a este tipo de clasificación para el estudio de la estratificación y la estructura de clases sociales en países de América Latina se encuentran los de Gino Germani (1942; 1970), así como los de Portes (1985), Filgueira (2001), Portes y Hoffman (2003) y Do Valle Silva (2004).
Los trabajadores independientes o por cuenta propia en las clasificaciones de los censos y encuestas de hogares son aquellos que laboran por su cuenta sin contratar asalariados.
La 17ª Conferencia Internacional de Estadísticos del Trabajo (CIET), convocada por la OIT, recomienda emplear como pauta para llevar a cabo identificar del empleo informal, su ubicación en establecimientos de cinco y menos trabajadores. Es utilizada generalmente en las investigaciones que se realizan sobre este sector en Colombia desde instancias oficiales y académicas. Se ha usado principalmente en los contextos urbanos, permitiendo establecer también las condiciones precarias de los trabajadores asalariados y no asalariados de esas empresas (véase, por ejemplo, Galvis, 2012; Uribe y Ortiz, 2006). No obstante, ha sido aplicada igualmente al medio rural para el análisis de las condiciones de informalidad, también precarias, del campesinado parcelario (Vega, 2014).
La información contenida en la publicación de los censos de 1938, 1951 y 1964 no permite diferenciar a estos dos grupos.
En el censo de 1870 los artesanos comprendían e 23% de los trabajadores y los “sirvientes”, 15%.
Al término “neoliberal” se le otorga en este trabajo el alcance que en autores como Gabriel Misas (2002) se le da al régimen de acumulación de la apertura, que tiene lugar en el marco de la puesta en marcha internacional del consenso de Washington.
Con información de la encuesta de calidad de vida de 2003 el coeficiente de Gini del ingreso laboral era de 0,61. Descomponiendo este coeficiente por posiciones de clase social se encuentra que 56% del su valor proviene de las diferencias de los ingresos entre (inter) las distintas posiciones de clase. Un 28% adicional es aportado como efecto conjunto de las variaciones inter e intra posiciones de clase. & el 15% restante proviene únicamente de las variaciones dentro de ellas (intraclase). En Fresneda (2016), donde se presenta ese ejercicio, se pone en evidencia la asociación que existe entre las posiciones de clase social y las desigualdades sociales y económicas.
Los textos de Smith (1952) y Reichel-Dolmatoff (1952), junto al de Luis López de Mesa, (1952) de veinte años antes, fueron publicados por el Banco de la República.
En literatura sobre educación y clase social, que se inicia a finales de los años sesenta del siglo XX y tuvo cierto relieve en las décadas siguientes, se analiza el origen social de los estudiantes en distintos contextos y desde variadas perspectivas conceptuales (cfr. Cataño, 1989). No hay en ellos, sin embargo, una aproximación al examen de la composición de la estructura general de las clases sociales en el ámbito nacional. Desde finales de los años de 19980, hay un decaimiento en la investigación sobre clases sociales en el contexto latinoamericano (Franco et al., 2007), que afecta también a Colombia y que llevó a que se dejara de indagar sistemáticamente el tema. Los trabajos de Filgueira y Geneletti (1981) así como los de Portes (1985; 2013), y Portes y Hoffman (2003) incluyen alguna información y análisis sobre la composición de estratos ocupacionales o clases sociales en Colombia, en el contexto latinoamericano.
La abundante literatura sobre clases medias es divergente en torno a su definición y su papel como actor social. En la perspectiva de este trabajo se trata en tanto sector policlasista, que se diferencia por relaciones laborales particulares propias dentro de la clasificación utilizada, como se explica en el texto. Sobre las clases medias en América Latina véase, por ejemplo, los trabajos de Sémbler (2007) y la compilación de Bárcena y Serra (2010).
Haciendo una estimación aproximada del segmento de la “pequeña burguesía” y de los campesinos “medios y ricos” para los años anteriores a 1994. Para 1964 y 1978 se asume como estimación de estas fracciones de clase el mismo valor de 1994.