El valor de escribir, publicar y leernos en Trabajo Social: reflexiones y aportes desde la experiencia

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Biografía del Autor

Rosa María Cifuentes-Gil, Instituto Politécnico Loyola, San Cristóbal, República Dominicana.

Trabajadora Social, Licenciada en Ciencias Sociales y en Educación Familiar y Social; Magíster en Educación Comunitaria. Docente 33 años en Colombia y visitante en universidades latinoamericanas en temas relacionados con construcción disciplinar e intervención profesional en trabajo social, sistematización de experiencias, investigación cualitativa, pedagogía universitaria. Integrante del PLAS (Programa Latinoamericano de Apoyo a la Sistematización del CEAAL). Hoy Vicerrectora Académica y Pedagógica Instituto Politécnico Loyola, San Cristóbal, República Dominicana.

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Publicado
2018-07-01
Como citar
CIFUENTES-GIL, Rosa María. El valor de escribir, publicar y leernos en Trabajo Social: reflexiones y aportes desde la experiencia. PROSPECTIVA. Revista de Trabajo Social e Intervención Social, [S.l.], p. 13-34, jul. 2018. ISSN 2389-993X. Disponible en: <http://nexus.univalle.edu.co/index.php/prospectiva/article/view/6635>. Fecha de acceso: 20 ene. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/prts.v0i26.6635.

1.Introducción

Uno escribe a partir de una necesidad de comunicación y de comunión con los demás, para denunciar lo que duele y compartir lo que le da alegría. Uno escribe contra la propia soledad y la soledad de otros (Galeano, 2008).

Ella está en el horizonte: Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré ¿Para qué sirve la utopía? para caminar (Galeano, 1993).

Me apalanco en las palabras del contundente escritor latinoamericano para compartir convicciones que me han conmovido como mujer, profesional y docente: creo que la escritura en Trabajo Social nos ayuda a ser empoderados, reflexivos y prospectivos sobre la intervención que desarrollamos, los contextos, problemáticas, procesos, horizontes y desafíos que emprendemos. Es por tanto, un dispositivo de poder y de saber. Es importante escribir y que nos leamos, pues con ello contribuimos a visibilizar conocimientos y saberes construidos, a potenciar nuestra mirada femenina, profesional, académica, política, ética; también aportamos a consolidar nuestra autonomía profesional.

La comunicación escrita nos permite expresarnos y compartir experiencias, deseos e inquietudes; renovar procesos de pensamiento y desarrollar nuestra voz interior, a través de la magia del pensamiento, las letras y las palabras. Materializar nuestras experiencias y compartirlas posibilita comprender, aprehender y emprender el cuidado de la vida y lo vivido (Cifuentes-Gil, 2011b ).

La escritura es proceso, aprendizaje y producto por construir en la formación y ejercicio profesional, para integrar teoría y práctica con el fin de sistematizar nuestras experiencias. Posibilita construir huellas que nos permiten tomar distancia de la vivencia cotidiana; volver crítica, reflexiva y propositivamente sobre lo vivido; liberar la memoria, reconstruir, instaurar horizontes. Apalabrar, sedimentar lo que vivimos, tomar distancia, reflexionar; criticar y trascenderlo. De allí su carácter ético, su poder político, su valor epistemológico y su condición estética.

Cuando leemos nuestro cuerpo trabaja más allá de la memoria y la conciencia: imprimimos postura al texto, lo inventamos; conducimos el deseo de escribir, convertimos el producto en producción, en promesa.

Todo en nuestra sociedad de consumo, del leer, ver y oír, mirar y escuchar, está preparado para bloquear: podremos liberar la lectura si liberamos también la escritura (Barthes, 2013). Asumir la dialéctica entre leer y escribir permite interiorizar, construir diálogos, indicios interpretar lo vivido. Esto implica pasión, organización, disciplina, sumergirnos, perdernos y volvernos a encontrar en informaciones que construimos en, desde y sobre las experiencias. La lectura de la palabra, el aprendizaje de la escritura, la comprensión del discurso, forman parte de procesos significativos de consolidación de la ciudadanía: tomar la historia en nuestras manos, proyectar la naturaleza social del lenguaje asociado al proceso político de luchar por mejores vivires (Freire, 1996).

Los nombres que damos a las problemáticas sociales no son inocentes, son categorías productivas, que funcionan como sistemas de clasificación social, producto de acuerdo social y productoras del mundo. Los objetos del mundo social pueden ser percibidos y expresados de diversas maneras, porque comportan parte de indeterminación, imprecisión y elasticidad semántica” … Bien dijo Bourdieu: “el que nomina, domina” (Carballeda, 2002).

2.Apuestas

2.1 Optar por construir lenguajes de potenciación en lógicas de y desde lo social

La sociedad comienza a reconocerse como lenguaje, que sabemos, marca las coordenadas de la vida y es factor de socialización. Con la designación lingüística abstraemos la experiencia de incidentes biográficos para convertirla en posibilidad comprensible a muchos (Berger y Luckman, 1971). Mientras más compleja y multidimensional la vida, las acciones y distinciones en el lenguaje parecerán más novedosas e inesperadas (Maturana, 1995).

El lenguaje es una tradición creativa que emana de la persona, del horizonte subjetivo del intérprete (Gadamer, 1984); permite la supervivencia social. Es importante comprender la lectura, la escritura, el discurso, como procesos éticos, históricos, políticos significativos, de naturaleza social (Freire, 1993). Esto implica reconocer la influencia del orden-poder en el uso de las palabras, su potencia en el movimiento de lo que nombramos y dimensionar que escribir proporciona voz y poder.

Desde nuestra capacidad de asombro, espíritu crítico, constructivo y dialogante, podemos nombrar mundos intangibles y posibles, aprender desaprendiendo, confrontar, recrear, con disposición abierta, teorías y discursos (Vélez-Restrepo, 2003). Bliechmar (2002) plantea que escribe porque cree en su país y en transformar el ruido con el cual quebramos el silencio, mediante procesos discursivos que impliquen amor y respeto por el otro, emprender nuevos caminos. El Dolor de País exige recuperar la sensibilidad adormecida que, aunque nos quiebra, también nos restituye. De allí la idea de poner la escritura al servicio de los que sufren la historia. Bien planteó Galeano: “escribir es una manera de ofrecerse a los otros; un servicio público que nos desafía a convertir nuestras heridas y sufrimientos, a convocar el lenguaje inconsciente en parte de nuestra escritura consciente de la cultura, con compromiso con la realidad”. Y bien dijo Gabriel García Márquez: “quien que no sabe leer su propia realidad, no puede ser escritor” (Vasquez-Rodríguez, 2008).

Desde este horizonte histórico crítico, planteo desarrollar lenguajes de potenciación para avizorar, expresar deseo y voluntad de dar cuenta de cómo el orden y el poder determinan el pensamiento. Propiciar abrir subjetividades, conciencia de estar-estando con intelecto y sensibilidad a la relación dado-determinado y posible-potenciable. Destacar autonomías, proyectos y conciencia epistémica, rescatar el lenguaje de la instrumentalidad y convertirlo en capacidad para vivir la anticipación, la argumentación y la trascendencia. Comunicar con coherencia lo complejo, imprevisible e inédito, en lógicas de integración para concretar lo gestante del pensamiento en movimiento, en beneficio de la capacidad de sujetos históricos (Zemelman, 2012).

Esto implica pasar de la tercera a la primera persona, para dinamizar significados, asumir la ubicación en el discurso, construir sentidos; aportar a transformar la conciencia humana, evidenciar seres activos con capacidad de develar, dar cuenta del presente y del devenir; trascender los predicados, sustantivación y lógica de objeto e instituir capacidad de intervención para construir más allá de los límites: designar y gestar procesos de cambio (Zemelman, 2012).

Configurar gramáticas del pensamiento histórico, conceptualizar posibilidades, nombrar lo cotidiano como fuerza irruptora para abordar lo indeterminado: movilizar sistemas incluyentes de categorías para nombrar desafíos, lo constitutivo, el transcurrir de la experiencia en que prevalece la complejidad intersubjetiva de sujetos situados en estructuras (Zemelman, 2007). Conjugar necesidad y posibilidad, movimientos, horizontes para, además de decir, querer decir, actuar, nombrar haciendo. En retórica y gramática, trascender la analítica y comprender la experiencia vital, con apertura, que nos compromete a seguir buscando significar pensamientos inquisitivos sin reduccionismos (Zemelman, 2012).

Así, la escritura puede constituir una forma de potenciar lo social, la lectura y comprensión de la realidad, que nos hace actores, lectores, interpretes, narradores y enunciadores de múltiples comprensiones de lo social.

2.2 Comprender y asumir aportes de la escritura

Podemos concebir la escritura como un sistema secundario de modelado, techné, “arte”, que permite extender la potencialidad del lenguaje, trascender la oralidad, constituir remanentes en un campo visual, para alcanzar el potencial de la conciencia, hacer composiciones, configurar nuevas estructuras de pensamiento (Ong, 1994).

Escribir posibilita construir conocimiento desde el lenguaje como totalidad; facilita aprender, pensar y comprender; romper imágenes instituidas, constituirse en centro del proceso de palabra, efectuar afectándose, hacer coincidir acción y afectación. En escrituras activas, el agente es anterior al proceso (Barthes, 2013). El alfabeto permitió separar al orador del lenguaje y la acción; una vez que un texto estaba escrito, parecía hablar por sí, el orador dejaba de ser necesario (Havelock, Ong, Goody, Logan citado en Echeverría, 2002).

Gracias a la escritura nuestras vivencias e ideas pueden trascender en tiempo y en espacio: podemos volver sobre ellas, mejorarlas, reescribirlas y reeditarlas para heredarlas, convertirlas en aportes que permiten recordar, aprender, enriquecer formas de pensar, abstraer; separar al que sabe de lo sabido, lograr credibilidad (Hamburguer-Fernández, 2011). La escritura es necesaria para conservar el saber, transmitir el progreso del conocimiento, desplegar la cultura, arte, ciencia y tecnología; permite como sociedad, transitar del saber incorporado al objetivado; perfeccionar y complementar la transmisión oral (Hamburguer-Fernández, 2011).

La composición escrita es una actividad del hemisferio izquierdo que propicia el pensamiento abstracto y analítico, restituir la memoria, almacenar el conocimiento, liberar la mente para el pensamiento original, establecer líneas de continuidad, usar categorías para estructurar y dar permanencia al saber, a distancia de la experiencia. Las palabras escritas “articuladas”, exteriorizadas, permiten agudizar el análisis, los significados, más allá del contexto existencial: pueden eliminarse, borrarse, cambiarse para afectar procesos de pensamiento. Sirve para separar y distanciar al conocedor de lo conocido y establecer objetividad (Ong, 1994).

Al almacenar el saber fuera de la mente y construir remanentes con estabilidad visual, liberamos la memoria para la introspección articulada, la especulación, abrir la psique al mundo objetivo externo y al yo interior, de modo que la conciencia humana alcance su potencial desde el pensamiento abstracto y original. Usar categorías analíticas complejas permite abstraer, estructurar saber a distancia de la experiencia.

Requerimos conocer sobre la escritura para operar diferencias en procesos de pensamiento, interiorización, sentidos de las palabras.

Si bien en diversas tradiciones y en nuestros procesos de formación se ha exaltado la “objetividad” (el hemisferio izquierdo), también es necesario y pertinente promover el despliegue de capacidades y actividades lectoras y escritoras de la propia práctica: instituir nuestras subjetividades; explorar nuevas formas de escribir, de navegar por recuerdos, tramitar dolores, comprendernos, reconocernos en historias, en las marcas (hemisferio derecho). Esto implica cuidado y apoyo psicosocial, construir confianza y crear condiciones para la acción reparadora al comprender historias, en la dimensión humana. La ética del cuidado y solidaridad constituyen una gran responsabilidad (Charria, 2018).

Franz Kafka dijo que la caligrafía es el sismógrafo del alma. Es necesario escribir con disposición anímica en la que participa todo el cuerpo (Ong, 1994); creer en la intuición, sin caer en empirismo o sensualismo, abre las emociones (Ospina, 2012). Cuando se escribe en “el momento”, se atrapa el latir de la vida (Whitman, 1994), se traduce la emoción desnuda, se transfiere al papel el carácter de la emoción y perceptibilidad. Lo estético aporta claridad, precisión, sentido, horizonte e inspiración, al argumento. La vida y la lectura constituyen pilares sobre los que se levanta y sostiene un escritor, pues en todo proceso de escritura convergen dos tipos de experiencia: la vital y la lectora; el contexto existencial, la sabiduría relacionada con el contexto social total, rumbo hacia la conciencia (Vasquez-Rodríguez, 2008).

3.Propuestas

3.1 Conocer y apropiar procesos escriturales

La comunicación escrita se caracteriza por estas cualidades: Claridad, sencillez, corrección, naturalidad; Brevedad: máximo de ideas con mínimo de palabras; Precisión.

Escribir implica saber y saber hacer para comunicar, además de transmitir lo que deseamos significar, que el interlocutor entienda: lograr el efecto y la respuesta consecuente. Para escribir necesitamos conocimientos, habilidades y actitudes.

El papel hizo físicamente fácil la escritura. El pensamiento escrito exige cuidado, reflexión sostenida, completa, pulida. Conviene desarrollar métodos para escribir; planificar, generar ideas, elaborar esquemas, redactar borradores, revisar. El proceso de escribir se rige por reglas gramaticales conscientemente definibles que en el inconsciente hacen posible saber usar e incluso establecer otras.

Escribir y leer son actividades solitarias, pues implican la concentración de la psique (Ong, 1994). Para crear o fomentar tradición escrita se requiere crear condiciones administrativas, logísticas, objetivas y subjetivas (Hamburguer-Fernández, 2011). Comprender que mejora métodos orales para justificar tiempos, procesos, inversiones y técnicas que implica. La urbanización proporcionó incentivo para crear métodos de registro: listas, índices, gráficas ilustraciones, cuadros que representan aportes para la configuración de marcos de pensamiento.

A continuación, presentamos algunos aportes para escribir utilizando el hemisferio izquierdo (Vasquez-Rodríguez, 2008):

  • Componer: reunir varias piezas en un todo, de manera que cada parte se relacione con las demás (Hamburguer-Fernández, 2011).

  • Usar el primer párrafo como laboratorio del estilo, estructura y lenguaje. Dar la lucha entre forma y contenido. Dejar huellas.

  • Descubrir el texto previo al texto. Destilar. Educar el cuerpo y deseducar la mente.

  • Encerrarse para lograr concentración, encontrarse. Compensar lo más loco con lo más sobrio.

  • Escribir diez veces más de lo que aparece publicado. Fascinarse con la reescritura. Gastar, gestar; hacer borradores para liberar a la escritura.

  • Escribir sobre cómo escribí. Gradualmente se convierte en composición, tipo de discurso.

  • Revisar las estructuras caligráficas, sintaxis (organización del discurso) gramática elaborada y fija para transmitir significado, estructura lingüística. Se trata de un lento proceso en el que la mente se obliga a entrar en una pauta, que da oportunidad de interrumpir y reorganizar procesos normales y redundantes (Ong, 1994).

  • Corregir lo que escribí, con larga paciencia; hacer un mal borrador y corregirlo hasta desentrañar lo que realmente pensaba.

  • Codificar marcas visibles que integran palabras de manera total, trasladan a un nuevo mundo de la vista, aportan a transformar pensamiento, el mundo vital (Ong, 1994).

  • Ser escritor dual: que escribe y corrige.

  • Suspender el trabajo diario cuando sabe por dónde va a empezar mañana.

La escritura es tecnología interiorizada. Con la imprenta y la computadora, son formas de tecnologizar la palabra. Las tecnologías son recursos externos que determinan transformaciones interiores de la conciencia, que si afectan la palabra, resultan estimulantes. Interiorizarla requiere años de “práctica”. El uso de una tecnología puede enriquecer la psique, desarrollar el espíritu humano, intensificar la vida interior.

Ahora bien, si pensamos en aportes para escribir utilizando el hemisferio derecho, evidenciamos que escribimos el relato mientras soñamos. De allí la pertinencia de verter en palabras la mirada hacia el interior. Vivir, sentir y sufrir en la mente lo que vamos a escribir.

Octavio Paz plantea que a medida que escribes, el texto cobra autonomía, se modifica y te obliga a seguirlo; ayudar, constreñir y aún contradecir la inspiración (Vasquez-Rodríguez, 2008).

  • Escribir lo que escuchamos en sueños como parte de la inspiración. Escuchar la voz que dice lo que estamos escribiendo. Identificar sentidos con el alma. Imprimir huellas de la existencia. Inventar nuevos mundos y cuidar la palabra.

  • Recuperar la intuición, pasar por el corazón como intensificación del vivir. Expresar lo íntimo. Liberar la escritura del ahora (Vasquez-Rodríguez, 2008).

  • Escribir con el plexo solar, con honda, serena y humilde sinceridad.

  • Conjugar dos alegrías: hablar solo y a una multitud; relacionar elaboración escritural y flujo sanguíneo; agregar un cuarto a la casa de la vida y pensar sobre la vida, es otra manera de recorrerla intensamente (Bioy-Casares, Cross, y Paolera, 1988).

  • Ítalo Calvino plantea que el trabajo de escritor conjuga los tiempos de Mercurio y de Vulcano: mensaje de inmediatez obtenido a fuerza de ajustes pacientes y meticulosos, intuición instantánea que, apenas formulada, asume la definitividad de lo que no podía ser de otra manera; también el tiempo que corre sin otra intención que dejar que los sentimientos y pensamientos se sedimenten, maduren (Vásquez-Rodríguez, 2008).

  • Cambiar ritmo de trabajo con el tiempo: a la fuerza espontánea e inmediata de la juventud, configurar ritmos de elaboración (Amado, 1991), pues la inspiración es hermana del trabajo diario (Baudelere, 2000).

  • Comprometerse con la palabra: exactitud en pensamiento para contribuir a exactitud de la palabra.

  • Traducir la emoción desnuda por la poesía, el ritmo y la metáfora. El elemento acústico y el luminoso. La metáfora constituye una curva verbal entre dos puntos (Peicovich, 1995).

Es conveniente y pertinente aprender a manejar y circular diferentes formas y mediaciones para construir y revisar huellas de la experiencia, como hábito, con sentido. Diversos tipos de escritura y registros posibilitan transitar de actores a autores de experiencias; reflexionar sobre lo vivido como acto de reconocimiento, de introspección, de proyección, de aprender y trascender.

3.2 Desarrollar estrategias escriturales

Con la intención de puntualizar los aportes para avanzar en procesos escriturales, a continuación comparto dos estrategias: las fichas temáticas y el diario de campo:

Las fichas temáticas posibilitan afinar el trabajo intelectual: la lectura seria de textos, la escritura cuidada, la observación y análisis de hechos. Establecer relaciones con gusto por la aventura, noción de límites, para que la aventura y la osadía de crear no se conviertan en irresponsabilidad licenciosa, implica disciplina intelectual (Freire, 1997) y ética de vivir, testimoniar, en la manera en que lidiamos con contenidos, en el modo en que citamos autores con cuya obra discordamos o concordamos. Basar nuestra crítica a un autor en la lectura de sus obras con rectitud ética (Freire, 1996). De allí que el tiempo de estudio, de leer es serio, exige aprender cómo se dan las relaciones entre las palabras en la composición. Es tarea de sujeto crítico, humilde, decidido; un proceso difícil, incluso penoso, pero placentero, adentrarse en la intimidad del texto para aprehender su más profunda significación; prepararnos para futuras lecturas, con postura abierta y crítica, radical, no sectaria. Hacer hablar a los documentos desde nuevas perspectivas y en relación con intereses de reflexión. Las citas textuales de lo que leemos, hacen posible la conceptualización, la fundamentación y el establecimiento de categorías e hipótesis nuevas, cruces sugerentes (Freire, 2003), indispensables para la argumentación.

Aprender, mejorar procesos y estrategias de lectura implica desarrollar aproximaciones conceptuales. Leer intensiva y exhaustivamente permite comprender textos, hilar indicios; indagar para determinar desde dónde se está produciendo el conocimiento, a qué nivel se ha llegado, qué características ha tenido, qué enfoques metodológicos se han empleado, cuáles han sido las líneas de interés y los niveles de desarrollo (Camargo y Sánchez, 1994).

En las fichas temáticas ubicamos la información que seleccionamos de un texto, temas y subtemas para descubrir la producción de conocimiento en campos específicos. Permiten hacer inmersión selectiva y profunda en contenidos de documentos y afianzar el rigor en la argumentación. Lograr comprensiones certeras, profundas, al contar con huellas de lo que leemos. Facilitan el Análisis de Contenido (Bardin, 1986), clasificar información en categorías. Analizar: pasar del texto, a quien lo dice y cómo lo dice, tomar distancia. Trascender la lectura literal para avanzar en comprender e interpretar situaciones e intenciones. Focalizar para identificar aportes, para el análisis conceptual, categorial.

Los conceptos permiten abstraer; equiparar semejanzas, construir distinciones; abandonar arbitrariamente diferencias (Nietzsche, 1990), conocer los rasgos y propiedades esenciales y generales de objetos y fenómenos. Uno de los primeros rasgos del concepto es su generalidad, porque los nexos y relaciones son comunes a todos los objetos y fenómenos de una clase o grupo. El concepto constituye una forma de pensamiento, un medio que nos permite conocer y teorizar, diferenciar objetos de una categoría de los de otra (Cerda, 1991 citado en Camelo y Cifuentes-Gil, 2006).

De otra parte, el Diario de campo es una mediación escritural que permite registrar, reflexionar, evaluar y sistematizar la práctica. Su uso metódico y estratégico aporta a explicitar el conocimiento que desde la vida cotidiana y la práctica podemos construir (Aranguren-Riaño, 1985), con el fin de enriquecer y cualificar la intervención profesional. En el diario registramos día a día, actividades, acontecimientos relevantes, vivencias, reflexiones, preguntas y saberes que vamos construyendo en y desde la práctica. Con base en diversos registros cotidianos, discontinuos, podemos configurar insumos para elaborar conceptos, procesos, comprensiones, con base en las notas de las experiencias personales y observaciones sobre el contexto, los actores, las problemáticas, las vivencias y reflexiones. Los registros constituyen insumos para el pensamiento, la reflexión personal y el diálogo con otros, para enriquecer la práctica. Podemos seleccionar experiencias relevantes, discutirlas para diseñar propuestas que permitan mejorar y proyectar el trabajo (Mariño, 1991).

Usar el diario posibilita reflexionar y cualificar el proceso de formación y de intervención profesional, desarrollar una práctica fundamentada y rigurosa, incorporar aportes de diversos campos del saber a las vivencias y reflexiones; promover la relación dialéctica teoría-práctica. Siguiendo la metáfora de Claxton (1984) el mapa (la teoría) no hace al territorio (la realidad, la práctica), pero ayuda a caminar por él, a no perderse, a situarse en el punto elegido, a trazar el itinerario deseado (Reneé, 2011).

Podemos usar el diario de campo como estrategia de autorreflexión sobre la práctica; asumirnos y proyectarnos como actores reflexivos de nuestras acciones y transformaciones (Porlán y Martín, 1993).

Por la doble dimensión del carácter mediador del profesional, es importante explicitar esquemas de conocimiento y analizar la relación con la actuación, las características y necesidades del contexto, las orientaciones, prescripciones y aportes para planificar, diseñar y desarrollar la intervención. Pensar la práctica implica integrar. El trabajo intelectual forma el yo a medida que se trabaja. Usar diario permite forjar pensamiento sistemático; integrar experiencia personal y actividades profesionales. Una vez anotadas las vivencias, es viable construir pensamiento sistemático (Wright-Mills, 1988).

4. EN, DESDE y PARA Trabajo Social

En Trabajo Social la escritura aporta a la formación, al ejercicio profesional y a la construcción disciplinar. Requerimos desarrollar investigación sostenida sobre manifestaciones de la cuestión social, desde las cuales configuramos objetos particulares de intervención y asumimos la responsabilidad ético-política de soñar un mundo con equidad (Molina, 2007).

Investigar la intervención posibilita poner en acto la teoría sociológica, política. Recuperar la palabra, darle dirección, sentido, linealidad desde lo que vamos descubriendo. Anudar para entender la práctica que interpela nuestro conocimiento sobre la intervención, que es para resolver problemas, antes que para buscar la verdad (Carballeda, 2012).

Requerimos avanzar desde recibir el discurso, transcribirlo, operar como técnicos hasta interpretarlo, contextualizar, aproximar entendimientos de la situación contextualizada, territorializada, vinculada a la cultura e historias de vida, interpretar, conferir historicidad. Escribir es un insumo para investigar y sistematizar la intervención del Trabajo Social y otras disciplinas. Cuanto más seamos y capacidad de intervención tengamos, mejor vamos a hacer a los demás, pues elegimos el Trabajo Social por una preocupación por el otro. Si afianzamos la intervención, aportamos a la capacidad de disminuir el sufrimiento (Carballeda, 2012).

El neoliberalismo ha incidido en la deslegitimación del trabajo social en la academia y la profesión. Al escribir, recuperamos la legitimidad en otras formas de lazo social, de escucha, de lucha política. Para conocer nuestras realidades e intervenir en ellas, necesitamos autores, quienes hablen desde nuestro continente (Carballeda, 2012). De allí la importancia de recuperar y proyectar nuestras tradiciones de escritura. Exaltar la intervención como lugar de generación, articular cuerpos coherentes, promover la escritura desde la narración reflexiva sobre la intervención y complejidad de escenarios, el diálogo con la teoría para mejorar y multiplicar la producción escrita, pues la historia debe seguir siendo recuperada. El trabajo documental: rescatar acontecimientos históricos, impactos en formas socio-territoriales, formas de resistencia, integración y cohesión social, permite establecer un marco de referencia entre el arte, la creación, la documentación y la ciencia social y territorial (Carballeda, 2009).

Registrar la intervención nos permite comprender asuntos inesperados, cuestionar instrumentos de registro: ¿Qué tipo de información aporta? ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Qué queda por fuera? por pequeño que sea el espacio de intervención, requiere un estado de inquietud permanente (Carballeda, 2009).

4.1Testimoniar: avances, concreciones de la convicción

Empoderarnos de la escritura implica comprender y asumir que escribimos para “nosotros”; no solo para “otros”. Esto significa que podemos recuperar, proyectar, decantar nuestros propios escritos que constituyen pensamientos sedimentados sobre nuestros actos y reflexiones, para configurar experiencias y proyectar saberes y conocimientos que como profesionales de la práctica, vamos construyendo día a día, de forma inmediata, intuitiva, pero que requerimos desentrañar, comprender, visibilizar, comunicar. Podemos también apropiar y asimilar para construir conocimientos pertinentes, relevantes, significativos.

Como docente de Trabajo Social, acompañante de formación en investigación en una universidad privada colombiana, tuve la posibilidad de desarrollar procesos y productos escriturales, afincada en las convicciones sobre la importancia de la escritura para construir, trascender y aportar. Los contextos educativos que acompañé, siempre estuvieron mediados por escritos: programaciones, orientaciones, rúbricas, presentaciones, asignación de trabajos, retroalimentaciones. Lo mismo sucedió con las labores de coordinación académica y gestión docente, apalancadas por escrituras, desde las cuales se configuraron insumos para consolidar procesos formativos, académicos e investigativos. Tuve la fortuna de aproximarme a la sistematización desde la educación pública popular y de sistematizar experiencias de acompañamiento educativo e intervención profesional, lo que representó una oportunidad para llevar a la práctica mis convicciones y avanzar en su fundamentación.

Participar como editora de la revista Tendencias & Retos permitió abrir el campo de Trabajo Social en el Sistema de Ciencia y Tecnología en Colombia y también aportar a la construcción disciplinar al acompañar procesos de escritura: convocar a escribir artículos, recibirlos, buscar evaluadores, lograr que fueran evaluados, devolverlos a sus autores, retroalimentarlos y lograr la publicación, así como obtener la indexación de la misma.

Estimular la formación investigativa en trabajo de grado, investigar en Trabajo Social y en pedagogía universitaria (de manera interdisciplinaria), posibilitó escribir artículos, prólogos, capítulos de libros, publicar libros colectivos.

Desde la Academia proyecté el valor de la lectura y escritura para la vida profesional, para ubicar contextos del ejercicio y construir criterios, integrar conocimientos y saberes al análisis de problemáticas de intervención, construir propuestas metodológicas, argumentar pensamientos, exponer razones fundamentadas en saber profesional, sustentar situaciones o problemáticas en campos de la intervención e investigación social, proponer alternativas viables para solucionar o modificar situaciones o problemáticas.

En la producción de conocimiento de y en Trabajo Social, ha sido insuficiente la investigación asociada al propio objeto, historia y procesos, pues la indagación que hacen las y los profesionales en las instituciones donde participan sirve como diagnóstico para sustentar procesos, sin suficiente vínculo con paradigmas teóricos y enfoques metodológicos; su uso se ha asociado a cumplir requisitos mítico-burocráticos, más que al fortalecimiento profesional y disciplinar (García-Salord, 1998). Las dificultades para asumir crítica y propositivamente procesos fundamentados de intervención, el carácter feminizado de la profesión y la subordinación de “lo social” en ciencias humanas y sociales, han incidido negativamente en la configuración de identidades profesionales. Hasta hace poco en Trabajo Social no se había asumido con suficiente rigor y consistencia su quehacer como objeto de conocimiento, para trascender el desarrollo de investigación y el pragmatismo (Tello, 2000).

Investigar en y sobre el Trabajo Social permite configurar objetos de conocimiento para articular la construcción de procesos de intervención, avanzar en la conceptualización comprensiva de acumulados y comunicar el saber sobre construcción disciplinar, procesos de formación y práctica profesional (Cifuentes-Gil, 2015), por ejemplo, en torno a:

  • Identidad profesional como categoría histórica, social y política (Martinelli, 1992) que adquiere sentido individual y colectivo, posibilita construir identificación y sentido de pertenencia, permite reconocer conocimientos y competencias específicas para el diálogo y la interacción, facilita respuestas disciplinares desde el aporte colectivo en contextos inter y transdisciplinarios relacionados con ámbitos de investigación social e intervención profesional.

  • Intervención profesional y propuestas metodológicas para el desarrollo de la profesión y la disciplina en encuentro del ser, el conocer y el hacer en que configuramos inéditos procesos de intervención en contextos en que configuramos objetos y nos relacionamos con sujetos, construimos intencionalidades, conocimientos y propuestas para crear sentidos, rigor y sistematicidad en la dinámica de investigación e intervención con posturas ético-políticas.

  • Conocimientos y saberes en TS: producción y consolidación de fundamentos, conceptos y procesos que contribuyen a la construcción disciplinar como parte de las ciencias sociales. En este proceso es un insumo fundamental la sistematización de experiencias.

  • Procesos de formación en TS: para afianzar propuestas y pertinencia en condiciones y desafíos (Cifuentes-Gil, 2015).

Configurar ejes problematizadores posibilita avanzar con integralidad y pertinencia al construir conocimientos en las actuales complejas condiciones; abordar hechos, procesos, prácticas sociales, e intervención multidimensional, multirreferencial (Universidad de Salvador, 2007; Morin, 1996). El estudio de cualquier experiencia ha de ser multidimensional (ética, ideológica política, epistemológica, metodológica y contextual (Cifuentes-Gil, 2015).

En perspectiva construccionista, es pertinente estudiar conceptualizaciones, desarrollos y prospectivas en permanente diálogo académico profesional de saberes; definir los problemas sociales desde la concepción de la vida como producto de la actividad humana, en la reconstrucción de procesos a través de los cuales esa realidad ha sido producida y vivida. Desde la lógica de las personas con quienes trabajamos, conocer cómo asumen su situación, conductas, razones, cultura (Kisnerman, 1998), ubicar el TS en tramas de relaciones; en un trabajo conjunto con la gente a partir de sus significaciones.

En perspectiva crítica asumimos el Trabajo Social como trabajo y práctica social situada, condicionada y mediada, que contribuye a la reproducción social y nos implica comprometernos con procesos de cambio social, reivindicar y restituir los derechos humanos y la justicia social.

Integrar sistemas teóricos posibilita avizorar horizontes de reconfiguración hacia un TS fundado y alternativo: asumir y reinterpretar la tradición desde sus condiciones históricas (Alayón, 2008) como proyecto profesional con dimensiones inherentes e indisolubles: ético-política, teórico-metodológica, operativa-instrumental (Parra, 2007). Comprender de forma holística, convergente.

Las disciplinas y profesiones se afianzan al profundizar sus aspectos teóricos, objetos de estudio, propuestas metodológicas y terminología propia (Montoya-Cuervo, Zapata-López, y Cardona-Rave, 2002). De allí la pertinencia de construir situacionalmente, desde el contexto, donde adquiere sentido el espacio profesional que perfila tendencias y cambios (Carballeda, 2002).

La sistematización de experiencias o de la práctica de intervención profesional en Trabajo Social es un proceso vigente y necesario de construcción social del conocimiento, para encontrar particularidades, avanzar en la comprensión de nuestra intervención profesional y de los procesos sociales que acompañamos. Implica confrontar las prácticas, para avanzar en la fundamentación de la intervención profesional, con conocimientos éticos, ideológicos, políticos, epistemológicos, metodológicos, ecológicos y contextuales (Tibaná-Rios y Rico-Duarte, 2009); recuperar, clasificar y consolidar la información, reconstruir vivencias y proyectarlas mejor hacia el futuro. En la actualidad se considera como uno de los modos de gestión del conocimiento generado en las experiencias (Ghiso, 2008) que posibilita avanzar en consolidar una profesión más pertinente, relevante y acorde con nuestros tiempos y condiciones (Cifuentes-Gil, 1999). Por ello, es fundamental afianzar la formación en sistematización en Trabajo Social, como base para el desarrollo profesional y la consolidación disciplinar.

La sistematización de experiencias de intervención profesional en Trabajo Social es un proceso de construcción social del conocimiento que permite reflexionar sobre la práctica, para aprender de ella, conceptualizarla, comprenderla y potenciarla. Puede aportar al desempeño profesional comprometido y pertinente, de la transformación de condiciones de inequidad, injusticia, discriminación, pobreza, que abordamos en nuestros contextos cotidianos y laborales. Posibilita darle contenido, claridad, profundidad, relevancia social y proyección política a nuestras intervenciones y diálogos entre colegas.

Sistematizar la intervención profesional de Trabajo Social aporta a la producción intencionada de conocimientos sobre y desde la práctica, su reconstrucción pertinente, de modo que podamos contextualizarla histórica y socialmente e interpretarla, al asumir el reto profesional de la autorreflexión sobre la Intervención Profesional (Cifuentes-Gil, 2010). Esta práctica con sello latinoamericano, posibilita buscar respuestas para reflexionar, intervenir profesionalmente y transformar nuestras realidades; ser creativos, trascender los modelos pensados en y para otros contextos (Cifuentes-Gil, 1999).

La trabajadora social y profesora chilena Cecilia Aguayo-Cuevas (1992, 1995) integra aportes epistemológicos sobre la forma como las y los profesionales formalizan saberes y conocimientos desde la acción, al retomar a Guiddens (1980, 1982) establece categorías y criterios pertinentes para sistematizar: analizar los tres niveles de la interacción: el lenguaje y su carácter significativo, la constitución moral y la constitución del poder. Los prácticos experimentados “saben” cómo se dan estas relaciones, cuáles son sus tensiones y conflictos; aspectos decisivos para la acción social o el enfrentamiento de los problemas y necesidades sociales que abordan en los proyectos y acciones de promoción social (Shön, 1988, 1995). La sistematización permite “re-crear” la intervención y recuperar sentidos profundos de la interacción social (Aguayo-Cuevas, 1995).

Para sistematizar se requiere “sujetos autónomos, emancipados capaces de plantearse problemas, de usar sus saberes sin aferrarse a conocimientos tradicionales, institucionales o previamente regulados, de un saber crítico, preparado para distanciarse de conceptos y planteamientos ciertos y supuestamente acabados” (Ghiso, 2006 citado en Cifuentes-Gil, 2011a). Se requiere actitud de buscar hacer mejor las cosas, innovar las estrategias y métodos de intervención, atreverse a explorar nuevos caminos, arriesgarse a equivocarse. Se busca ser y hacer mejor, mejorar la práctica de equipos de promoción, enriquecer las reflexiones y propuestas teórico-conceptuales (Ghiso, 2008 citado en Cifuentes-Gil, 2011a).

En Trabajo Social se ha asumido de forma intermitente e inconsistente la sistematización. Hay publicaciones auto denominadas de sistematización, que se asemejan más a informes de trabajo, situación que preocupa, porque no la deja en buena posición; al mismo tiempo confirma el interés que existe en ella (Barnechea-García y Morgan-Tirado, 2010). Hoy sabemos que sistematizar nos permite instituirnos como actoras de conocimiento, saber y procesos sociales. Los avances epistemológicos consolidados en la reconfiguración del Trabajo Social nos permiten comprender que se trata de una forma diferente y alternativa “otra” de construcción de conocimiento situado, pertinente, significativo.

Escribir con pasión y persistencia permite mantener la continuidad en medio de la discontinuidad y los procesos de fragmentación, liquidez, inter, pluri, trans e indisciplinariedad, pues como plantea Nora Aquin, hay una autonomía que no tiene límites: la intelectual, nuestro derecho a estudiar, a producir conocimiento, a tomar la palabra, a “hablar de” en el espacio público. Ello implica un desafío para las instituciones formadoras de profesionales: formar fabricantes, no sólo practicantes, formar productores, no sólo productos (Aquin, 2008).

4.2 Leernos, inscribirnos

La escritura como ejercicio comunicativo puede estar presente en diversos escenarios, pues permite reflexionar, apropiar, comprender la realidad desde la práctica profesional. En Trabajo Social constituye un acto de reconocimiento, que posibilita el paso de lo privado a lo público, representa antecedentes de lo hecho, cómo se ha trabajado. Para construir visiones de pasado, presente, futuro”, se desarrolla si encuentra los medios, las condiciones favorables, históricas, sociales e individuales (Aischell, Pérez, Quintero, y Rodríguez, 2002).

Juanita Barreto (citada en Gordillo, Rodríguez, Urrego, y Carmen, 2002) plantea que:

la producción escrita, los procesos de producción bibliográfica de Trabajo Social cuentan con una limitación: la prevalencia que en toda su historia le ha conferido a la acción, al quehacer sobre el pensar; la fundamentación ha sido de orden práctico, con asiento en la experiencia cotidiana y en los procesos de interlocución, de los lazos con la gente con la cual trabaja.

La escritura permite consolidar la reflexión sobre la práctica profesional, que implica inmersión consciente en el mundo de la experiencia, como vía para mirar, relacionar y co-construir aproximaciones a la Fundamentación de la intervención de Trabajo Social.

Ester Galvis (citada en Aischell, Pérez, Quintero, y Rodríguez, 2002) comenta que “la Fundamentación escrita desde Trabajo Social ha estado restringida a profesionales de la academia durante mucho tiempo y recientemente a intereses investigativos que van tratando de reservar dentro de su mirada la amplitud de Trabajo Social que les permita detenerse a pensar en ese hacer, y a su vez para buscar los nexos de conexiones con las otras áreas del saber; este proceso es importante, pero se requiere de la búsqueda de fuentes de saber de lo cotidiano mediante la experiencia de Trabajadores Sociales a través de la población con la cual trabaja y de los saberes que han ido produciendo”.

María Eugenia Martínez (citada en Aischell, Pérez, Quintero, y Rodríguez, 2002) afirma que: “como profesión eminentemente femenina, para nosotras era motivo de excomunión ser letradas”, superar las relaciones de servidumbre a lo largo de la historia fue difícil. En el siglo XX se empezó a romper, pero incluso a María Carulla, fundadora de la primera escuela de TS en Colombia, le toc ó luchar por el derecho a la educación de la Mujer, pues las primeras mujeres entraron a la universidad pública en 1936. Quien escribe inicialmente dirige; posteriormente, cuando ingresa no más del 15% la clase media a la universidad, se reproduce la división del trabajo: piensan los doctores, filósofos, sociólogos; las trabajadoras sociales se orientan por lo que ellos piensan. La ruptura inicia en la Reconceptualización en Latinoamérica, a partir de la cual podemos asociar la escritura al acto libertario de querer decir la propia palabra, quiénes somos, para dónde vamos, querer ser más interlocutores a que nos ordenen la vida.

Ricardo Novoa (citado en Aischell, Pérez, Quintero, y Rodríguez, 2002) plantea que la escritura permite adentrarse, mirar el rumbo de la intervención, la satisfacción de plasmar los argumentos, el conocimiento dialéctico entre el pensar-saber hacer - escribir- que permite ejercicios de reflexividad y de compromiso con el conocimiento. La posibilidad de estar articulando conocimiento, mirándose en algún momento, conocer lo que estoy haciendo, cómo lo estoy haciendo y evaluar si lo estoy haciendo bien o no; mirar qué rumbo tomo, dónde direcciono lo que estoy haciendo como profesional, satisfacción personal de que voy a escribir, compromiso con mi conocimiento, preparación como profesional, devolver ese conocimiento y darlo a otras personas.

Aracely Camelo (citada en Aischell, Pérez, Quintero, y Rodríguez, 2002) rescata que la escritura está más cerca de la memoria, el diálogo y la invención; brinda la posibilidad de dejar memoria; plantear preguntas, clarificar las propias ideas; dialogar con autores. Cuando uno escribe, busca fuentes y dice estoy de acuerdo, crece la memoria; bola de nieve de ideas de hallazgos de propuestas.

Cuando uno lee lo que otra persona escribe, hace el ejercicio de subrayar o señalar, dialoga con el escrito, genera nuevas cosas; es la manera más práctica.

La escritura en Trabajo Social es un acto comunicativo, libertario y socializante que propicia la transmisión de conocimientos, saberes, sentidos, discursos y argumentos sobre el ser y el hacer de Trabajo Social; se convierte en un lenguaje dinámico desde su materialidad. Se desarrolla como una competencia comunicativa, una dimensión social, una herramienta cognitiva y un sistema de signos (Aischell, Pérez, Quintero, y Rodríguez, 2002).

Para concretar el aprender a instituir nuestras voces, pensamientos y construcciones, requerimos construir condiciones favorables para romper el silencio y la invisibilidad de siglos de opresión femenina:

  • Históricas: comprender el proceso histórico de la profesión, los momentos que han condicionado el desarrollo de la escritura. En la pre-reconceptualización que se orienta desde el asistencialismo, el activismo y el sentido religioso, la escritura es manejada por la élite; por tanto de poca representatividad. A partir de la Reconceptualización se afianza la reflexión sobre la profesión permitiendo un replanteamiento global del quehacer; se empieza a consolidar la producción escrita. En la Post-reconceptualización existió la posibilidad de reconocer diversas tendencias y niveles de conocimiento en varios tipos de documentos en y para la intervención profesional (en relación a la investigación). En horizontes de reconfiguración del trabajo social se ha avanzado en la consolidación de la producción escrita y consolidación disciplinar. La historia del Trabajo Social puede ser contada en tres momentos: en el que queríamos hacer, en que queríamos pensar lo que hacíamos; hoy queremos hacer, pensar lo que hacemos; además, queremos saber lo que pensamos (Aquin, 1996). La reconfiguración implica articular planteamientos epistemológicos y metodológicos, mediados por la ética, desde la que integramos las visiones histórica, contextual, ideológica, política inherentes en los procesos de intervención profesional; se relaciona con los campos semánticos del significado y el signo, la comunicación; trasciende la razón técnica e instrumental de la racionalidad moderna (Carr y Kemmis, 1988). La actual sociedad del conocimiento y el capitalismo cognitivo, constituyen escenarios y condiciones desafiantes e inminentes (Vélez-Restrepo, 2003).

  • Sociales: relacionadas con el reconocimiento institucional; la escritura en el ejercicio profesional, es un trabajo extra, en algunos casos un requerimiento institucional o un momento coyuntural de cambio de una política social o marco legal, que la posibilita o dificulta; se expresa de diferentes maneras, según la institución. El reconocimiento profesional se relaciona con la circulación, socialización de los documentos a nivel gremial en la consolidación del conocimiento colectivo, con otros profesionales y usuarios. Tenemos grandes desafíos en este horizonte, como apuesta libertaria de interpelar las condiciones de división social del trabajo, del capitalismo cognitivo, del sistema empresarial y lógicas de estandarización en las universidades.

  • Individuales; se relaciona con las motivaciones personales y subjetivas del Trabajador/ a Social, esencia de sus desarrollos profesionales; la formación y el ejercicio profesional hacen parte de entender la mediación entre estas, que inciden o dificultan la práctica discursiva.

5.Conclusión

En este texto he compartido mis convicciones y reflexiones basadas en experiencias, que me llevan a reiterar la necesidad y pertinencia de escribir desde nosotros, Colombia, América Latina. Escribir teniendo en cuenta que la escritura reestructura la conciencia personal y profesional, que incide en los procesos de construcción de conocimiento que desarrollamos desde nuestras prácticas y por ello, en el empoderamiento y consolidación de la autonomía profesional. Al escribir avanzamos en el tránsito de lo privado a lo público, expresamos comprensiones, interpretaciones y críticas sobre el contexto, el hacer, los horizontes, apalancadas en los procesos de autorreflexión que posibilitan escribir.

Para afianzar estos procesos también es pertinente tratar de instaurar subjetividad y subjetividades en la escritura, construir memoria e historia, como una responsabilidad indelegable e intransferible.

Si la escritura es proceso y producto, asumir su procesualidad implica convicción, disciplina, acción: requerimos diferenciar la pulsión escritural, del añejamiento y decantamiento, que aportan a la consolidación de productos escriturales. Solo si estamos convencidos de esto, emprenderemos la labor para su proyección.

Hoy emprendemos el desafío de cuestionar, desde los contextos académicos, el neoliberalismo, pues también allí se han estrechado los espacios de reflexión, escritura y circulación con la perspectiva de revistas indexadas en sistemas tecnocráticos y positivistas de ciencia y tecnología. Emprendemos desafíos en la gestión educativa para emprender caminos contra hegemónicos (como la sistematización, los manuales, los blogs, las revistas y bibliotecas virtuales, entre otros, de libre acceso al conocimiento y discusión) con escrituras más pertinentes y acordes con las situaciones y realidades contextuales.

Leer y leernos, aportará a proyectar los reconocimientos y restituciones que aún debemos construir en el Trabajo Social, en el proceso de construcción disciplinar iniciado en la década del 2000, y hoy en pleno desarrollo. Invito pues, a que seamos parte del proceso, y aportemos nuestros productos, reconociendo los de nuestras colegas.

Hoy he emprendido nuevos caminos de gestión educativa en los que he podido constatar el valor, la pertinencia y potencia de la escritura para apalancar y consolidar procesos académicos.

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