El resplandor de la literatura en Fantasmas del saber (lo que queda de la lectura) de Noé Jitrik

  • María del Rosario Spina Instituto Politécnico Superior de la Universidad Nacional de Rosario

Resumen

La ceremonia secreta de la lectura lo lleva a Noé Jitrik a establecer en Fantasmas del saber (lo que queda de la lectura) los vínculos afectivos de los libros que lo fueron acompañando a través de su vida. La curiosidad y la necesidad han sido para el escritor movimientos vitales que lo impulsaron a recorrer gran diversidad de autores. Desde La cabaña del Tío Tom, hasta el encuentro con Kafka, Joyce o Arlt, la literatura se presenta ante Jitrik no sólo como un modo de acceso al conocimiento, sino también como un camino de intensa gratificación.

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Biografía del Autor

María del Rosario Spina, Instituto Politécnico Superior de la Universidad Nacional de Rosario

Profesora en Castellano, Literatura y latín, egresada del IES N° 28 Olga Cossettini (Santa Fe, Argentina). Dicta clases de Literatura en el Instituto Politécnico Superior de la Universidad Nacional de Rosario y en diversas escuelas secundarias pertenecientes a la Provincia de Santa Fe.

Publicado
2018-09-25
Como citar
SPINA, María del Rosario. El resplandor de la literatura en Fantasmas del saber (lo que queda de la lectura) de Noé Jitrik. Poligramas, [S.l.], n. 46, sep. 2018. ISSN 2590-9207. Disponible en: <http://nexus.univalle.edu.co/index.php/poligramas/article/view/7029>. Fecha de acceso: 21 ene. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/poligramas.v0i46.7029.
Sección
Reseñas

Palabras clave

Literatura;, escritura;, biografía;, lectores; ensayo;

En Fantasmas del saber (lo que queda de la lectura), publicado por Editorial Ampersand en la Colección Lectores, el crítico literario y escritor argentino Noé Jitrik propone un ensayo como una especie de lectografía”: sus lecturas, en diálogo con su vida, van trazando capítulo a capítulo un mapa del Jitrik lector. De esta manera, y siguiendo una lógica barthesiana, no podríamos buscar en este texto una verdad objetiva o subjetiva. Lo que encontramos es una verdad lúdica de la lectura, un juego con las palabras y un divertimento, sin que ello signifique distracción. En Fantasmas del saber (lo que queda de la lectura) la lectura opera como un trabajo sin esfuerzo. Un tejido que se va formando de manera arborescente y que se escribe en cada lectura. Es en ese desborde, y en ese repliegue de escritores, donde Noé Jitrik recupera capítulo a capítulo el recorrido de sus lecturas y de las impresiones que fueron dejando en él, a través de su vida.

Fantasmas del saber (lo que queda de la lectura) reafirma una mirada de la lectura como proceso que no se agota en ella misma. La lectura como organismo fecundo que genera sombras, ecos, fantasmas. Una piedra de Bolonia, irradiando de noche lo que almacena de día. Es desde el título y su epígrafe que puede advertirse esta posición: la lectura es también develamiento y descubrimiento, no sólo de lo que un libro convoca a través de sus páginas, sino también de lo que evoca una vez cerradas. Los libros como compañeros intangibles siguen dialogando con los lectores (y entre ellos) a través del tiempo.

En “Despertar”, primer capítulo de este ensayo, Jitrik describe cómo es ese encuentro iniciático con los libros. La lectura como un acto de corporalidad “innegable”, un acto que compromete “vísceras, la mente y el corazón” (7). Jitrik no recuerda si su primera lectura, La cabaña del Tío Tom, fue elegida o no por él. Lo que sí permanece intacta es la estela de ese recuerdo: ese libro aparece movido por un deseo inexplicable que lo lleva a visitar por primera vez un lugar “sagrado”,

La biblioteca, con esa acumulación, me pareció un cuerpo vivo, no puedo olvidar la imagen, algo que respiraba y palpitaba, un sitio cuya sacralidad me hizo olvidar la que en ocasión de las fiestas mi padre me permitía vislumbrar en la ritual sinagoga. (Jitrik 9)

Cincuenta y seis años después viajará a su pueblo y encontrará en la biblioteca el mismísimo ejemplar que le abrió la puerta de la literatura. Esos “objetos que vibraban en los estantes” (Jitrik 9) lograrán despertar en el escritor una curiosidad y un apetito desmedido.

En toda lectura debe cumplirse una ley fundamental, que es la ley de la soledad. Esta soledad es hallada por Jitrik en las ramas de un árbol al que se trepaba, en un cuarto que debía compartir con sus hermanos y en un patio polvoriento desde donde veía a su caballo. En esos espacios el escritor se rememora devorando las aventuras del fiel esclavo de La cabaña del Tío Tom, junto a las penurias de esos niños (10).

Años más tarde, su familia deberá abandonar esa casa y emigrar a la ciudad. Empujados por la crisis de la década del 30’ “cuyos tentáculos habían terminado por oprimir todas las tentativas de mi padre por construir una vida real” (13) se presenta ante Jitrik una Buenos Aires inabarcable. Por un tiempo la lectura se suspende, Jitrik siente el deseo y la curiosidad de salir a recorrer las calles. Ciertos espacios -el cine del barrio, los amigos de la cuadra, la escuela, los tranvías- van generando un corpus de situaciones que se depositan en su memoria y que, obstinadas, seguirán acompañándolo como fantasmas. Luego de cuarenta años, el resplandor de estas imágenes pasará a formar parte del libro de prosa narrativa Los lentos tranvías.

En Fantasmas del saber (lo que queda de la lectura) Noe Jitrik explicita dos movimientos ante los libros: La curiosidad y la necesidad. Movido por el sentimiento de la curiosad, Jitrik recorre las calles de Buenos Aires. En la vidriera de una librería se topa con la publicidad del estreno de Pan criollo de César Tiempo. Es este sentimiento imprecisable ante el anuncio o esta mirada de asombro ante la majestuosidad urbana, que van adquiriendo pleno sentido en las lecturas posteriores. "Lo que no había comprendido por pura y cruda experiencia -afirma Jitrik- lo comprendí, como siempre en toda mi vida, por la lectura” (14).

Es esta misma curiosidad la que experimenta al recibir de regalo una antología de poemas y cuentos de Rubén Darío, libro que venía con una "mácula denunciatoria" (16): el sello de la biblioteca de su pueblo. Es en ese impulso redescubierto del deseo de leer, cuando Jitrik presiente lo que vendrá: "Esa portentosa colección de palabras que tenía el poder de suspenderme y proyectarme al mismo tiempo era obra de un hombre” (17). Entonces, piensa que él también podría hacerlo. O al menos intentarlo.

A lo largo de 102 páginas, los lectores de Fantasmas del saber (lo que queda de la lectura) no solo asistiremos a este diálogo sino también al proceso por el cual un joven Jitrik, poblado y provocado por las palabras, necesita soltarlas en un papel. La lectura, entonces, opera también como necesidad de escritura,

Se iba imponiendo en mí una necesidad, como ética de la respuesta, un algo que decir o que hacer que hacía olvidar las emociones del descubrimiento, en la idea o la ilusión, de que hacer algo me entregaría un tipo de placer diferente, el de sentir o comprobar una capacidad, después de todo dudosa, siempre puesta a prueba, con cada lectura y con cada respuesta (Jitrik 53).

En “Cacería” el escritor relata una escena memorable: la fundación de su biblioteca personal. Jitrik describe las salidas por las calles de Buenos Aires, una ciudad con un clima de desencanto “fascismo creciente, penuria generalizada, tristeza por doquier” (19). En ese contexto, los libros comienzan a ser una forma de conjurar el tono amargo de esos días. El escritor rememora las salidas nocturnas con dos amigos y el sentimiento semejante a la embriaguez al hurgar en las mesas atiborradas de libros sin que los dueños de las librerías les prestaran mucha atención. Luego, la vuelta a casa con los brazos llenos, “los libros alimentaban los sueños, y los sueños eran elásticos y pletóricos, llenos de fuerza y fervor” (23). Así, esos textos comienzan a desplazar una biblioteca contemporánea de Editorial Losada que su hermano había comprado, incluso con la estantería adecuada. Es cuando en su horizonte de lecturas ingresan Shakespeare y Borges. Fervor de Buenos Aires aparece como un libro que hace sentir al autor cierta hermandad con este universo semántico. Jitrik sabe de qué amaneceres y de qué desplazamientos hablaba Borges ya que, después de todo, también eran suyos.

Pasado el tiempo, el escritor emprende su primer viaje a París y, de regreso, surge lo que él identifica como el segundo movimiento de lectura. La curiosidad dará lugar a la necesidad. Sus colaboraciones para la revista Contorno hacen que el autor pueda recorrer diversos escritores como Martínez Estrada, Mujica Láinez, Leopoldo Marechal con su Adán Buenosayres:

No puedo decir que me produjera un sacudimiento a lo Kafka o Joyce, de quien encontré de inmediato algunos vestigios, pero tampoco que lo pudiera pasar por alto; al contrario, luché con y contra él, por momentos me parecía que su imaginario urbano era el mío, su refugio religioso me rechazaba, los ecos de grandes experiencias de lecturas me involucraban, y, en definitiva, me produjo el efecto, con resistencias, que se espera de toda lectura, el deseo de entramarme con ese texto, de hacerlo mío y en consecuencia de escribir, tan torrencialmente como el libro mismo, sin fundirme con él (Jitrik 48).

En este periodo, Jitrik rememora otros tres encuentros fundamentales: En la másmedula de Oliverio Girondo, Los siete locos de Roberto Arlt, y la obra de Horacio Quiroga. En una lectura denominada por Jitrik en clave presemiótica (51), el escritor se deja llevar por la contundencia de los cuentos misioneros. Tan rotundos que lo hacen suspender sin culpa las lecturas francesas.

En “Abanico”, Jitrik relata su regreso a Argentina desde Francia. En este capítulo describe sus inicios académicos. Ni bien desembarcado, quizás el encuentro fortuito con Borges por calle Florida fuera un augurio. Era la época del surgimiento, impetuoso -relata- del estructuralismo: "Había nacido de un feliz matrimonio entre la antropología y la lingüística, y prometía toda clase de ventura para la crítica y la teoría literaria" (45). Sin embargo, las voces de Apollinaire y de Eliot seguían sonando en sus oídos. Son esas voces las que convocan al lector a vagar por esta ciudad a la que debía "reconquistar" y dar forma a esas imágenes que lo invitaban a escribir. Es a partir de la escritura de ciertos poemas, que Jitrik describe la fundación de esta nueva etapa: "Y si las precedentes estaban regidas por la curiosidad, esta que comenzaba tenía el imperioso carácter de la necesidad, casi como una condición de un estar que tenía en los libros su desembocadura" (p 46).

En El susurro del lenguaje, Roland Barthes afirma que “leer es hacer trabajar a nuestro cuerpo" (Barthes 42).

Es en este acto que compromete "vísceras, la mente y el corazón" (Jitrik 7), y esos signos que forman una irisada profundidad en cada frase (Barthes, 42), que se proyecta en los espacios y en las personas que nos acercaron a cada lectura. De esos entramados está compuesto Fantasmas del saber (Lo que queda de la lectura).

En el capítulo final, el autor realiza una especie de balance. Evoca el tiempo en que su receptividad era porosa y dejaba entrar “casi todo” (100). Luego evoca el tiempo en el que la obligación ganó muchas partidas. Y el placer emprendiendo su retirada en espera de una resurrección, para que luego, como efecto de derrama sobre el castellano, las lecturas en portugués, italiano o francés le devolvieran la fe en la palabra. La revitalizaran (100).

Si ciertas preguntas guiaran este último apartado, esas serían ¿cómo hacer ante tal cantidad de lecturas por venir? ¿Cuántas vidas se necesitan para navegar por ellas? El capítulo final anuncia la insuficiencia ante tal legión que el escritor intenta convocar. Jitrik asume que estas deudas se irán saldando con el tiempo de lecturas por venir. Por eso podríamos decir que Fantasmas del saber (lo que queda de la lectura es un libro abierto, en proceso. Un texto que sigue tejiéndose y palpitando una vez cerradas sus páginas. Una especie de alabanza, de revisión agradecida, donde la literatura reluce como interlocutora privilegiada a través de la vida. Y este breve y potente ensayo, como un conjuro vivo batallando contra el tiempo.

Referencias

  1. (). . . Barcelona: Ediciones Paidos. .
  2. (). . . Buenos Aires: Ampersand. .