La convención mundial

  • Carlos Andrés Hurtado Universidad del Cauca

Resumen

Hablaba de la fundación del pueblo, de cómo un grupo de esclavos despertaron una mañana con mapas grabados sobre sus ojos, como un rastro de luz, verde y esbelto, que sólo ellos, por ser ellos, podían ver. Un día escapando de las antiguas plantaciones uno decidió regresar, con él un tramo del camino, y ahí donde se detuvieron formaron un caserío que más tarde llamaron Sentido. Dos siglos después, el pueblo se alzaba solitario sobre una selva húmeda y espesa, invadida por el desamparo del tiempo y el discurso de un monte inmanente, perpetuo. El pueblo al llegar era viejo, con un viento húmedo quedado desde hacía milenios en el lugar, como si bajo sus calles de madera creciera una segunda selva, con un segundo cielo y una segunda religión.

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Biografía del Autor

Carlos Andrés Hurtado, Universidad del Cauca

Es oriundo de Popayán-Cauca y actualmente reside en Medellín. Estudiante de Derecho en la Universidad del Cauca. Además de su participación en el Diplomado Pacifico en Escritura Creativa con el relato La convención mundial, ha declamado en algunos recitales como Popayán, Capital Mundial de la Poesía (12 horas ininterrumpidas de poesía) y los organizados por La Silla Renca, fundación editorial de la que es miembro. Actualmente hace parte del comité editorial de la revista El Cucharón, dedicada a difundir la literatura del Pacifico Colombiano. Sus días han pasado entre montañas, río y mar, escenario desde donde Escribo, cómo dice Hausser, para encontrar los medios de vida.

Publicado
2018-09-25
Como citar
HURTADO, Carlos Andrés. La convención mundial. Poligramas, [S.l.], n. 46, sep. 2018. ISSN 2590-9207. Disponible en: <http://nexus.univalle.edu.co/index.php/poligramas/article/view/7021>. Fecha de acceso: 20 mar. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/poligramas.v0i46.7021.
Sección
Hojarascas

La convención mundial

“Vas por la selva, y continuamente te preguntas cosas”
Luis Britto García, Cacería

Hablaba de la fundación del pueblo, de cómo un grupo de esclavos despertaron una mañana con mapas grabados sobre sus ojos, como un rastro de luz, verde y esbelto, que sólo ellos, por ser ellos, podían ver. Un día escapando de las antiguas plantaciones uno decidió regresar, con él un tramo del camino, y ahí donde se detuvieron formaron un caserío que más tarde llamaron Sentido. Dos siglos después, el pueblo se alzaba solitario sobre una selva húmeda y espesa, invadida por el desamparo del tiempo y el discurso de un monte inmanente, perpetuo. El pueblo al llegar era viejo, con un viento húmedo quedado desde hacía milenios en el lugar, como si bajo sus calles de madera creciera una segunda selva, con un segundo cielo y una segunda religión.

La casa, de una madera corroída, ya grisácea, dejaba entrever una rojiza inicial propio de su especie, el Chachajo. Una gran ventana atraía el viento de la tarde hacia el interior, sacudiendo una vieja lámpara de cristal y la hamaca desde donde él hablaba.

Cuando al fin le pregunté por ella, cerró los ojos, los mantuvo así durante un minuto, moviendo levemente las manos como un abanico desdichado, buscando la imagen exacta de su rostro para retratarla.

--¿Sabe? --empezó--, cada mañana cuando despierto busco un espejo, examino cuidadosamente mis ojos varios minutos, buscando un rastro, un mapa que me conduzca a ella.

Al igual que Cindy, su mujer, otras dos mineras salieron de sus casas una mañana, tomaron la antigua vía del ferrocarril, se adentraron en el monte y caminaron por el río ausente para no volver jamás.

Se llamaba Raul, las dos semanas que había permanecido en el pueblo lo vi siempre con el mismo traje verde limón, una sonrisa que a pesar de todo era impecable, y cierta gracia al andar. Esperaba a Cindy, aunque no dejaba de pensar que ya estaba con ella.

Continuó hablando, y aunque era agradable escucharlo, no daba pista alguna, algo sustancioso que pudiera servir para ayudarle a él y a los tres hijos que había dejado. Tampoco la policía se había asomado al lugar; ni los medios, que apenas cubrieron el evento, ni el Dios casi oxidado que observaba impávido desde la pared.

Partí al atardecer. Los niños seguían en la única calle que atravesaba todo el pueblo, la calle se elevaba a cinco metros del suelo sobre pilotes acordonados y ligeramente erguidos. El sol a esa hora parecía no marcharse, en cambio, retroceder de nuevo a la cordillera y descorrer los días, pero como un destino manifiesto se perdía inevitablemente tras el manglar, dejando destellos de colores además de una incómoda sensación de trabajo no cumplido.

El pueblo era un caserío de unas 50 casas rusticas, vagamente acomodadas sobre los rastros de un antiguo río que alguna vez pasó. Salvo el penetrante olor a pez podrido, ya nada quedaba del caudal.

Amaranta era dueña de la casa más grande del pueblo, que alguna vez sirvió de posada para los visitantes. Era una mujer fuerte, tan alta e inteligente que sólo mirarla despertaba respeto y simpatía. Ahí me hospedaría.

--Antes el trabajo era manual, en la minería y en la pesca --dijo sentada fuera de su casa. La acompañaban otras dos mujeres--. Después llegaron las máquinas, fueron sacando arena, piedras, oro y el río se fue secando. Sólo en noviembre, cuando las lluvias son fuertes se puede ver el agua bajar.

La mañana siguiente desperté cuando el cielo aún era virgen, recorriendo las antiguas vías me crucé con un hombre que venía de la capital con un mensaje escrito del director del periódico.

--¿Puedo preguntarle algo, señorita? --Asentí.-- ¿Qué hace en este pueblo? --No comprendí bien su pregunta. Le respondí que investigaba algo. Lo despedí y leí la carta.

“Andrea, le escribo para recibir reportes de la convención. Tengo entendido que aún no ha llegado al evento, y que se ha dedicado a un caso absurdo que la policía y los medios hemos dado por perdido. Acérquese pronto al evento, mire que quedan pocos días. Desista, no hay nada nuevo bajo el imperio del sol”.

Victor era un hombre serio pero demoledor. Trabajó toda su vida como reportero para la prensa nacional. Cuando finalmente ascendió a director me contrató como investigadora. Conocía bien la costa, antes de venir lo persuadí para que me dejara indagar sobre sobre estas mujeres, cosa que no lo contentó. Ya habría tiempo de ir a la convención, pensé

La Convención Mundial era un evento anual que se realizaba no muy lejos de donde estaba. Reunía a líderes, presidentes y empresarios de todo el mundo entorno a un solo tema: el medio ambiente. Iría el último día.

Al regresar el restaurante de Claudia estaba vacío, y aunque vacilé para entrar, al final lo hice, con la misma desconfianza que lo había hecho los días previos. La sorpresa fue la misma: el pescado sabía a gasolina, el arroz era escaso y el jugo olía a la cañería de las ciudades más sucias.

--El pescado no es de este río, claro está --dijo--. Pero los otros no están mejor, créame.

En la tarde fui con Hernán, el párroco del pueblo, quien además de darme un poco de comida me habló de las tres mujeres. Iban con cierta frecuencia. Pasaban todos los días antes de partir. Aquella última mañana vi sus rostros marchitos, sus plegarias eran más agudas, guardaban una fuerte resignación.

El padre luego me invitó a caminar fuera del pueblo.

--No es el único caso --dijo, apuntando con sus manos hacia dos colinas--. En aquella está el cementerio de los viejos, aquellos que murieron por el simple paso del tiempo. En aquella otra está el cementerio de los desaparecidos.

Este último era notoriamente grande, tanto como el primero. El padre me miró fijamente, estaba apenada. Sabía que no comprendía nada de lo que ahí pasaba.

--Perdono tu inocencia, por eso te aconsejo que antes de partir vayas con el viejo Azael, él sabe de estas cosas más que yo. En el camino, que es río arriba, mira el entorno, lo que queda del río, los árboles que ya no están, sin embargo míralos. Mira la ausencia de peces, de pájaros, de mitos, quizá ahí comprendas algo de esto.

El resto del día sólo pensé en el cementerio, lapidas blancas, flores marchitas, como si no hubiese quien las cambiara.

La mañana siguiente seguí los consejos del padre, fui con Rafael, hermano de Veneranda, otra de las mujeres desaparecidas. Fuimos a píe río arriba, un viaje que tomaría varias horas. Habló nuevamente de ella.

--Siempre fue callada en sus cosas, procuraba pedir la menor ayuda posible, en eso era igual a su madre. Aquel día no dijo nada al partir, dejó el almuerzo y sabanas hechas. Antes la había visto colgando alguna ropa en la azotea.

El río, o lo que quedaba de él, se hacía más ahuecado a medida que avanzábamos, restos de madera cortadas y animales descompuestos, que no llegarían nunca al mar, decoraban la gran cicatriz.

Nos detuvimos en un pueblo llamado Villa Noela por un cargamento de plátanos y yuca. Serían unas cincuenta casas, construidas con una madera fina, pintadas todas de blanco, con ventanales amarillos, techos verdes. Era un pueblo nuevo, no cabía duda. Sobre sus calles aún no se veían habitantes. En el parque, sin embargo, encontré a un obrero.

--Las casas no son para la gente de acá, sino para los operarios de las minas y cortadores de leña que vienen de otras partes --empezó. Recordé luego la calle lúgubre de Sentido, ya perforada por la humedad--. Ellos serán los únicos que al final quedarán. Un día a mí también me tocará partir, mi trabajo aquí termina.

Seguimos la pista del río y encontramos otros pueblos sobre terrenos más inciertos. Viejas embarcaciones encalladas habían quedado en sus ríos.

Al medio día llegamos, las casas ahora de paja se veían más unidas al monte que penetraba en ellas con violencia. No fue difícil encontrar ahí a Azael. Hablaba con otros hombres en lo que parecía ser un centro de abastos, jugaban naipe y bebían.

Me condujo a través de las chozas a una casa de guadua, la única del pueblo. Tres jóvenes sentados en la entrada hablaban de las aves que alguna se veía en el lugar, aves que no eran carroñas hambrientas. Antes de entrar uno de ellos me pidió quitarme las botas que Raul me había prestado. Lo hice sin protestar, recordé a mi madre decir una vez que la tierra era medicina, que por ahí entraba la vida, que un día esta nos reclamaría, por lo que era absurdo temerle y crear interferencias.

Adentro Azael se sentó en el suelo y callado me ofreció un trago de curado, una bebida hecha a base de una docena de plantas que algunas mujeres utilizaban para calmar los cólicos menstruales. Una bebida fuerte, que arrasaba toda la descomposición a su paso.

Él era alto, con una piel impecable, azabache, ojos tan oscuros que una sentía perderse en ellos. Vestía de rojo y llevaba un bastón envuelto en telas amarillas y verdes.

--No has venido en busca de respuestas joven, sólo has venido esperando que te diga algo que ya comprendes --empezó. No respondí nada--. Las preguntas no existen aquí, hace mucho se evaporaron con el río.

Al final conté que investigaba sobre las tres mujeres, pero ahora…

--Ahora no hay nada --terminó.

Un hombre de mediana estatura y piel de cuero entró, trayendo consigo otra bebida, la dejó sobre una mesa también de guadua.

--¿Mañana te marchas, no es así? --siguió Azael.

Respondí contrariada que sí. Salvo algunas entrevistas, en dos semanas no había encontrado nada, como si ellas también se hubiesen secado con el río.

--Eres noble, el párroco y yo lo sabemos, aplaudimos tu esfuerzo, pero debes comprender que no es mucho lo que te podemos decir. Aquí los que mandan son otros --dijo señalando el bosque--. En su debido tiempo hablarán, y no solo a ti, a toda una especie.

Nunca me agradó la gente que le daba mucha vuelta a las cosas, y él lo hacía con frecuencia.

--Tú serás nuestra guía --finalizó al fin. Luego me ofreció beber un poco de la infusión. Era tabaco, sin verlo pude adivinaralo, mi abuelo fumó, bebió y bambeó de tabaco, de pequeña nos daba a mi madre y a mí pequeños sorbos, por lo que el olor me era bastante familiar.

Lo tomé sin vacilar. En pocos minutos los sentimientos de culpa se interrumpieron, poco a poco fui escuchando lo que la bebida quería decirme, eran los primeros efectos que agudizaban los sentidos. Azael con los ojos cerrados no dijo más, comprendí entonces que debía dejarme llevar: escuchando los pasos de la gente afuera, los bailes de la noche anterior, sin haber estado. Escuché el viento estrellarse contra las casas y desprender las pajas, tan sutilmente. Era un viento quedado, guardado en el pueblo como un secreto antiguo que no debía ser revelado. Me impresionó escuchar el agua que una vez brotaba de las montañas, escuchar el río perderse hacia el mar, y ser siempre nuevo, olí las hojas, veía los arboles perderse hacia un infierno feliz, como refugio a la desesperación de sus días. Faltaban algunas horas para que anocheciera, sin embargo estaba allí. Entonces comprendí que esto no se trataba sólo de tres mujeres, ahí mismo se libraba una batalla por la supervivencia de una cultura, comprendí que esto era un reino, y que estaba en emergencia. Pero luego ocurriría. En el clímax del ritual una bruma en la mente me mostró una a una a las tres mujeres, alzando sus manos y despidiéndose, tras de ellas sin decir nada, vi al resto de gente, al padre, a Rafael, a los niños de las calles, vi a Azael, estaban todos.

Volví a Sentido en la noche, el pueblo se iluminaba con algunas velas al interior de las casas. De pequeña añoraba ver la noche en la ventana, en el techo, en la cara de mi vieja madre, inundando y cubriendo toda la ciudad, monopolizando los sentidos, y llevando todo a un sueño de felicidad del que nadie en la ciudad quería despertar. Eran tiempos difíciles.

Ese nuevo día partí, con la esperanza de haber descubierto algo. Caminé algunas horas hasta encontrar una trocha descuidada, donde tomé un bus hasta la convención. Para llegar se bordeaba la montaña varios cientos de kilómetros por un camino destapado, anegado al barro y las pendientes, con improvisados puentes y la hostilidad de un monte que se hacía cada vez más terreno. Luego seguía la carretera nueva, construida para el evento, era extensa, como una cicatriz que se comía el monte. Recordé lo dicho por Aza: el el cemento es cáncer.

Cuando llegué una primera línea de seguridad me detuvo junto a otros periodistas. A unos 200 metros podía verse el edificio blanco como el mármol, sin ventanales, de unos 50 metros de altura, rodeado por cámaras y carros de seguridad. El edificio parecía haber sido lanzado al plano de la selva, nunca me expliqué como pudieron haberlo construido tan lejos. Más allá se veía un río correr hacia el mar.

Una segunda línea de seguridad le daba el paso a los vehículos oficiales. Era un día caluroso, brisaba pero no bastaba. A través de las grandes pantallas se veían a los presidentes hablar. Yo estaba en otro cuento, un movimiento corrediizo proveniente del río robó mi atención un momento.

Cuando al fin logré entrar ya serían las 11:30. Estaba al lado de la puerta, donde aún entraba aire fresco, junto a mí una periodista noruega transmitía para su país acalorada, al frente un africano hacía lo mismo para el suyo. En el anfiteatro los presidentes agitaban los abanicos y hablaban entre ellos, mientras el secretario anunciaba desde el escenario al próximo en hablar. Aún tenía una vista de afuera, ahora los movimientos que antes percibí vagamente se hacían más fuertes, pero acusé al calor delirante.

Pasaron los minutos y estos movimientos eran ahora más visibles, algo pasaría, no cabía duda, como si un desfile gigantesco fuese a salir del monte para venir hacia nosotros. En un momento mi corazón se contrajo violentamente, el sudor pasaba del pelo al cuello y se esparcía al resto del cuerpo. Algo pasaría, algo saldría del monte y haría gritar a medio mundo. Mis palmas sudaban y no era el calor, mis ojos querían salir de su órbita. Entonces pasó. El río que por ahí corría fue cambiando su curso lentamente hacia nosotros. Luego los árboles se desprendieron de la tierra y avanzaron los pájaros, luego tigres y serpientes, hasta que finalmente todo el monte se alzó y descorrió hacia nosotros. Las nubes también se aproximaron como un remolino hacia la convención. Los gritos ya habían empezado hacía rato, adentro seguían hablando.

La turba no venía violentamente, a decir verdad, tampoco causaban estragos a su paso, venían en un fúnebre silencio. La gente se arrinconó contra el edificio, saturando la entrada.

El comandante encargado de la seguridad ordenó disparar a los ríos y a las plantas, ordenó crear una barrera de seguridad que fue fácilmente saltada por los arboles ahuecados por las balas, y luego el río. La seguridad era inútil. Los presidentes habían parado y unos se arrinconaban sobre otros, sobre la pared, sobre la cinta azul que los separaba del resto, otros subían hacia el palco, mezclándose con el bullicio. Las cámaras seguían encendidas, lo que me hizo pensar en los millones de hogares afuera. Quizá las mascotas ahora estaban en cuarentena, junto al jardín y las flores. Las viejas quizá rezaban, pero nadie podía negar nunca lo que ahí ocurría. No era una película de ciencia ficción, tampoco un bello cuento de hadas. Era la natura que se alzaba contra nosotros.

La turba en silencio y sin desordenar nada a su paso fue entrando al centro de convenciones: los pasillos sirvieron de base al río. Los árboles se posaban sobre la entrada, otros en la zona de decorados, el musgo se apropió de las paredes, pero no desordenaban nada. Una bandada de antílopes, chimpancés, coyotes, elefantes y zorros fueron los primeros en ingresar y apropiarse de los asientos vacíos, luego los pájaros hicieron una entrada triunfal y volaron sobre el amplio techo como llevando un mensaje divino a los asistentes, que ahora callados veíamos a los peces brotar de un suelo hecho río.

Más tarde casas de madera también entraron, como si un espíritu se hubiese apropiado de ellas, sospechaba que era Sentido. Las casas y las canoas estaban vacías. Una pulsión honda brotó en mí como una flor que nace marchita, un alboroto de cada órgano, de cada vena estremeció mis adentros.

Luego todo se acalló.

Durante un minuto ocurrió un silencio incómodo y calmo, ni los árboles se agitaban, ni los pájaros cantaban. Y pasó lo siguiente, eran tres, tres cadáveres de mujeres jóvenes brotaron del río, vestidas todas con trajes blancos. El público se sobresaltó, pero luego acallamos, lo que ocurrió después fue peor. Los niños que había visto en la calle, el párroco del pueblo, Raul y Azael, todo el pueblo flotaba sobre el río en dirección al escenario. Cerré los ojos y sujeté el dolor con mis manos, presionándolas ciegamente.

Al cabo de un minuto el calor ya se había hecho indiferente, los animales y las plantas fueron los primeros en salir. Las aves volaron hacia afuera, el musgo se desprendió de las paredes y los cuadros, los arboles salieron, el oro del techo y de los anillos de la gente también cedió, finalmente el río con los cadáveres se hizo paisaje nuevamente, dando por terminada la convención mundial.

Nunca volvería a Sentido, sin embargo, estaba segura de que el pueblo estaría vacío y en las lapidas del segundo cementerio encontraría sus nombres. Concluí que la búsqueda de unos siempre será la búsqueda de todos, y que la verdad nunca será escrita completamente