Kilele

  • Juan Sebastián Mina Universidad del Valle

Resumen

Vivo en Santiago de Cali, la capital del Pacífico colombiano. Es una urbe que se alza en medio de bosques, ríos, animales y montañas, pero que sigue siendo, al fin y al cabo, una urbe. Cuando me dijeron que visitaría el Pacífico sentí miedo. Sin embargo, también pensé: cortar las amarras lógicas, ¿no implica la única y verdadera posibilidad de aventura? Me aferré, como la sal al mar, a este dogma. Esta es una historia sencilla, pero no es fácil de contar. Como en una fábula, hay dolor y, asimismo, está llena de maravillas y de felicidad. Este es un relato de vida, una crónica de viaje.

##plugins.generic.usageStats.downloads##

##plugins.generic.usageStats.noStats##

Biografía del Autor

Juan Sebastián Mina, Universidad del Valle

Nació y creció en el Distrito de Aguablanca, al oriente de la ciudad de Cali. Actualmente es estudiante de Licenciatura en Literatura de la Universidad del Valle, donde tiene colaboraciones en el periódico cultural La Palabra; asimismo, hace parte del Grupo de Investigación de Narrativa Colombiana, donde desarrolla dos líneas de investigación: literatura afro y traducción literaria. Hace parte del proyecto Palenques juveniles para la gobernabilidad y participación ciudadana, que se desarrolla en los municipios de Caloto, Miranda, Santander de Quilichao y Corinto, en el norte del Cauca. Su relato Kilele es una crónica de viajes estructurada en cuadros superpuestos que se alimentan la idea de rebeldía, resistencia y júbilo frente a una realidad: el Pacífico colombiano. El recorrido por los territorios, para un negro citadino como como yo, me reveló el principio de la empatía y la identificación, que solo vienen de la experiencia.

Publicado
2018-09-25
Sección
Hojarascas

Kilele

Vivo en Santiago de Cali, la capital del Pacífico colombiano. Es una urbe que se alza en medio de bosques, ríos, animales y montañas, pero que sigue siendo, al fin y al cabo, una urbe. Cuando me dijeron que visitaría el Pacífico sentí miedo. Sin embargo, también pensé: cortar las amarras lógicas, ¿no implica la única y verdadera posibilidad de aventura? Me aferré, como la sal al mar, a este dogma. Esta es una historia sencilla, pero no es fácil de contar. Como en una fábula, hay dolor y, asimismo, está llena de maravillas y de felicidad. Este es un relato de vida, una crónica de viaje.

Noches de Bocagrande

Las manos y caras negras que trabajan en el aeropuerto de La Florida, vestigios fantasmales del Alfonso Bonilla Aragón nos recibieron. “Bienvenido a Tumaco, la perla del Pacífico”. ¡Y qué perla! Tres islas enormes se imponen sobre el mar preñado de basura. Cuenta la historia que la forma primigenia de estas tres islas era de pargos rojos. Estos habían sido enviados por Yemayà, madre de la vida y de las aguas, a reconocer sus dominios. Durante miles de años navegaron por todos los océanos de la tierra. Un día se sintieron fatigados y se quedaron a descansar en los esteros de la costa pacífica nariñense. La brisa de la tarde los adormeció, las olas los arrullaron y se quedaron profundamente dormidos. Poco a poco las mareas infatigables los cubrieron de arena; pronto una frondosa vegetación apareció sobre sus lomos y las lluvias torrenciales formaron riachuelos copiosos. Así cuentan se formó la perla a la que arribamos.

A la salida del aeropuerto nos esperaban dos vehículos para llevarnos hasta el muelle, aun así no cabíamos todos.. Escuchamos que alguien dijo “es cerca”, así que decidimos caminar. En medio de migajas de dignidad humana y bolsas de basura entreabiertas flotaba nuestra panga, una lancha rápida. Nos subimos. El motor se puso en marcha e iniciamos nuestros recorrido por el mar. Heriberto, un hombre de rasgos fuertes, ojos cansados pero seguros, y accesorios de oro que contrastaban con la renegrida pobreza del territorio, era nuestro guía.

Tumaco, oficialmente San Andrés de Tumaco, es un municipio colombiano ubicado en el suroccidente del Departamento de Nariño, a 300 kilómetros de San Juan de Pasto y a 30 minutos de la Isla de Bocagrande, lugar que nos acogería durante cinco días. “Compadre, aquí”, dijo el hombre que acompañaba a Heriberto. Desembarcó. Un “nos vemo” con la mano en alto quedó como firma del contrato de cordialidad. Así es en el Pacífico.

A nuestra derecha descansaban “La yola” y “Angélica”, amarradas a un viejo palo como vivas reminiscencias de largas jornadas de trabajo. Tumaco, y sus alrededores, tiene como principal renglón económico la pesca artesanal; la practican pequeñas lanchas, como “La yola” y “Angélica”, en zonas costeras a no más de 16 kilómetros de distancia, dentro de lo que se llama mar territorial.

Heriberto hablaba de Bocagrande mientras miraba intranquilo su reloj. Una falla técnica --no supimos qué fue lo que pasó, pero vimos que recogía del mar, con bastante esfuerzo, un trozo de madera-- nos había retrasado. El tiempo corría al vaivén de las olas. Los esteros y manglares me envolvieron en un sopor del que solo regresé con el repicar de una marimba y un coro que cantaba Kilele/ Todo el mundo está bailando/ Kilele/ Y también lo bailo yo/ Kilele… Kilele, el grito africano que significa fiesta y rebelión, y que parecía meterse por entre las tablas del piso, subir por los jeans de los músicos y aflorar en las letras que llevaban en el pecho y la espalda: “Yo soy Genaro”. Tiempo después sabría, por boca del marimbero, que Genaro había sido un líder del Consejo Comunitario Asocasan, asesinado por “ellos” el 3 de Agosto del 2015.

La noche abrazó el sol, a los cangrejos, a las palmeras y a nosotros. Lo único que se veía era el destello de la luna que se batía con una nube para que pudiéramos contemplarla. Alguien evocó al trío Martino: Noches de bocagrande/ bajo la luna plateada/ el mar bordando luceros/ en el filo de la playa/ el mar bordando luceros/ en el filo de la playa/

Era momento de dormir.

La madrugada nos sorprendió sin deseos de abandonar las camas. Adentro, sentíamos el viento mecer la cabaña; afuera el mar ya era alcanzado por una claridad que aumentaba su temperatura. Estábamos cerca al meridiano del Ecuador, por eso luz y tinieblas se reparten con equidad el día: 6:00 a.m. y se abre el telón. La función de las aves en el teatro del Mar. Una bandada de alcaravanes, en posición V para romper el viento, cruzó el fondo del escenario. Cerca de la orilla, otros actores, estos en fila india: cientos de hormigas que subían y bajaban como en una montaña rusa, ora a derecha, ora a izquierda. Y la cabaña seguía a merced del viento. El mar. El horizonte que no existe; sólo contemplaba un abrazo azul, apacible, sublime. ¿Cuál de los dos es el cielo, y cuál es el océano? El director, que algunos llaman azar y yo prefiero decirle naturaleza, armonizaba el ambiente: las aves declamaban sus sonidos; el sol coronaba el cielo y el mar imprimía un coro permanente: Zzzaaasss Zzzaaasss Zzzzaaasss.

La noche anterior ese coro se mezcló con el repiqueteo de la marimba, el golpe seco del cucuno, el grito del tambor y los enérgicos movimientos de un grupo de jóvenes liderados por Gustavo, un gestor cultural forjado por las vicisitudes del territorio y por las necesidades propias y ajenas de las caras lindas de la gente que le rodea. Gustavo, con una pierna maltrecha, las marcas de la necesidad en los pómulos y del trabajo de lutier en las manos, me habló de su gestión en Tumaco: la vez que un amigo suyo robó en una tienda porque el hambre inundaba sus músculos y él tuvo que pagar para que “ellos” no lo mataran; también de aquella reluciente mañana en el Trasmilenio de Bogotá cuando una doña, en cuanto lo vio, apretó su bolso y se enchuspó como un cangrejo en su caparazón. Contagiados de la modorra que pululaba a nuestro alrededor, hablamos de cómo, seguros de su impunidad, los dirigentes del pueblo le entregaron el territorio a “ellos”, y “ellos” se encargaron del resto. También charlamos sobre los jóvenes que nos habían recibido y enseñado sus bailes la noche anterior. Su aspecto agarró un barniz de seriedad que hasta ese momento no había visto en él. Me dijo: “Esa… Esa que usté ve allá, se llama Juliet. Usté la ve bien, bailando. Pero la energía que saca es mala, es bien negativa”.

Resultó que sus padres eran concheros, que ella cuidaba de su hermana y que bailaba para olvidar el hambre. Dirigí mis ojos hacia la muchacha. Estaba sentada contemplando el mar; tenía el semblante como si adorara a Dios, en silencio, absorta, casi de rodillas. Recordé la frase que dice que el silencio es el grito más fuerte. Y fue un grito lo que nos invitó a la mesa: “¡el almuerzo está listo!”.

Un cangrejo en mi plato. Lo que comí esa semana, los olores y sabores que me fascinaron, vine a enterarme, eran producto de tres siglos de transculturación: un cocido multiétnico en el que se fusionaron la sabiduría culinaria prehispánica, la hispánica y la afrodescendiente para crear una cocina tropical diferenciada, en la que se cruzan aguas y praderas, vientos, veranos ardientes y nieves eternas; una cocina de la abundancia, tradicional y exótica, llena de combinaciones inesperadas; un festín olvidado que apenas intuimos y que, pese a ello, subyace en el corazón del modo de ser latinoamericano en estas regiones de gran diversidad ambiental donde se impuso la esclavitud. Carajo.

Después del almuerzo, de la jornada de trabajo y de la tradicional fogata, me fui a dormir. Debíamos madrugar para nuestro recorrido por el río. Pienso en la idea de que la enormidad es a menudo invisible cuando se la tiene muy cerca. Y parece que el mar pretende reivindicar esta idea a costa mía. Atrás dejamos el olor salobre que se impregnaba en nuestras narices para adentrarnos en la calma del río; quietud que solo es posible por la acción mediadora del manglar.

Avanzábamos por el río Mira, que nace en la provincia de Imbabura, noroeste de Ecuador, y que junto con el río San Juan se abre paso por el suelo colombiano hasta alcanzar sus 82 kilómetros de largo. Nos rodeaba el manglar. Esas formas alargadas, saladas por naturaleza y postradas por recursividad, parecían hacer venía a nuestro paso; aquellos otros que habían ganado la contienda por la luz del sol se alzaban imponentes, altivos, y alojaban entre sus ramas los trofeos propios de los ganadores: las aves. El rumor de las sierras cundía el aire. Un acorde que no va con la melodía de la naturaleza. Y las aves lo saben. Incluso los árboles. Allá, unos metros a nuestra derecha, se alzaba un árbol particular. “¿Por qué no han cortado ese?”, preguntó alguien. “Porque está hueco”, respondió nuestro guía. La familia del mangle rojo, predominante a esa altura, ha sido tajada, empaquetada y vendida. Todos sus árboles, excepto uno: el árbol hueco que lentamente dejamos atrás; el árbol agujereado y sobreviviente que vació sus cuencas para quedarse en casa y erigirse como un monumento a la resistencia.

Apología de la naturaleza.

Los zancudos succionaban y envenenaban la sangre, pero ¿acaso no hacemos lo mismo con la selva? Mis ojos oyen el murmullo de las sierras. Seguíamos subiendo por uno de los brazos del río. El sol avanzaba rápido, recortando la sombra así como nuestra panga recortaba el territorio. Llegamos a un lugar llamado Río Mira Las cargas. Aquí las cosas para mencionarlas había que señaladas con el dedo: “Señora, disculpe, ¿qué es eso?”. “Eso… eso è caña”, contestó la doña, conservando sus manos juntas. Sus pies sobresalían de unas chancletas con restos de barro. Escuché ruido dentro de la casa. Debía ser la mujer que momentos antes de que llegáramos buscó refugio en el silencio del interior. “¿Y eso?”. “Una ejcuela, puej. Pero se quedó sin etudiante”. Una cifra, de las pocas que recuerdo, debe ser por el dolor que me causa, dice que en el año 2014 cerca de 319 mil niños y adolescentes --el 3,07 por ciento del total de la matrícula nacional-- desertaron de sus colegios. Esa suma me aterra. Me pregunto si en ella están contados los 20 o 30 niños de esta comunidad. Río Mira Las cargas no aparece en el mapa. Caseríos.

En ese momento el único sonido era un murmullo que provenía del motor de la lancha. Ya no había nada más qué decir ni hacer. La panga pareció sumirse en un aura de ánimo decadente. Dimos media vuelta, las cabañas nos esperaban. El camino de regreso fue igual: la panga devorando el río, el mangle vencido postrado haciendo la venia, las aves sobre los vencedores, las sierras, y el árbol hueco.

Días después, ya en el avión, recordé los versos de la agrupación ARS Un Componente Afro, que canta al ritmo de hip hop:

Han sido muchos los caídos/
Que entregaron sus vidas/
En busca de solución/
Que no solo quede en la historia/
Sino también en tu memoria/
Y que los lleves en tu corazón/

Guapi, del pez la pista y de la tierra cicatriz

Guapi, un portal entre el cielo y el mar, me recibió con un abrazo de 30º grados centígrados. Me sorprendió el parentesco entre esta tierra y el Distrito de Aguablanca, sector en el que vivo en la ciudad de Cali. Unas risotadas a las afueras del Aeropuerto, junto con un grito que se sumó al bullicio de la ciudad subieron la temperatura por lo menos dos grados y confirmaron mi extraña cercanía. Esto me hizo pensar en mi “banco de sentidos”, ese que es producto, entre muchos otros actos trasgresores, de risas que se traducen en maneras de extraviar sentimientos colectivos de tristeza; de un chocar de copas de aguardiente o arrechón, y del trasegar de los cuerpos rozándose. Es precisamente de esa forma como recorrimos, en un chocho, las calles a medio hacer, y aquellas con intención de serlo, del municipio de Guapi, hasta llegar al malecón, donde M. nos esperaba.

Allá…
Donde el mar se hace un ovillo melódico, y la espuma se alarga
en espiral de ausencias como añorando nubes; en la patria
del sol y la palmera, limitada por las hondas guitarras y las
marimbas quejumbrosas; sobre el ardido corazón del trópico

M., nuestra guía, era una mujer con voz de contralto y cabello variopinto, baja, de brazos fuertes y andar militar. Me preguntó por el viaje. Le respondí que este no parecía ser país para gente grande. Apenas si cupe en el chocho. Su risa fresca y espontanea me dio otra impresión de su figura. Dejamos nuestras maletas en un restaurante cuya letrina iba a parar directo al río Guapi. “Chicos, vamos”, dijo M. con su voz grave y marcial. “Teófila nos espera”.

Llegamos al Instituto de Investigaciones Agropecuarias del Pacífico (IIAP), cuya cede es un salón blanquísimo, aspecto que confería una sensación de amplitud mayor de la que en realidad tenía. Nos encontramos con Teófila, una mujer cuya voz no se correspondía con su imponente cuerpo, pero sí con su corazón. Nos contó del proyecto de cultivo de plantas aromáticas y condimentarías de azoteas que adelantaba con las mujeres de la comunidad. Este proceso tiene como finalidad la seguridad alimentaria, así como la comercialización de las plantas, todo sustentado en la recuperación de semillas. Nos habló de su lucha con el Incora, de los consejos comunitarios y de la obtención del Premio a la cocina tradicional. Justo era la hora del almuerzo.

Volvimos al lugar donde dejamos las maletas y el olor a piangua, pescado frito y basura se mezclaba en el ambiente. El cauce del río arrastraba, como un imán, nuestra mirada de izquierda a derecha, mientras algunas devotas husmeaban los predios de la idolatría frente a la catedral, y rezaban con la voz temblorosa, como si las palabras les quemaran los labios. Parece que encontraron en Dios la restitución de lo que “ellos” se llevaron, y de lo que dejaron: una cicatriz en la tierra. M. preguntó por mi almuerzo, pues era de los pocos que faltaba. Mandó por pescado, patacón y arroz. Mientras comía, pensaba en aquel premio de Teófila. Empoderamiento. El río imperturbable seguía su curso, así como nosotros debíamos seguir el nuestro. La lancha que nos llevaría a Chico Pérez había llegado. También la lluvia.

En el lugar que embarcamos unos niños desnudos se lanzaban al río, mientras otros se burlaban del que había resbalado. La crueldad de los niños no tiene color. Un joven me alargó la mano para ayudarme a bajar, y el brillo de sus cuatro anillos hirió la humildad que reinaba en aquel muelle. Continúo lloviendo mientras nos alejábamos del ruido de la ciudad, y el viche se agotaba. Salvamos una bajamar y llegamos a Chico Pérez

La vida en Chico Pérez, como en gran parte de las comunidades del Pacífico colombiano, se lleva al vaivén del mar. Unas veces el mar está lejos, a kilómetros de los caseríos, como estaba al momento de nuestra llegada; otras, se mete por debajo de las casas, construidas sobre pilotes y besa todo cuanto alcanza. En la comunidad la arquitectura y disposición de las casas es sencilla: un callejón con construcciones a ambos lados; al final se abre paso, a derecha e izquierda, otra serie de casas igualmente apoyadas sobre estacas. Una T de hogares. Parecen un ejército que se apoya sobre zancos. Hay otro ejército cuyo distintivo se erige sobre un mangle que da la bienvenida a la comunidad. Es una bandera que el vaivén del viento hace que inevitablemente se posen los ojos sobre ella; la bandera es colombiana, así como el territorio dibujado en el centro de la misma, y seis letras hieren sus tres colores: FARC-EP.

Escuché que hace algunos meses “ellos” no vienen; sin embargo, son un rumor constante, una presencia que ha dejado marcas tan vivas como el mar que nos rodea. La gente parece tranquila, o resignada. Mientras cruzábamos el “callejón”, los lugareños nos veían frunciendo las cejas, como hace el sastre viejo con la aguja. Algo apenas comprensible: un grupo de 24 extraños, en una comunidad de poco más de 90 familias. Descargamos en casa de M. Nos organizamos. Algunas de las familias prestaron su casa para albergarnos. “Usté, vaya adonde la profe”, me ordenó M. Pero en casa de la profe no había espacio.

A la escuela del pueblo asisten cerca de 20 niños. Ahora está cerrada. ¿Dónde están esos niños? Jugando, por supuesto. Cuando llegamos, vi unos niños con dientes blanquísimos que contrastaban con el color de su piel. Corrían descalzos tras un intento de pelota. Esta escena transcurría bajo la atenta luz ahumada del sol que les daba un aspecto palúdico. Dos estacas improvisadas --improvisado como casi todos en este país, en esta región, en esta comunidad-- hacían las veces de arcos. No era necesario un juez, o marcas en la arena; los límites se imponían con inocente conveniencia.

La noche salió de la loma fecunda en mosquitos y ansiedades. Mientras escuchaba a mis compañeros susurrar comentarios acerca de la bandera, imaginé la historia de esas personas de la comunidad. A mi anfitrión lo vi poco, pero lo recuerdo bien, así como a una señora que me llamó la atención. Era robusta, con el cabello ensortijado y descuidado, con una cruz entre las manos y una extraña pulsera en los pies. Iba hundida en una meditación melancólica. El delirio. ¿Qué otra salida tendría esta mujer? ¿Salida? No lo sé, pero el abrigo de la religión no parecía calentarla lo suficiente.

Al siguiente día tuvimos que regresar a Guapi. Embarcamos y dejamos atrás a las mujeres jugando bingo y a las niños corriendo detrás del balón. El mar nos recibía, nosotros brindábamos, cuando un grito me devolvió a la realidad: “Goool”. Colombia le ganaba 1 - 0 a Uruguay en el Metropolitano de Barranquilla. En mitad de la inmensidad, estas emociones tienen un valor diferente. El viche seguía su descenso en la botella. Regresamos al muelle que nos había visto salir un día antes.

La aventura en territorio caucano terminaba. Mientras iba en el chocho hacia al Aeropuerto metí la mano al bolsillo y saqué uno de los papelitos que acostumbro a guardar. Leí “hospitalidad”. La palabra se queda corta. Allá, dice Martán Góngora, Allá…

Donde el mar se hace un ovillo melódico, y la espuma se alarga
en espiral de ausencias como añorando nubes; en la patria
del sol y la palmera, limitada por las hondas guitarras y las
marimbas quejumbrosas; sobre el ardido corazón del trópico
y la encajería de sus ríos lontanos, atardecidos de piraguas, de
bogas y leyendas; en la costa sur del Pacífico Océano existe
un retazo de la geografía del Cauca, millonario de selvas y de
mangles, presuntuoso de aromas y de trinos, de crepúsculos y
constelaciones y doncellas negras, que llevan en su rostro el alba
eterna de sus risas de talco perfumado o de velo nupcial.

El avión aterrizó sin contratiempos. El piloto nos dio la bienvenida. Los restos de inquietud se convirtieron en asombro y extrañeza. Ya en la ciudad de Cali me incorporé y caminé tranquilamente, con los ojos cerrados, de regreso a casa. Mierda.