Ruta de escape

  • Giussepe Ramírez El portal web

Resumen

Odio mi vida, quiero largarme.


La motocicleta truena a la una de la mañana por cuarta vez esta semana. Despierto sobresaltado, con la sensación de que en ella va el ladrón de algo muy valioso para mí. Doy vueltas en la cama a la espera de que el sueño me caiga encima otra vez, que la oscuridad haga lo suyo. Lo busco en los rincones, pero es imposible. Las aves inician su canto. Es aterrador: la inminencia de la luz en medio de la oscuridad.

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Biografía del Autor

Giussepe Ramírez, El portal web

Economista de la Universidad del Valle. Diplomado en Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo. Escritor de cuentos y periodismo narrativo. Sus relatos han sido publicados en las revistas Lexikalia y Literariedad, el periódico El Pueblo de Cali y la antología Maletín de Relatos Pacíficos. Actualmente es columnista en el portal web Tras la cola de la rata.

Publicado
2018-09-25
Sección
Hojarascas

Ruta de escape

Odio mi vida, quiero largarme.

La motocicleta truena a la una de la mañana por cuarta vez esta semana. Despierto sobresaltado, con la sensación de que en ella va el ladrón de algo muy valioso para mí. Doy vueltas en la cama a la espera de que el sueño me caiga encima otra vez, que la oscuridad haga lo suyo. Lo busco en los rincones, pero es imposible. Las aves inician su canto. Es aterrador: la inminencia de la luz en medio de la oscuridad.

Las detesto. Detesto su invocación solar.

Me siento en el sillón, resignado, a dejar que el tiempo corra hasta la hora de ir a trabajar. Presiono mis sienes para contener los demonios que quieren salir de mi cabeza. Los sonidos de la ciudad me tienen tomado por el cuello. Maquino extrañas maneras para que cesen de atormentarme.

Qué hago en la ciudad, me pregunto cada noche o cada mañana en la que un ruido me altera. Digo ruido, pero podría ser otra cosa que no se me ocurre o no quiero decir. Procuro salir de casa solo cuando estoy obligado; evito caminar por las calles. Pero ni siquiera la casa sirve de trinchera.

En la oscuridad de la sala planeo formas de devolverme la tranquilidad arrebatada. La calle me recibe con el escupitajo negro de un autobús. Camino con terror por la acera porque debo lidiar con seres anónimos que pueden hurtarme la paz o declararme la guerra. Siento que me miran raro, como si sospecharan algo. Frunzo el ceño, pongo los ojos desconfiados y aprieto la mandíbula para repeler cualquier ataque. En el autobús recibo la estampida de unos animales afanados sin segundos en sus muñecas. Una selva silenciosa, siniestra y llena de depredadores es un lugar más acogedor que este pequeño autobús donde contenemos la respiración para apiñarnos antes de que cierren las puertas.

Llego a la oficina y le exijo a mi jefe las vacaciones acumuladas de dos años.

Con el tiempo de las vacaciones en mis manos decido ir a Gorgona, huir de tierras continentales, de la ciudad y sus cadenas: reuniones aburridas, horarios de trabajo, rutas anacrónicas, hombres hostiles; el progreso.

A ver si el mar en su infinidad líquida silencia la moto que ha interrumpido mi sueño y persiste como una herida abierta en mis oídos.

Fue mi tercer viaje en avión. Decidí poner el equipaje de mano entre mis piernas. Llevaba una linterna y una caja de fósforos. Era mi manera de decirme que estaba preparado ante la eventualidad de tener que encender una fogata muy cerca de las ruinas del avión. Cubríamos la ruta entre un par de pueblos colombianos. No debería tomar más de una hora.

El avión voló por encima de la hostilidad que caminaba por los andenes y de los odios alimentándose tras un volante; desde arriba se veían indefensos. Cuando ganamos altura fueron inexistentes. Sonreí. Nos alejamos hasta que entramos en la solitaria paz de las nubes. Hubo gritos y angustias cuando el avión amenazó perder altura y entró en un vacío. Sin embargo, el avión mantuvo la ruta sin contratiempos ni aterrizaje de emergencia.

Atravesamos parajes inhóspitos del Pacífico colombiano. En mi mente repasaba lo que vería si hacía el recorrido en lancha: extensos bosques tropicales llenos de natos vacíos y manglares sembrándose a sí mismos; esteros y ríos caudalosos, de esos que arrastran troncos y cadáveres; aldeas de pescadores encalladas en el barro; pistas de nieve oscura cubiertas en la noche por el agua.

La azafata repitió los movimientos robóticos de siempre: las manos paralelas señalando los pasillos, en cruz indicando las salidas de emergencia, como si fuera fácil lanzarse a gran altura, o como si uno siempre eligiera el precipicio y no las llamas. Nos recostamos sobre el ala izquierda, salimos del limbo blanco y nuestros ojos tuvieron que adaptarse al contraste verde. El tren de aterrizaje se desplegó penosamente. Por la ventanilla observé los techos de las casas, construidas al lado del aeropuerto, rozadas por las alas del avión.

Descendí pensando si regresaría a salvo para terminar de escribir esta historia, o si en caso de un accidente el manuscrito sobreviviría a la humedad y al fuego. Metí en el maletín las hojas que contenían las primeras líneas de este relato. Las protegía entre un fólder de cuero.

Hacía calor, del tipo de calor que se pega a la piel como sustancia viscosa. El aeropuerto era la unión de dos pequeñas salas sin televisores. No había bandas transportadoras de equipaje. Un carrito oxidado trajo las maletas arrumadas.

Tomé la mía y fui a pasear por los puestos de dulces y bebidas típicas que se encontraban a pocos metros de la bahía, donde algunos mototaxis esperaban a los turistas. Me detuve frente a uno que exhibía unas galletas apetitosas. Tomé un paquete y mientras pagaba un hombre mayor se me acercó. Tenía los hombros bajos y una mirada solemne.

-Joven, ¿tiene candela? -Extrajo un cigarrillo de una cajetilla vieja--. Me quitaron el encendedor.

Mientras buscaba la caja de fósforos en el maletín, un folleto de Gorgona cayó al piso. Le extendí los fósforos.

-¡Vaya! Ya no se ven muchas de estas -dijo el hombre, usando como sonajero la caja de fósforos-. Ya la gente ni siquiera fuma tabaco. Se llevan a la boca una especie de falo electrónico al que solo deben hundirle un botón para hacer humo. ¡No me diga que usted también va para Gorgona! -dijo, y se agachó con el cigarrillo encendido para recoger el folleto. De su pequeño morral sacó uno igual y celebró la coincidencia con una sonrisa amarillenta. Me dio la mano. Dijo llamarse Bruno. Me invitó a tomar el mismo mototaxi para ir al muelle.

Durante el trayecto, lleno de baches, fumó rápidamente el cigarrillo. Procuró que el conductor le diera toda la información posible del pueblo, la comida, las fiestas, el licor, las culebras y el mar.

Mientras bajábamos por las escaleras del muelle, que parecían el vestigio de una antigua ciudad ahora sumergida, Bruno me pidió de nuevo un fósforo.

-Se la regalo, usted la necesita más que yo -le dije con la caja en la palma de mi mano.

-Hacía tiempo no me daban un regalo tan útil.

En el muelle estaba la lancha esperándonos. Subimos y ocupamos puestos a estribor. En la otra orilla del río los yarumos estaban quietos y las canoas atacaban a fuerza de motor y canalete las distancias. Bruno botó el humo por la nariz y subió un poco las piernas.

-El mar es insoportable pero va a valer la pena atravesarlo para conocer la isla. Además he recibido un buen regalo.

Miró la cajita de fósforos como si fuera un objeto extraño que escondiera algún misterio milenario. Yo lo miré disimuladamente a la cara. Sus ojos eran más claros que los míos, pero menos brillantes.

La lancha encendió motores. Tomamos camino por un brazo del río que nos escupió en el mar. En algunas zonas disminuimos la velocidad para no quedar atrapados en un bajo o chocar con el tronco de un árbol. El mar apareció paulatinamente, hasta que el bosque desapareció y solo éramos el cielo, el mar y nosotros. Miré las olas repetidas. Imaginé que eran pequeñas montañas volcánicas por las que navegábamos. Estaba prohibido fumar durante el trayecto.

-Parece que el mar pudiera esconder, cubrirlo todo -comentó Bruno, y lanzó una bocanada imaginaria.

-Debe ser. Antes todo estaba cubierto por agua.

Bruno sacó una fotografía de su billetera. La miró con el cigarro apagado en la boca. Eran una mujer y un niño. La mujer con vestido azul y el niño con abrigo verde.

-Yo quisiera esconder aquí -abarcó con la mano toda el agua- secretos que ni siquiera las personas que más nos aman soportarían, que ni siquiera nosotros mismos soportaríamos que ellos supieran. Sin embargo, son secretos tan parte de nosotros, tan nosotros mismos, que mantenerlos en la oscuridad es una tortura.

Todavía tenía la fotografía en la mano cuando vi que la arrugaba y, como si soltara una pesada carga, dejaba que el viento la arrastrara hacia el mar.

El viaje transcurrió entre olas que zarandearon la pequeña lancha. Durante el recorrido una mujer habló excesivamente, como si temiera su silencio y quisiera comprobar a cada segundo que seguía viva; los demás pasajeros tomaban todas las fotografías que podían, como si al día siguiente perdieran la memoria y ese exceso los salvara del olvido y el vacío en sus cabezas. El sol aún no asomaba. Las nubes flotaban bajo.

Gorgona nos recibió con una lluvia menuda. A varios metros de la costa el sonido de un coco contra el suelo se perdió rápidamente entre la selva, habitada por culebras, monos capuchinos, ranas y una cárcel abandonada que era el principal atractivo turístico. Allí los visitantes se fotografiaban tras las rejas con sonrisas que sus antiguos habitantes nunca esbozaron.

Primero visitamos la antigua prisión. Una virgen daba la bienvenida al sitio. Algunas construcciones habían sido consumidas por la naturaleza pero otras intentaban mantener su antigua fachada. Podían verse árboles que echaron raíces sobre un muro de tres metros, musgo y enredaderas tapando lo que antes era el límite gris de un condenado. Los monos capuchinos paseaban por un árbol que daba sombra a uno de los patios. Los fogones, que estuvieron encendidos durante veinticuatro años, ahora exhibían el óxido acumulado después de la clausura. Los comedores se extendían como archivos de banquetes nada apetitosos. Los baños, con sus muros recortados a la altura de la cintura para vigilar los movimientos de otros reclusos, daban la impresión de una capilla donde se practicaron rituales oscuros. Para gracia de todos, un visitante simuló defecar en una letrina tapada de hojas secas. En el dormitorio que supuestamente aseaban con regularidad, los murciélagos se descolgaron de los camarotes al escuchar nuestros pasos. El segundo dormitorio ya era dominio de la vegetación. Después de atravesarlo se encontraba un pequeño boquete en la pared clausurado con alambres, que según los guías fue una antigua ruta por donde un prisionero escapó y por la que ahora no se podía transitar.

Después del recorrido el grupo se dispersó. Me senté en la playa a intentar ver una ballena y escoger piedras planas para lanzar al agua. Los soldados de la fragata que custodiaba la isla reían. Bruno vino a sentarse a mi lado mientras un pelicano rompía el agua en busca de comida y emergía con el pico vacío. Me acompañó en silencio por dos minutos.

-Vamos de nuevo a la prisión, tal vez encontremos algo interesante. Está también la ruta prohibida. Estos guías son muy aburridos. En una prisión siempre hay vestigios de sus habitantes, pero sobre todo de su dolor.

Dudé. No quería romper las reglas. La curiosidad fue más fuerte.

Nos levantamos sin que nadie lo advirtiera. Volvimos a atravesar los patios, el comedor, los dormitorios, los cuartos de aislamiento y la cocina.

-Los prisioneros trabajaban más de siete años para llevar a cabo un plan. Pasaban una temporada en la cocina para robar víveres, después en labores de carpintería y tala para conseguir la madera necesaria y construir una barcaza que escondían muy bien hasta el día de la fuga. Documentadas y exitosas hay dos -le dije repitiendo lo que había leído antes del viaje.

-Fueron más. Justificaron otras fugas con la muerte de prisioneros a manos de los tiburones, pero ya sabemos que los tiburones del Pacífico son mansitos. Además, la muerte no tiene que ser un tiburón, puede ser simple agua, la cáscara de un plátano al borde de un abismo o el azar de un rayo en medio de la pradera. -Bruno hablaba como un animal herido que aguarda la muerte y ve símbolos de ella en los pequeños detalles o en las circunstancias más improbables. - En cualquier caso, la muerte era preferible a una condena en este sitio. Pero algunos hombres temen acabar con sus tormentos.

Llegamos a los calabozos. Bruno entró a uno de ellos. Examinó una de las paredes. Me llamó con un gesto de la mano. Cuando entré estaba acostado sobre el muro. Señaló una imagen: un cristo demasiado anguloso con un pelo abundante cubriéndole la cara, grabado en la pared con trazos rectos. Al lado, un poema. Esforcé la vista para leer.

Voy a contarte mi secreto a solas
le dije una vez al mar y con sentida voz,
le conté el desastre de mi vida.
Y al conocer mi amarga desventura
-hombre -exclamó con doloroso acento
soy grande, pero más es tu tormento;
soy hondo, pero más es tu amargura.

Bruno me miró para advertir mi reacción. En aquella celda la vida se hacía más pequeña. El dolor y los demonios de sus antiguos habitantes empezaban a meterse por los huesos y a presionar el pecho, como si desde el pasado vinieran a compartir sus angustias y miserias.

Salí inmediatamente.

Bruno siguió tendido unos segundos para hacer suyo lo que flotaba en ese cuarto de confinamiento.

Esperé impaciente a que saliera.

-Julio Flórez -susurró al salir. Hablaba para él mismo.

-Quién es Julio Flórez -pregunté.

-Algún condenado se sabía el poema de Julio Flórez -dijo como si no me hubiera escuchado.

Continuamos el recorrido. Las gotas de lluvia aumentaron su tamaño y el día se hizo más oscuro. Nos detuvimos en el dormitorio donde la naturaleza había reclamado su lugar; en un sitio como ese, donde llovía diariamente, el límite de la vida no lo impondría un alojamiento de criminales.

-No tendría ningún problema en morir aquí -dijo Bruno.

Atravesamos el dormitorio. Miramos el inicio de la antigua ruta. Bruno se arrastró por la tierra, con cuidado de no cortarse la espalda. Lo seguí. El sendero tenía la hierba descolorida y partes fangosas por las que transitamos con cuidado de no resbalar. Era estrecho y la vegetación le había robado espacio.

La humedad se pegó a nuestros cuerpos. Una sed para la que no íbamos preparados nos acosó las lenguas. Terminamos el ascenso. El sendero continuaba. Aún era de día. Descansamos unos minutos en la cima mientras mirábamos la cárcel infinita que rodeaba a la isla. Sentado sobre una piedra, Bruno buscó mi aprobación para continuar. Levanté el mentón en dirección al otro lado de la isla.

Descendimos. El terreno era resbaladizo. Tuvimos cuidado de no caer. Había piedras que nos pudieron significar la muerte. En algunos puntos nos agarramos de las raíces de los árboles para no rodar por la pendiente. La base del cerro estaba a trescientos metros. La tarde cayó tras nuestros pasos.

Vimos pasar el día y las nubes entre las copas de los árboles; aves que batían sus alas por última vez buscando un lugar para descansar. Era de noche y las serpientes emergieron de los fosos de la isla; las ratas nos pasaban por encima, sin detenerse. Encendí la linterna. Nos rodeaba una oscuridad de árboles y puntos de colores que nos miraban sin moverse. Desde donde estábamos se veía la penosa imagen de la luna reflejada en la mancha negra que era el mar a esa hora. Procuramos que nuestra respiración se confundiera con el viento para no asustar a los animales. Descendimos cerca de la playa, pero no llegamos hasta ella. Nos detuvimos tras el tronco de un árbol, exactamente donde el sendero terminaba con una cruz hecha de ramas que se elevaba sobre un pequeño montículo de tierra. Bruno encendió un cigarrillo. Un espectro surgió en la escasa luz que alumbraba la improvisada tumba.

Bruno empezó a cavar.

Yo lo miraba impaciente.

Sus grandes manos no sacaban suficiente tierra. Sostuve la linterna entre los dientes para ayudarlo. Abrimos un hoyo del tamaño de un bebé. Los brazos se nos cansaron cuando el tiempo perdió su límite común, cuando sus unidades se convirtieron en una falta de sentido, y ahora era el montón de tierra a nuestro lado, los metros cúbicos que poníamos donde no llegaba la luz. Nos detuvimos. Bruno movió los antebrazos para desentumecer los músculos. Pasó la manga de la camisa por su frente. Tenía el aspecto de un minero. Observó sus uñas negras. Un viento cargado de sal refrescó el aire. Me pidió que volviera a alumbrar el hoyo. No regresaría hasta no encontrar algo, dijo. Yo tenía la boca cansada. Dejé de excavar. Seguí alumbrando. Reanudó la tarea con una nueva técnica. El hoyo tuvo el tamaño de un perro grande. No había nada, ni huesos ni pájaros muertos. Bruno estaba exhausto. Apagué la linterna por un momento para que la batería no se agotara.

Nos tendimos al lado del hoyo a descansar y a ver el cielo. Nos llegaba el rumor del mar y las pisadas de quién sabe qué animales. Los ojos me pesaban. Cuando los cerré, la mano terrosa y olorosa a tabaco de Bruno me acarició la mejilla. No hice nada.

Regresamos en silencio.

Atravesamos los mundos de tres pasos que creaba la linterna