María y El Alférez Real: Diálogo temático y perspectivas de región

  • Alejandro Alzate Méndez Universidad Católica de Cali

Resumen

El presente artículo de reflexión se propone examinar los puntos de contacto existentes entre estas dos novelas fundacionales de la literatura del Valle del Cauca colombiano. Para tal fin, se analizarán los siguientes ejes de indagación: el idilio romántico, la presencia de lo agrario y las alusiones a lo urbano, la defensa de los valores católicos y la figuración de los negros en un contexto clasista y patriarcal.

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Biografía del Autor

Alejandro Alzate Méndez, Universidad Católica de Cali

Doctor en Literatura por la Universidad de Navarra. Docente del Departamento de Lenguaje de la Universidad Católica de Cali, y docente de la Facultad de Educación de la Universidad San Buenaventura.

Citas

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Vallejo Corral, Raúl. Patriotas y amantes: Románticos del siglo XIX en nuestra América. Buenos Aires: Editorial Lumen,2017. Impreso.
Publicado
2018-09-24
Como citar
ALZATE MÉNDEZ, Alejandro. María y El Alférez Real: Diálogo temático y perspectivas de región. Poligramas, [S.l.], n. 46, sep. 2018. ISSN 2590-9207. Disponible en: <http://nexus.univalle.edu.co/index.php/poligramas/article/view/7007>. Fecha de acceso: 21 ene. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/poligramas.v0i46.7007.
Sección
Artículos

Palabras clave

María;, Colombia;, literatura colombiano;, siglo XIX;, Hispanoamérica;

María y el alférez real: diálogo temático y perspectivas de región

1. Breve contextualización

Tanto María como El Alférez Real siguen despertando hoy en día lecturas encontradas. Por un lado, las interpretaciones conservadoras (Álvarez Gardeazábal; Sommer; Brushwood) advierten idilios de jóvenes inocentes que se extasían en paisajes exuberantes. Desde otro, la crítica liberal (McGrady; Vallejo Corral; Henao; Arciniegas, 2002; Cruz Kronfly; Martínez) percibe en los textos y sus tramas, en molde romántico, complejos escenarios sociales. Así, asuntos como la presencia de las negritudes en el Valle del Cauca, la dominación patriarcal, la dominación de la mujer y las transiciones entre lo rural y lo urbano, adquieren interpretaciones mucho más críticas y complejas. No es nuestro interés sumarnos a una u otra lectura. Por el contrario, pretendemos evidenciar las similitudes temáticas de las novelas de cara a un objetivo común: la construcción de la región del Valle del Cauca. Iniciamos con la categoría del amor idílico, sobre la cual pesa la sobreinterpretación1.

2. El idilio: entre la espada y la pared, entre el amor y el poder económico

Gran parte de los estudios críticos sobre estas obras han contribuido a engrosar, muchas veces tendenciosamente, el acervo de las lecturas lacrimógenas de la literatura decimonónica en Colombia. A pesar de esto, cabe señalar que el idilio cumple, tanto en María como en El Alférez Real, funciones típicas dentro de las cuales destacamos dos en particular: La necesidad de textualizar la alianza entre familias poderosas, capaces de dinamizar los progresos económicos regionales, y, a su vez, entregar a las mayorías populares una versión idealizada de la nación que se integra gozosa a través del amor. A partir de estos rasgos definitorios, proponemos revisar la apreciación crítica de Noé Jitrik en torno a algunas interpretaciones de María. Esto, con el fin de establecer la manera en que pueden ser extrapolables al análisis de El Alférez Real,

La primera se expande en comentarios sobre lo que presenta el texto como situación o como drama de personajes cuyos actos suscitan interpretaciones variadas; la segunda informa sobre las presencias literarias en el texto, Saint Pierre, Chateaubriand y otros, y refiere la filosofía -el romanticismo- que daría consistencia a la novela; la tercera tiende a mostrar la relación que existe entre la obra y el autor, tentación prologuista o enciclopédica, típica de las historias de la literatura que no se proponen ir más lejos que los prólogos; la cuarta, por fin, se propone ubicaciones del autor en su contexto, o sea la masa política e histórica en sus diversas facetas que podría adivinarse detrás de la conmovedora trama (Jitrik 13).

La primera forma permite establecer mejor los vasos comunicantes entre ambas novelas. Si bien la obra literaria está revestida de la multiplicidad de interpretaciones propias de los signos que componen el texto, resulta claro que tanto María como El Alférez Real dialogan justamente a partir de los dramas o situaciones/tensiones que experimentan los personajes. Los textos se asemejan en tanto historias dado que el pathos trágico del lector se ve afectado por la desventura que frustra, o casi frustra en el caso particular de la novela de Palacios, el amor como ideal romántico en la literatura hispanoamericana durante el siglo XIX.

Muchas de las lecturas, académicas y no académicas2, han hallado en el reiterado motivo del romance, en peligro de no realización, un importante vaso comunicante. Lo complejo de esto es que puede minimizar la interpretación, limitarla o condicionarla a lo monosémico. Obsérvese, a continuación, cómo en ambas novelas el drama sentimental alcanza una fuerza que ahoga la lectura connotada que sugiere como posibilidad semántica la semiótica narrativa. En El Alférez Real, la arquitectura romántica se edifica con el mismo molde lírico e idílico de María. En el capítulo I, "De Cali a Cañasgordas", se anuncia la presencia del romance que durará hasta el final de la historia:

Daniel levantaba a veces los ojos y los fijaba tímidamente en Inés, con esa mirada respetuosa propia de los veintidós años. Pero a veces Inés también levantaba los suyos y recorría con una mirada a todos los circunstantes, y al fijarlos en Daniel, sin intención particular, Daniel bajaba los suyos y quedaba inmóvil, sintiendo estremecimientos inexplicables. Para todo hombre de impresionable corazón había un gran peligro en que sus ojos llegaran a encontrarse con los ojos de doña Inés de Lara (Palacios 18).

A través de situaciones como la descrita se establecen no solo las tensiones propias del pudor juvenil, sino las distancias de clase que separan al héroe frustrado de su amada. Asimismo, emerge la noción de imposibilidad que da cuenta tanto de las limitaciones de los subordinados, como de la desaprobación de las élites a involucramientos sentimentales contrarios a los permitidos por la tradición. Dado que la novelística del siglo XIX tenía por objeto contribuir al establecimiento de naciones jerarquizadas en las cuales imperara una perspectiva económica diferenciadora, Daniel se presenta desde el inicio en condición de inferioridad. Él, en tanto servidor, habita el mismo espacio doméstico de la élite terrateniente, pero está por fuera de sus dinámicas más íntimas y definitorias. Accede tangencialmente al centro del poder, la hacienda de don Manuel, a través de su condición de empleado. El reconocimiento de clase que en principio le es negado se le prodiga por otra vía: gracias a su saber-hacer, es decir, en virtud de su brillantez como amanuense y auxiliar contable. En torno a la dualidad permanente que suponen los constantes encuentros y desencuentros entre los sectores de élite y populares cabe traer a colación lo propuesto por Julio Arias Vanegas,

Los proyectos de unificación no han pasado necesariamente por la búsqueda de una homogeneización cultural real, aun si pensamos que esto es posible. Más bien, la nación se funda en una imagen de homogeneidad que genera patrones jerárquicos de incorporación. En la Colombia del siglo XIX, la generación de sentimientos de igualdad y de pertenencia estuvieron supeditados a la delimitación y construcción de una unidad como orden, que jerarquiza, contiene, controla y normaliza (4).

Desde nuestra lectura, en El Alférez Real no hay una incorporación real entre sectores antagónicos. El romance en principio no une, sino que distancia todo cuanto es posible. El hecho de que Daniel sea pobre y no provenga de una familia de categoría, como se cree durante gran parte de la novela, hace posible el establecimiento de jerarquías diferenciadoras. El joven se erige como la metáfora a través de la cual se niega una integración real entre los estratos bajos y las principalías en Colombia. El romance entre él e Inés se frustra porque atenta directamente contra los patrones jerárquicos de estratificación social propios del siglo XIX.

Son dos las razones que explican la imposibilidad de los amores entre personajes con estratificaciones sociales distintas. En primer lugar, uniones de este tipo no contribuían al fortalecimiento institucional, en general, ni mucho menos, y en segundo lugar, al fortalecimiento económico de los sectores hegemónicos, en particular. Antes de que se revelara la verdadera identidad de Daniel, éste no hubiese podido sumar capital a la fortuna heredada por doña Inés de Lara, con lo cual sería tan solo un subsidiario de ésta. Desde luego, la situación era inadmisible a todas luces para la élite decimonónica. De acuerdo con Arias Vanegas,

Uno de los propósitos centrales de las élites estatales neogranadinas fue construir la unidad nacional desde estrategias y dispositivos especialmente escriturarios. Pero no una unidad en el sentido al que remite la categoría culturalista de comunidad, sino una en la que se procuró enmarcar a una población bajo una misma visión u horizonte, donde se compartan los mismos términos y criterios para delimitar lo nacional y para definir el quién y qué es, lo que en últimas permite establecer una hegemonía de lo nacional (56).

Es justamente el imperativo de fundar la sociedad a partir de una misma visión lo que impide, hasta que todo se esclarece, la unión de Daniel e Inés. Esta situación no se presenta en María. En la novela de Isaacs el problema no es de diferencias económicas ni de clase. La joven es digna de Efraín y viceversa. La sanción al amor pasa por el temor del padre del narrador a la mortal enfermedad que padecía la muchacha. Ahora bien, yendo más allá, se destaca un asunto mucho más concreto y temido: el recelo a que Efraín, en tanto heredero, descuidara la administración de las haciendas familiares una vez ocurriera la muerte del padre. Esta segunda variable explica la prevención a perder una figuración privilegiada dentro de la alta sociedad de la época en que transcurre la novela.

Es importante destacar que tanto Isaacs como Palacios legitiman el fortalecimiento de una sociedad cerrada y endogámica. La mujer, quien se reafirma como madre fundante de la patria, requiere un hombre noble para poblar una nación robusta económicamente, además de culta y blanca. Así visto, el amor no deviene solamente en experiencia sensible sino en un trámite que debía satisfacer ciertos requisitos para materializarse. Si bien en las dos novelas hay múltiples obstáculos que impiden su concreción, cabe enfatizar que, a través de la atmósfera sentimental, se conmueve al lector con la posibilidad de la felicidad idealizada. A través de este recurso solían matizarse las tensiones socio-políticas ante las cuales se debatía la sociedad del siglo XIX. Tanto la novela de Palacios como la de Isaacs son prolijas a la hora de explotar esta técnica. En María, por ejemplo, la estructura romántica incluye fragmentos de fuerte intensidad dramática como este que acontece después de la muerte de la joven. Veamos,

Los días y las noches de dos meses habían pasado sobre su tumba y mis labios no habían murmurado una oración sobre ella. Sentíame aún sin la fuerza necesaria para visitar la abandonada mansión de nuestros amores, para mirar ese sepulcro que a mis ojos la escondía y la negaba a mis brazos. Pero en aquellos sitios debía esperarme ella: allí estaban los tristes presentes de su despedida para mí, que no había volado a recibir su último adiós y su primer beso antes que la muerte helara sus labios. Emma fue exprimiendo lentamente en mi corazón toda la amargura de las postreras confidencias de María para mí. Así, recomendada para romper el dique de mis lágrimas, no tuvo más tarde cómo enjugarlas, y mezclando las suyas a las mías pasaron esas horas dolorosas y lentas. En la mañana que siguió a la tarde en que María escribió su última carta, Emma, después de haberla buscado inútilmente en su alcoba, la halló sentada en el banco de una piedra del jardín: dejábase ver lo que había llorado: sus ojos fijos en la corriente y agrandados por la sombra que los circundaba, humedecían aún con algunas lágrimas despaciosas aquellas mejillas pálidas y enflaquecidas, antes tan llenas de gracias y lozanía: exhalaba sollozos ya débiles, ecos de otros en que su dolor se había desahogado. ¿Por qué has venido sola hoy?, le preguntó Emma abrazándola: yo quería acompañarte como ayer. Sí, le respondió; lo sabía; pero deseaba venir sola; creí que tendría fuerzas. Ayúdame a andar. Se apoyó en el brazo de Emma y se dirigió al rosal de enfrente a mi ventana. Luego que estuvieron cerca de él, María lo contempló casi sonriente, y quitándole las dos rosas más frescas dijo: tal vez serán las últimas. Mira cuántos botones tiene: tú le pondrás a la Virgen los más hermosos que vayan abriendo. Acercando a su mejilla la rama más florecida añadió: ¡adiós, rosal mío, emblema querido de su constancia! Tú le dirás que lo cuidé mientras pude, dijo volviéndose a Emma, que lloraba con ella. Mi hermana quiso sacarla del jardín diciéndole: ¿Por qué te entristeces así? ¿No ha convenido papá en demorar nuestro viaje? Volveremos todos los días. ¿No es verdad que te sientes mejor? Estémonos todavía aquí, le respondió acercándose lentamente a la ventana de mi cuarto: la estuvo mirando olvidada de Emma, y se inclinó después a desprender todas las azucenas de su mata predilecta, diciendo a mi hermana: dile que nunca dejó de florecer. Ahora sí vámonos. Volvió a detenerse en la orilla del arroyo, y mirando en torno suyo apoyó la frente en el seno de Emma murmurando: ¡yo no quiero morirme sin volver a verlo aquí! (Isaacs 399-400).

El Alférez Real también apela a hondos momentos de dramaticidad sentimental como este del capítulo XX, "Remedio desesperado".

Ya hemos dicho que no estando Daniel presente, crecía en méritos a sus ojos, en proporciones heroicas, lo que era tanto más natural cuanto que Daniel era en realidad un mancebo de gallarda apostura y de alma nobilísima. Arrullada por sus dulces recuerdos permanecía largo rato embebecida, pensando y pensando, y arrebatada en alas del amor, que no reconoce categorías ni respeta dificultades, iba a veces demasiado lejos. Pero de repente, volviendo en sí de su arrobamiento, exclamaba: ¡Desdichada de mí! ¿Qué es lo que estoy pensando? Yo estoy loca: estos desvaríos solo son propios de una imaginación enferma. ¡Sea que él esté vivo o que haya muerto, no hay para mí esperanza! Ya toda felicidad me ha sido negada en la sima de mi alma, en esta agonía sin descanso, en este dolor que no me deja, no me queda otro refugio que los claustros de un convento (Palacios 196).

En los dos fragmentos se destaca un hecho concreto, es el sufrimiento de las mujeres, María e Inés, el que conmueve. Con esto, lo que se acentúa en el imaginario hispanoamericano es la percepción de la novela como género proclive a la afectación sentimental. Ahora bien, esto no es determinante para ignorar los fragmentos en que Efraín y Daniel se muestran conmovidos y, por qué no, derrotados. Ellos también rechazan con sus resistencias y negaciones la aceptación del destino trágico que los acecha de manera constante. No obstante, a partir del sacrificio de ellas se configura el perfil del personaje con vocación de mártir. A partir de los requiebros de una feminidad subyugada se legitima la casi natural inclinación al sacrificio que tipifica con notable acierto la novela del siglo XIX.

Daniel y Efraín lloran y sufren, pero para ellos la vida no se detiene en la nostalgia. A Efraín lo esperaba Londres y su escuela de medicina, mientras que a Daniel lo esperaba el ejército a raíz del ardid tramado por don Fernando de Arévalo. Así pues, el uno serviría al país desde la ciencia mientras que el otro lo haría desde las armas. Ambas formas, observadas en detalle, también consolidan una masculinidad volcada más a la acción que a la contemplación. En cualquier caso, el quehacer práctico del hombre decimonónico es el que dinamizó el desarrollo de las naciones de Hispanoamérica. Su vocación vital no estaba mediada por el sacrificio sino por el cumplimiento de deberes orientados al hacer, al viajar, al combatir y al negociar.

3. María y El Alférez Real: entre lo agrario y lo urbano

Si bien las novelas transcurren en contextos rurales típicos de la geografía del Valle del Cauca, hay un hecho que marca una diferencia entre ambas en lo concerniente a las coordenadas narracionales de espacio. En El Alférez Real las constantes alusiones a Cali sugieren de manera enfática, mucho más que en María, la presentación del villorrio que gradualmente empieza a devenir en ciudad. En el capítulo VII, "Cali en 1789", se lleva a cabo una extensa descripción de la capital del Valle en las postrimerías del siglo XVIII.

Cali no tenía en aquel tiempo la misma extensión que tiene ahora, ni menos el número de vecinos que cuenta actualmente. Según el riguroso empadronamiento hecho en 1793, el recinto de la ciudad solo contenía seis mil quinientos cuarenta y ocho habitantes; y de éstos, mil ciento seis eran esclavos. Sabido es que Cali fue fundada el 25 de julio de 1536 por el capitán Miguel López Muñoz, de orden de don Sebastián de Belalcázar; que fue la ciudad que más prosperó de todas cuantas los españoles fundaron en el Valle, y que en poco tiempo llegó a ser muy populosa; pero que después muchas familias principales se trasladaron a Popayán en busca de mejor clima. En ese año, pues, de 1789, la ciudad se extendía desde el pie de la colina de San Antonio hasta la capilla de San Nicolás, y desde la orilla del río hasta la plazuela de Santa Rosa. Ese extenso barrio que existe hoy desde la plazuela hasta el llano es enteramente moderno. Aunque el área de la población era grande, los edificios no eran tanto como podían caber en ella; porque había manzanas con solo dos o tres casas, cada casa con un espacioso solar, y cada solar sembrado de árboles frutales, principalmente cacao y plátano y algunas palmas de coco. Los árboles frutales eran los mismos que hay ahora, con excepción del mango, que no era conocido todavía. Casi todos los solares estaban cercados de palenques de guadua, y solo uno que otro, pertenecientes a los vecinos más ricos, tenían paredes de tapia, aunque muy bajas. No había empedrados sino al frente de algunas de las casas de la plaza y en algunas calles inmediatas a ella, en la parte de arriba; esta circunstancia hizo que se le diera a este barrio el nombre de El Empedrado. El resto, y todo El Vallano, carecían de ellos. En tiempo de lluvias se formaban en las calles profundas lodazales; pero los caballeros y las señoras usaban altos zuecos de madera y andaban en ellos por el lodo con asombrosa agilidad (Palacios 64-65).

Cabe destacar que este mapeo se constituye en uno de los primeros levantamientos de planeación urbana en el suroccidente del país. El trazado evidenciado da cuenta del incipiente diseño de lo que hoy es la ciudad moderna y enriquece el valor documental de la novela. En María, por el contrario, Isaacs prescinde de la observación urbanística profunda y detallada a pesar de que también hace alusión a ciudades como Bogotá y Londres. Resulta pertinente destacar, además, que en El Alférez Real se aprovecha la caracterización de la ciudad de Cali para reafirmar su pulcritud y su acentuado carácter conservador, "el pueblo caleño ha sido siempre extremado en el amor a la limpieza y al aseo, en los días de fiesta. Si en tales ocasiones se encuentra en la calle algún individuo sucio o andrajoso, se puede echar apuestas a que es forastero" (Palacios 80). Por su parte, el carácter religioso que actúa como vaso comunicante entre esta novela y María, se advierte en la siguiente cita.

Había entonces las mismas iglesias que hay hoy, porque, aunque tenemos como nuevos los templos de San Francisco y de San Pedro, consagrado como el primero en 1828 y colocado el segundo en 1842, estaban en servicio en lugar de éstos la iglesia vieja de San Francisco y una capilla en donde está hoy la matriz, y que servía de parroquial. Había, además, la de Santo Domingo, que ya no existe. Cinco conventos de frailes tenían la ciudad: San Francisco, Santo Domingo, San Agustín, La Merced y San Juan de Dios. Además de estos conventos existía ya el Beaterio, casa de asilo fundada en 1741por el respetable sacerdote Fray Javier de Vera, prior de San Agustín, y concluida por el presbítero Tomás Ruiz Salinas. Esa casa era la que sirve hoy de hospital de San Juan de Dios, edificio que las beatas cambiaron después por el convento de La Merced, en donde están ahora. La comunidad se compone, por su institución, de mujeres y niñas honestas que quieren vivir recogidas, entregadas a ejercicios devotos y al trabajo para ganar la subsistencia. Ellas se consagraban también a la enseñanza de niñas, y allí era la principal escuela que para ese sexo había entonces (Palacios 65-66).

El carácter conservador subyace casi como una obviedad, "ricos y plebeyos consagraban gran parte de su tiempo a las fiestas religiosas (Palacios 72). Hasta aquí puede apreciarse cómo la religiosidad deviene en signo homogeneizador. Sin embargo, Palacios tipifica los espacios, rurales y urbanos, como diferenciadores de estratos sociales. En dicho proceso la ciudad emergente se erige como receptora de una fuerza de trabajo representada en los sectores artesanos,

La vida de los caleños en aquella época era bien parecida a la vida que hoy se vive, si exceptuamos el oficio de la política y el negocio de las revoluciones, que eran desconocidas entonces. El movimiento comercial era limitadísimo, y el país producía mil veces más de lo que alcanzaba a consumir. Por lo demás, los nobles y los ricos vivían consagrados al cuidado de sus haciendas o de sus tiendas de mercancías, que eran muy pocas, o al desempeño de empleos civiles; los plebeyos trabajaban en la ciudad como artesanos, o en el campo como agricultores, o aquí y allá como jornaleros; o traficaban con otros pueblos, principalmente con el Chocó (Palacios 71).

De acuerdo con José Luis Romero, ésta acentuada diferenciación social tiene un origen no solo antiquísimo sino legitimado por la historia. Según él,

Solicitadas por diversos estímulos, las sociedades urbanas de los dos primeros siglos que siguieron a las fundaciones se caracterizaron por la preeminencia de los grupos hidalgos. Ellos les imprimieron su propia concepción de la vida y procuraron borrar los signos de otras influencias que pugnaban por insinuar otros sectores sociales (84).

Si bien en El Alférez Real no se borran los signos de lo plebeyo, necesarios para el efectivo establecimiento de las jerarquías, sí se ubican como subsidiarios de la voluntad y poder del Alférez don Manuel. La novela traza a partir del discurso "un mapa social que prefigura la situación de las clases privilegiadas" (Palacios 84).

Uno de los mayores aciertos del texto radica en el hecho de correlacionar la aparición de la ciudad, como concepto moderno, con el desarrollo de los sectores burgueses. Se da una operación socio-literaria no llevada a cabo hasta el momento en la incipiente literatura nacional. Mientras Isaacs textualiza en María la predominancia de una burguesía de tipo agrario, también presente en El Alférez Real; Palacios relaciona lo rural con el cumplimiento de labores civiles y mercantiles, con lo cual articula una triple forma de habitar la región a partir de prácticas necesarias para el desarrollo y posterior consolidación de la clase dirigente. De acuerdo con Romero, "en las metrópolis, como en toda Europa, las ciudades habían logrado su esplendor originario sobre la base del desarrollo mercantil y del desarrollo de unas incipientes burguesías" (84). Si bien el mencionado esplendor de las ciudades europeas no llegó a Hispanoamérica por razones no solo económicas sino de lentitud en los procesos de asimilación y recepción, es preciso señalar que tanto la novela de Isaacs como la de Palacios dan cuenta de las bases de la industria del Valle del Cauca. La perspectiva de territorio abierto al comercio es latente y remarcada de manera constante; con lo cual se pondera, porque no, una particular forma de esplendor.

El cultivo de productos como la caña de azúcar y la crianza de ganado esbozan desde el interior del país una perspectiva económica que se mantiene hasta hoy. Solo la esclavitud está ausente del panorama productivo nacional actual. Desde esta perspectiva territorial hay que indicar que en María solo hasta el final de la narración se puede apreciar la posible transición de las lógicas rurales a las urbanas. Cuando Efraín huye entristecido, tras visitar el sepulcro de María, puede asumirse que acontece la clausura del mundo de hacienda que se desvanece para dar paso a un nuevo escenario urbano inspirado, tardíamente, por los avances de la Revolución Industrial y la bonanza del capitalismo. El escape de Efraín hacia el final de la novela puede asumirse como metáfora de una diáspora mucho mayor: la de la burguesía agraria, que tras una exitosa "colonización" del campo se muda, o es obligada a mudarse, a la ciudad para devenir en burguesía industrial.

4. La valoración del negro como sujeto, no solo como siervo

Evidenciar diferencias en lo concerniente a la percepción y tratamiento de las negritudes en ambas novelas constituye un ejercicio complejo. La representación de la vida de las burguesías agrarias del suroccidente del país no varía. Tanto el padre de Efraín como el Alférez don Manuel intensifican la producción económica de sus latifundios a través de la mano de obra esclava africana. Así como el patriarca de María compra a la princesa Nay, hija de Magmahú y esposa de Sinar, don Manuel hace lo propio con los negros traídos al país a través del puerto de Cartagena, principal dinamizador de la economía nacional junto con el también puerto de Buenaventura. Por otra parte, la dificultad para identificar diferencias en cuanto al trato que recibe la plantación esclavista en ambas obras pasa por lo siguiente. Bien sabido es que dentro de la novelística decimonónica en Colombia la mirada hegemónica en torno al negro se teje a partir de un "romanticismo cálido"3 que suaviza el drama del cautiverio, del desarraigo y de la inminente reconfiguración idiomática, cultural, mítica y axiológica.

En ese orden de ideas, los esfuerzos por mostrar la consolidación de una principalía pujante y emprendedora al mismo tiempo que justa y católica, deviene como marca propia de las dos novelas aquí estudiadas. Asimismo, uniforma la mirada en torno al negro el hecho de que, tanto en María como en El Alférez Real, los esclavos se reconozcan a través de vínculos tanto simbólicos como dialectales. Veamos el siguiente ejemplo, "los negros bozales sintieron mucha alegría cuando encontraron en la hacienda otros negros congos, que hacía tiempo habían salido de su patria, pero que recordaban perfectamente su nativa lengua, porque en ella se comunicaban entre sí" (Palacios 193).

A la luz de la revisión historiográfica, lo que se deriva de estos encuentros es el reconocimiento, en una geografía extraña, de un importante sector poblacional que modificó el panorama étnico resultante del cruce entre españoles blancos e indígenas raizales. Tanto María como El Alférez Real plantean en el imaginario demográfico regional y nacional, la manera en que las comunidades africanas se constituyeron en un sector representativo de la etnicidad del suroccidente4.

Desde nuestra lectura, hay varias aristas desde las cuales puede ser analizado el tratamiento de las negritudes. La posibilidad que se le otorga a la plantación esclavista de hacer familia permite no solo reducir su salvajismo, según la mirada eurocéntrica, sino realizar una incipiente integración al panorama social colombiano, así sea desde la subalternidad. El asentamiento de familias negras en las haciendas de los terratenientes del Valle posibilitó la gradual obtención de derechos y garantías civiles. De acuerdo con la historiografía, puede señalarse que ambos procesos instaron a la mejora de la condición social/vital de los cautivos. Empezaba, en consecuencia, el lento y dificultoso caminar por las sendas de las consideraciones legales modernas. Cabe destacar que los procesos de obtención de derechos fueron defendidos por las leyes liberales de finales del siglo XIX y principios del XX.

Véase a continuación cómo en ambas obras se refieren los procesos de conformación familiar esclava de cara a su acercamiento a las principalías blancas.

Desde la puerta de golpe hasta la casa, a un lado y a otro del patio y alineados, estaban las habitaciones de los esclavos, hechas de guadua con techos pajizos. En todas ellas se veía, por entre las tablas de las paredes, el fuego del hogar en que esposas y madres preparaban la cena de sus maridos y de sus hijos (Palacios 15).

Por su parte, en María se ofrece la siguiente descripción.

En la casa llamaban la atención a un mismo tiempo la sencillez, la limpieza y el orden: todo olía a cedro, madera de que estaban hechos los rústicos muebles, y florecían bajo los aleros macetas de claveles y narcisos conque la señora Luisa había embellecido la cabañita de su hija: en los pilares testas de venados, y las patas disecadas de los mismos servían de garabatos en la sala y la alcoba (Isaacs 340).

Resulta evidente que la mirada hegemónica blanca configura las formas de vida y organización de las negritudes. A pesar de esto, es preciso resaltar que “este disponerse a ver” gestó reconocimientos civiles y culturales. Dentro de estos últimos se observó la manifestación de saberes y expresiones ancestrales, rituales e idiosincrásicas que ampliaron el panorama social, mental y espiritual del Valle del Cauca y del suroccidente del país. En las citas arriba referidas, se sientan las bases para la consolidación de comunidades organizadas o con incipientes procesos de organización. Situación que durante muchos años tardó en reconocer la crítica colombiana de cuño conservador descrita al inicio de este artículo.

En tanto esclavo, el negro es dotado de una organización que va allanando el camino de su integración al proyecto nacional moderno. Así las cosas, la dinámica del cautiverio no niega la gradual consecución de espacios dentro del contexto hegemónico tanto doméstico como productivo en el Valle del Cauca. La organización que se impone en los tiempos de servidumbre es la misma que, en tiempos de libertad, permitirá la relación, más o menos armónica, con una sociedad normativizada a partir de códigos no solo culturales sino de socialización y acción colectiva.

Lo hasta aquí expuesto permite establecer más similitudes que diferencias. Esto sin profundizar en lo más mínimo en los muchos puntos de contacto que surgen a través de la religión, la religiosidad y el rol de evangelizadores y sacerdotes. La figuración de estos últimos, por ejemplo, se destaca en el siguiente pasaje de El Alférez Real, "mi amo el Padre es un santo y un sabio. Todos dicen eso. Para nosotros los esclavos es nuestro mayor consuelo, siempre nos defiende" (Palacios 15).

María no se queda atrás en lo relacionado con la devoción por el sacerdote, incluso va más allá al introducir en la narración símbolos religiosos muy venerados por las gentes del Valle, como se aprecia a continuación, "fueron largas las despedidas y las promesas que me hizo mi comadre de encomendarme mucho al Milagroso de Buga5 para que me fuera bien en el viaje y volviera pronto" (Isaacs 329). Sin embargo, y dentro de las múltiples intertextualidades, hay varios hechos que permiten explicar tanto el posicionamiento de las negritudes como de ciertas comunidades emergentes en la novela de Isaacs. Aludimos, para dar cuenta de ello, a lo sucedido en el capítulo XXI: la caza del tigre.

En el relato de la caza del tigre tiene lugar una fugaz inversión de la tenencia del poder. No es Efraín el que manda y dirige sino el que obedece a José, ranchero de origen antioqueño que vive cerca de la casa paterna del joven. Si bien José no engrosa las negrerías que sirven en la hacienda, sino que habita la región como colono libre, es inferior a Efraín socialmente hablando. Razón por la cual la acción de ejercer patriarcal poder durante la caza puede leerse como una gradual legitimación de otros sectores sociales. Además de esta acción concreta, el joven protagonista se despoja, quizá como reflejo de la conciencia autoral del propio Isaacs, de su superioridad jerárquica y se relaciona con Luisa, Tránsito, Braulio y el resto de la familia de José en términos de cálida igualdad.

Mis comidas en casa de José no eran como las que describí en otra ocasión: yo hacía en ellas parte de la familia; y sin aparatos de mesa, salvo el único cubierto que se me destinaba siempre, recibía mi ración de frisoles, mazamorra, leche y gamuza de manos de la señora Luisa, sentado ni más ni menos que José y Braulio, en un banquillo de raíz de guadua. No sin dificultad los acostumbré a tratarme así (Isaacs 102-103).

Desde nuestra perspectiva, hay otro momento donde es posible rastrear diferencias en los modos de figuración de los esclavos. Nos referimos en concreto al momento en que Juan Ángel, hijo de Nay, tras la muerte de ésta, deja de ser esclavo para convertirse en empleado doméstico y solo en eso.

Estos tres momentos específicos campean las similitudes de forma y contenido que hemos enunciado. Así, tanto Efraín como Daniel tienen pajes. El de Efraín podría ser Juan Ángel mientras que el de Daniel es Fermín. Ambos muchachos entablan cálidas relaciones con sus amos y por momentos parece difuminarse la condición siempre presente de subalternidad. No hay, hasta este momento, una variación notoria entre ambas novelas en lo concerniente a la valoración del negro. De todos modos, algo interesante sucede cuando en María se aboga por el positivo descubrimiento del subalterno y sus conocimientos prácticos.

Laureán se internó en el bosque algunos pasos para regresar trayendo unas hojas: después de estregarlas en un mate lleno de agua, hasta que el líquido se tiñó de verde, colocó éste en la copa de su sombrero y se lo tomó. Era zumo de hoja hedionda. Único antídoto contra las fiebres, temibles en la costa y en aquellas riberas, que reconocen como eficaz los negros (Isaacs 383).

Mientras lo anterior sucede en María, en El Alférez Real se elabora otra percepción del negro. Esta vez como aficionado al baile y los placeres sensuales.

¿Qué haces aquí a estas horas? No se enoje, niño Daniel, contestó Matías: supe que usted era padrino de un matrimonio y vine pensando que habría baile. No hay tal baile; al fin harás que don Juan Zamora o el mismo don Manuel lleguen a saber de estas tus venidas a Cali sin objeto y sin licencia, y de seguro te castigarán. Tú no sabes si no causarle pesadumbres a la pobre Toribia. No, niño Daniel nadie sabrá que he venido, pues ahora mismo me voy y no faltaré al rezo de las cinco de la mañana. Toma para que compres cigarros; pero cuidado con beber aguardiente, y vete. Diciendo así le puso en las manos dos reales. El negro dio las gracias y desapareció en la oscuridad (Palacios 150-151).

A pesar de estas pequeñas diferencias en cuanto a la representación de los esclavos, la lectura que proponen ambas novelas se cruza cuando se refiere la situación particular de las matronas de la plantación esclavista. Si en la novela de Isaacs Nay goza de los miramientos de la familia en pleno y recibe de ésta un trato evidentemente especial, en El Alférez Real la negra Martina, madre de Fermín, también es tratada con evidente deferencia.

La negra Martina gozaba en la casa de ciertos privilegios, porque había sido la carguera de los niños y había vivido mucho tiempo de recamarera en la casa de Cali, cuyo oficio le proporcionó el tener ese hijo que tenía, que se conocía no ser hijo de padre negro. Martina no se confundía con los demás esclavos: ella tenía ocupaciones especiales adentro (así designaba la casa grande) en el servicio de la despensa y cocina. El roce constante con las señoras y con la gente blanca de Cali le había comunicado cierta finura en el trato y cierta dignidad en el porte y le había limado un poco el lenguaje. De entre todos los esclavos, ella y Andrea eran las únicas que trataban de cerca a la señorita Inés, y ellas eran las dueñas de toda la ropa que su ama iba desechando. Estas dos criadas estaban, pues, siempre mejor vestidas que todas las demás (Palacios 36).

En síntesis, puede decirse que tanto María como El Alférez Real abordan el tema de la esclavitud dentro de las coordenadas típicas del siglo XIX. Ninguna de las dos novelas se escapa de la elaboración de arquetipos narrativos en torno a la diferenciación de clases. Los hacendados blancos y los negros esclavos se relacionan dentro de la subordinación propia de una sociedad tradicionalista donde la narrativa, como acertadamente propone Álvaro Pineda Botero, estaba en proceso de despegue más que de consolidación. En ese proceso inicial, las artes ─incluida la literatura─, buscaron explicar afanosamente las marcas de la empresa colonial, lo cual no logró impedir una evidente dualidad. Si por un lado a los esclavos se les remarca constantemente su condición de tal, por otro se abren pequeños márgenes de posicionamiento o cercanía al poder.

Al tiempo que se legitima la explotación y se evidencia la precariedad del desarraigo y el cautiverio, se ponderan las primeras luces de una nueva condición civil en la cual la libertad fungía como el ideal por excelencia de la nueva república. Tanto María como El Alférez Real, cada una a su manera, sientan las bases de una literatura que por momentos asume al esclavo como sujeto merecedor de espacios, a veces simbólicos, a veces concretos, de reconocimiento. De ahí que sean tan importantes los pasajes en que se textualizan los miramientos hacia Nay y hacia Martina.

Estas pequeñas muestras de reivindicación habilitaron espacios para que al negro se le empezase a reconocer el estatus racional y espiritual que, en cierta medida, se le negó desde los tiempos de la trata esclavista. Esto, es importante aclarar, no se traduce en un equiparamiento entre María y El Alférez Real. Desde todo punto de vista es a la novela de Isaacs a la que le corresponden los laureles por su espíritu radical y abolicionista, tema sobre el cual no vamos a profundizar ahora. Solamente diremos que no hay en la narrativa del Valle del Cauca una obra, como María, en la que pueda reconocerse el interés por establecer la transición del mundo esclavista al mundo libre. De ahí que sea tan pertinente acercarse a esta novela con una lectura, si se quiere en clave de incendio, como bien lo plantea Tejeda, donde se quemen los velos de la lectura tradicional y se reivindique desde el enfoque histórico el significado político del texto.

Referencias

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Con este proceso nos referimos, en particular, a las lecturas críticas que se nuclearon alrededor de la Regeneración promovida por el presidente Rafael Núñez y la Constitución de 1886; época convulsa en lo político donde se restablecieron los vínculos con la Iglesia y, subsecuentemente, las necesidades de entender el texto literario sino como un dispositivo doctrinal, sí como garante de la moral, las costumbres y la tradición católica. Con el término sobreinterpretación agrupamos, también, el conjunto de lecturas románticas y ciertamente ingenuas que en su momento hicieron autores como Luis Carlos Velasco Madriñán y Mario Carvajal solo por mencionar algunos de los más destacados.
Para el caso concreto de este artículo, y sin desconocer que el amor es uno de los motivos narrativos con más arraigo y juego dentro de las obras estudiadas, asumiremos por lecturas académicas las realizadas tanto en los manuales escolares (donde pareciera reducirse todo a la anécdota idílica) como en trabajos de la solidez conceptual de María, más allá del paraíso (Quijada Editores, 1984). Para el caso de El Alférez Real, ubicamos dentro de las lecturas académicas el trabajo realizado por el Ministerio de Educación Nacional en su revista Colección Bicentenario. Historia hoy. El Alférez Real. (2009). Finalmente, consideramos pertinente aclarar que por lecturas no académicas entendemos el conjunto de acercamientos con fines de entretenimiento, placer o esparcimiento.
En torno al revestimiento romántico, coincidimos con la interpretación del ensayista Fernando Cruz Kronfly cuando refiere lo siguiente: "Isaacs como persona, y María, como ficción, están situados con nitidez en el universo romántico, que es uno de los componentes del Gran Siglo de la Independencia. Pedir que una novela retrate o refleje a modo de espejo, la historia, es colocarse por fuera de la naturaleza del género, es simplemente no entender lo propio de la ficción. El espíritu romántico de la Independencia, como lo hemos llamado, está por el contrario de cuerpo entero no solo en María, sino en Isaacs. Y este es el modo como la época brilla en los textos, como los procesos históricos encarnan en las ficciones literarias más allá de las simples anécdotas históricas" (41).
Usamos el adjetivo representativo y no el adjetivo importante puesto que lo primero alude a una cuestión de orden estadístico, mientras que lo segundo implica una valoración no solo cuantitativa sino cualitativa que no manifestó una evolución positiva hasta después de 1850, cuando se instauró con plenitud la ley de manumisión ya sancionada desde 1821, en la Constitución de Cúcuta
La del Cristo Milagroso de Buga es tradición religiosa que se remonta al siglo XVII, y una de las más difundidas de la nación. Desde 1884 el culto a este símbolo ha estado bajo el cuidado y estímulo de la Congregación de los Padre Redentoristas, a la cual, con la cooperación pública, se debe la sustitución de la antigua capilla por el magnífico templo concluido a principios de este siglo, en 1907, y en 1938 elevado a la categoría eclesiástica de Basílica Menor (Carvajal 330).