La Bildungsroman Vallejiana: hermenéutica literaria de la obra los días azules de Fernando Vallejo, en el río del tiempo

  • Johanna Gallego Castrillón Programa Todos a Aprender - MEN

Resumen

Abordar la obra Los días azules (1985) de Fernando Vallejo Rendón, desde la teoría literaria de la sociocrítica y la Imaginación Literaria, como el eje que lleva a pensar en un lector que pueda ser formado críticamente desde las experiencias narradas en la obra. La obra nos narra un escenario cargado de costumbres aún latentes, un país desangrado por las injusticias, los sucesos y afrentas de un personaje que desde la autoficción expresa su crítica a la sociedad, la familia y la Nación, se enfrenta a las realidades y conflictos de un mundo que cuestiona, en el que padece inconformidades del existir. Todo esto configura aportes desde el género Bildungsroman, originario de Alemania a finales del siglo XVIII, sin embargo, puede tener representaciones en diferentes contextos incluyendo el latinoamericano. Es así como este autor configura su obra en una Bildungsroman vallejiana, posibilitando la formación crítica del lector, Lector-Pensador.

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Biografía del Autor

Johanna Gallego Castrillón, Programa Todos a Aprender - MEN

Docente de Antioquia (SEDUCA). Actualmente Docente tutora del PTA (Programa Todos a Aprender - MEN). Magister en Literatura por la Universidad Pontificia Bolivariana (2016), Medellín, Colombia.

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Publicado
2018-09-24
Como citar
GALLEGO CASTRILLÓN, Johanna. La Bildungsroman Vallejiana: hermenéutica literaria de la obra los días azules de Fernando Vallejo, en el río del tiempo. Poligramas, [S.l.], n. 46, sep. 2018. ISSN 2590-9207. Disponible en: <http://nexus.univalle.edu.co/index.php/poligramas/article/view/7005>. Fecha de acceso: 20 mar. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/poligramas.v0i46.7005.
Sección
Artículos

Palabras clave

Bildungsroman;, novela de formación;, Fernando Vallejo;, Los días azules;, pensamiento crítico;

Río del Tiempo, el navegar de una vida

¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! La cabeza del niño, mi cabeza, rebotaba contra el embaldosado duro y frio del patio, contra la vasta tierra, el mundo, inmensa caja de resonancia de mi furia. ¿Tenía tres años? ¿Cuatro? No logro precisarlo. Lo que perdura en cambio, vívido, en mi recuerdo, es el niño que era yo, mi vago yo, fugaz fantasma que cruza de mi niñez a mi juventud, a mi vejez, camino de la muerte, y la dura frialdad del patio. (Vallejo, Los días azules 9).

La dolorosa existencia, los golpes contra el mundo, la añoranza de aquella niñez perdida, así, a golpes, inicia El río del tiempo. La obra literaria más amplia de Fernando Vallejo narra los sucesos de la vida de su propio personaje y borra aquello de lo que no quiere saber más, aquello que quiere olvidar para siempre para seguir viviendo. En sus palabras “Los libros que he escrito (…) me han servido para llenar el tiempo y para borrar recuerdos, de gentes de cosas, ahora me libero de mí mismo” (Los días azules 145). Desde su yo narrativo (autoficcional)1 y en una sensible prosa que gira alrededor de lo que puede ser su vida y las personas que hacen parte de ella, Vallejo cuenta, en medio de sus peripecias, lo que ha sido su formación a lo largo de la vida; no se mide en dar a conocer su manera de concebir el mundo, la familia, la iglesia, la política y todo estamento que haga parte de la sociedad.

En El río del tiempo el autor marca su sello propositivo literario. Luego de reescribir El Mensajero en 1991 y contrariado frente al narrador omnisciente ─que para él era una imitación de Dios con su omnipresencia, Vallejo propone un yo narrador, “ mi vago yo, fugaz fantasma”, género conocido como autoficción. Lo característico de su obra es que su yo consigue que algunos lectores lo identifiquen como uno solo, narrador y autor. En algunos casos, ha conseguido que el lector crea que se trata de una autobiografía, una confesión. La confusión ha generado prejuicios contra el autor, como sujeto y no como personaje, por parte de algunos lectores ante los sucesos que allí cuenta o las ideologías que manifiesta.

Es así como el personaje de Fernando Vallejo cobra vida en El río del tiempo, iniciando un largo viaje por su vida, su infancia en Santa Anita, “Una curva, otra, otra, y al fin surgía en todo su esplendor Santa Anita, levantada en un alto. Una casona inmensa, inmensa, inmensa” (Vallejo, Los días azules 27). Su juventud entre los bares del parque Bolívar en Medellín, el dolor de verse alejado y contrariado por el peso de las decepciones de su país que lo obligan a abandonarlo, la vejez de la que tanto reniega “Vejez hijueputa que pesas más que teta caída de vieja” (Vallejo, Entre fantasmas 555) y la irremisible muerte. Un viaje por su vida que es narrado en una intensa diatriba recalcitrante que arrastra al lector cual corriente de un río turbulento y enfurecido con la vida misma. Vallejo no sabe de tiempos: con su narrativa viaja al pasado, presente y se antepone al futuro. Todo ello inmerso en las cuestiones y razones de un hombre formado y maduro que tiene una posición frente a los sucesos de la vida y que no se reprime para darlos a conocer sin importar como sean interpretados por quien se arriesga a nadar en estas aguas turbulentas.

Quiero que me acompañes, Bruja, en un viaje con la imaginación, la máquina del tiempo que inventó Welles. No te voy a llevar a la Roma de los Césares ni a su crueldad; tampoco a la Italia de los Borgias incestuosos que dirimen la lucha por el poder con la discreción del arsénico; ni a la guerra de secesión en que se matan a escopetazos yanquis y sureños, tan ajenos a ti y a mí. Te voy a llevar a una noche plácida de mi niñez que discurre al ritmo alegre de las ruedas de una bicicleta (Vallejo, Los días azules163).

Su obra autoficcional está compuesta por una serie de obras cronológicas. Los días azules (1985) es una narración de la infancia del personaje Fernando Vallejo, que acontece entre la finca de sus abuelos Santa Anita en Envigado y la casa de sus padres en el barrio de Boston de Medellín. En El fuego secreto (1986), es ahora un adolescente que, entre las calles y cantinas de Medellín y Bogotá, se inicia en los caminos de la droga y se define homosexual. Sus obras siguientes, Los caminos a Roma (1988) y Años de indulgencia (1989), narran su vida en algunas ciudades de Europa y en Nueva York. Entre fantasmas (1993) relata su vida en México desde 1971 e inicia con el acontecimiento del terremoto de 1985. Finalmente, en 2015 publica ¡Llegaron! una alegoría para referirse a la plaga que llega a destruir el paraíso; es un regreso a Santa Anita, a su infancia, el retorno a los lugares amados, los lugares a los que viaja a través de su pluma porque de ellos ya no queda nada, “De golpe retorné por un instante a ese cuarto espacioso de mi pasado, y pocas veces he sido más infeliz. Ya al abuelo y a Santa Anita hacía mucho que se los había llevado el gran río” (Vallejo, Los días azules93).

La prosa vallejiana: memorias de un país que colapsa

La obra vallejiana expresa una constante simbiosis entre la “naturaleza humana”2 y la vida, “la vida humana se parece a una novela” (Larrosa 26; ) una literatura de la vida impregnada de la realidad del entorno social de Colombia en especial de Antioquia, “una experiencia literaria del ser, del ser en Antioquia y Colombia” (Guzmán et al. “Fernando Vallejo”19) que permite una experiencia de lectura que ha venido a perfilarse, luego de su comprensión, como una perspectiva para visionar la realidad y la historia. Con ello no escatima su diatriba, así sea condenada por la recepción de algunos lectores, y convierte en rasgo característico de sus novelas la crítica recalcitrante a los estamentos de la sociedad. Sus irónicas letras se dirigen a la iglesia y sus tradiciones, la educación, la reproducción con la maternidad y paternidad excesiva que multiplica la pobreza, la familia, el patriarcado, la violencia, la muerte, el irrespeto por los animales y una nación corrupta políticamente. Vallejo hace parte de esos autores controversiales de la narrativa hispanoamericana contemporánea, que narra temas poco conservadores en un país donde predomina “el no querer ver de sus habitantes”. Su narrativa se manifiesta con un elocuente y mordaz lenguaje que lo catapulta a un alto nivel en el mercado editorial: admirado por unos y criticado por otros.

Fernando Vallejo es un artista intelectual y vigoroso cuya narración es una concepción cínica de su visión del mundo. Aunque su crítica mordaz a los estamentos sociales en voz de su narrador genere escándalo por algunos lectores “dentro del contexto de la crítica literaria se le reconoce a Vallejo primordialmente por el uso que hace de la narración y por el manejo que le da al tiempo en sus novelas” (Gómez 11). La estética de la obra vallejiana, indistintamente del ambiente intensamente polémico que se gesta a su alrededor, está rebosado de humanismo, nostalgia, desesperanza, reminiscencia y desazón. “¡Ay abuela, que angustia me hiciste pasar! ¡Qué amargura, qué aflicción, qué insufrible desolación!” (Vallejo, Años de indulgencia 463). Para Guzmán Mesa, Rendón y Valencia “En Vallejo encontramos expresada esa forma de la naturaleza que somos nosotros mismos, presentada en sus textos literarios y en casi todos sus escritos por esa unidad de espíritu y de voz que podemos encontrar en sus variadas expresiones” (40).

Fernando Vallejo, de acuerdo con la producción de sus libros, se inicia como un escritor que emplea el campo académico de la investigación. Consigue exponer el idioma de la literatura con la obra Logoi. Una gramática del lenguaje literario (1983) y develar la vida de los personajes a los que evidentemente admira como Porfirio Barba Jacob en El mensajero (1984) y José Asunción Silva en Chapolas negras (1995). Cuestiona los sofismas de la ciencia en La tautología darwinista y otros ensayos (1998) y Manualito de imposturología física (2005), obras críticas que ratifican su intelectualidad. Su escritura también se perfila en una literatura de la vida, convertido en un autor realista3 y romántico4 que expresa la sensibilidad en sus novelas con un estilo propio y que, con su razonamiento discursivo construye su propia vida con los retazos de los recuerdos de lo que ha sido su existencia, “Uno trata de meter lo más que pueda en un libro de lo que ha vivido, de lo que es la realidad” (Vallejo)5. Así, Vallejo construye un medio para exorcizar sus demonios y contrariedades netamente humanas y concibe El río del tiempo, una obra considerada central para algunos críticos y, como el mismo Vallejo enfatiza en algunos eventos literarios, aquella que le “costó cincuenta años de haberlo vivido”.

La novela vallejiana, desde su autoficcionalidad, hace un cuestionamiento crítico de la realidad (realista) y de lo que acontece en la sociedad para retirar el velo de los ojos que hace invisibles sucesos de la cotidianidad. Aquellos que se naturalizaron en el día a día de la existencia, que no son nombrados, que no existen para muchos y, sin embargo, están presentes y es necesario dar razón de su existencia, “una escritura que logre dar cuenta de la realidad, así sea por medio de la hiperbolización para lograr contundencia” (Fernández Luna142). De ahí que esa “cantaleta”6 recalcitrante e irónica de Vallejo está inspirada en la honestidad humana de hablar sobre sí mismo, tan pecador y mundano como cualquier humano que comprende su condición y su contexto en crisis, aquello que a todos rodea y que no se quiere ver.

La propuesta de Vallejo como escritor de las realidades se teoriza como hiperrealismo nequínico7, “el cual se ha definido como: narrar la experiencia de la posmodernidad, evidenciando la desesperanza como posición crítica” (Fernández Luna 136). La novela vallejiana posibilita dar respuesta y encarar la realidad frente a la que se encuentra estático, con un lenguaje literario que explosiona en quien interactúa con la obra. Logra descifrar, desde sus subjetividades, su sentido crítico que trasciende de la lectura semiótica a la significación del contexto social e histórico, con un romanticismo que hace estragos en el espíritu crítico del lector. “El hiperrealismo neoquínico es la constatación de que la realidad, tal como se ha presentado, requiere de un fenómeno rupturista que renueve las formas ficcionales agotadas” (Fernández Luna 137). Por esta razón, Vallejo es un gran escritor que logra un híbrido de realismo y romanticismo al traspasar del campo académico de sus investigaciones a la sensibilidad de un estilo propio iniciado con Los días azules. En palabras de Murry, los grandes escritores:

Han acumulado una experiencia armonizada que los guíe en la elección de un asunto congruente, entonces sólo un azar hará del uno un realista; y del otro un romántico, y por esta razón muchos de los grandes escritores-y casi estuve a punto de decir todos los más grandes escritores - son las dos cosas. (…) el gran escritor realista tiene que ser también romántico, el gran escritor romántico tiene que ser realista. Porque, después de todo, ¿qué puede ser más romántico, más evidentemente milagroso y más allá de toda explicación racional, que el poder de concentrar el sentido y significación de la vida humana en el relato (36).

La estética vallejiana no se deja clasificar. Como lo expresa Murillo (citado en Cueva Lobelle): “Sus textos escapan a cualquier clasificación que se pueda hacer dentro de la literatura colombiana, pues en ellos la distinción de géneros pierde todo fundamento” (11).

En Los días azules, la primera obra de su extenso Rio del tiempo, nos detendremos a preguntar ¿La obra Los Días Azules de Fernando Vallejo reúne características de Bildungsroman? ¿El autor, en su narrativa, pretende llegar al lector con un objetivo de formación? La simbiosis que puede establecer el autor con el lector, el diálogo formador, puede pensarse no solo con el objetivo de formar sino también con la posibilidad de deformar los constructos preestablecidos o transformar ideologías. Es necesario, entonces, reconocer las características fundamentales de la Bildungsroman para, luego, establecer su relación con el autor y las subjetividades8 de su obra.

Bildungsroman o novela de formación

El término alemán Bildungsroman traduce novela de formación, novela de aprendizaje o de autoformación. Es entendida como aquella novela cuyo personaje adquiere aprendizajes gracias a la experiencia de los sucesos vividos y su interactuar con el entorno. El personaje se ve afectado por los cambios y crece biológica, física y psicológicamente; forja su carácter, los rasgos de su personalidad, valores y cosmovisiones.

Es Wilhem Dilthey9 quien, en el año 1870, concibe el término y enuncia tres características: La primera es que el sexo del protagonista ha de ser preferiblemente masculino y joven. La segunda hace referencia al conflicto del protagonista con el mundo con el que interactúa, las experiencias vividas y las personas que aparecen en la trama. El personaje no se acomoda en el mundo, se resiste a este, lo critica, y vive un constante inconformismo con la realidad que le toca vivir. En tercera instancia, existe la posibilidad de que la obra continúe, los puntos suspensivos, el final abierto, por ende, el personaje no muere. Manuel López Gallego, en un artículo titulado Bildungsroman. Historias para crecer, considera,

En primer lugar, el protagonista es un personaje joven, normalmente varón (porque según su punto de vista en aquella época la mujer no poseía la libertad de movimientos necesarios que permitieran al héroe las múltiples experiencias vitales decisivas en el transcurso del autoconocimiento).

En segundo lugar, el protagonista comienza su formación en conflicto con el medio en que vive. Se deja marcar por los acontecimientos y aprende de ellos. Tiene por maestro al mundo y va integrando en su carácter las experiencias por las que va pasando. Sufre por el contraste existente entre la vida que había idealizado y la realidad que tendrá que tendrá que vivir.

En tercer lugar, este tipo de novelas no contempla la muerte del héroe y suele terminar con un final feliz o, al menos, un final que no suponga para el protagonista daños irreparables. La narración se articula en función de un viaje espiritual del protagonista y no impone a los diversos episodios una sucesión lógica. Además, tiene un carácter abierto, lo que posibilita el surgimiento de otras novelas que continúen la historia (63).

Como aporte de Georg Lukács se encuentra que el personaje de la obra es un ser que convive solo con el mundo, inconforme con lo que le rodea, sus acontecimientos, la sociedad. Sin embargo, toda su experiencia y aprendizajes se adquieren gracias a la aventura, el movimiento por la vida, los sucesos que vive y presencia desde la emoción, el peligro o el riesgo. Para López Gallego, la novela de formación tiene como premisa fundamental construir la personalidad a la par que se narra, lo que él denomina “el renacimiento del yo” (65).

En línea con este tipo de narrativa, el crítico literario ruso Mijaíl Bajtín menciona un viaje que impacta la vida del personaje que abandona la cotidianidad sacudido por un suceso crítico. Hay un descontento con el mundo que se recorre, entendido metafóricamente como los lugares donde suceden los acontecimientos de la obra y el viaje como el trayecto que se hace por estos. El mundo es la vida y el viaje es el recorrido por ella, el personaje en sus andares vive un proceso de maduración y autoconocimiento a medida que transcurre su largo viaje.

Se podría afirmar que, en la novela de formación, el protagonista tiene como objetivo primordial la formación de sí mismo y que, para lograrlo, emprende un viaje que genera una estrecha relación con la sociedad y consigo mismo. En este tipo de novela se rescata la concepción misma del mundo al trascender más allá de un simple escenario donde suceden los acontecimientos, lo que permite dar a la novela un realismo acerca de los puntos de vista frente al mundo. El personaje se ve obligado a transformarse, a madurar junto con la interacción de ese mundo y sus problemas de la realidad. “El hombre se transforma junto con el mundo, refleja en sí el desarrollo histórico del mundo” (Bajtín 214).

Novela de formación y la prosa vallejiana

En cuanto al interrogante ¿La obra Los días azules de Fernando Vallejo reúne características de Bildungsroman? Es entonces quehacer de esta investigación, argumentar desde la teoría de la sociocrítica porqué la novela de formación garantiza por encima de cualquier otro tipo de obra literaria desde su narrativa y como rasgo particular, la madurez del personaje. La obra Los días azules es un constante diálogo de su narrador con su manera de ver el mundo y cómo este se configura, a medida que narra los sucesos de su infancia, y permite evidenciar a un personaje hecho narrador, ya maduro a raíz de las experiencias vividas.

Gran señor mi abuelo. De niño atravesó una pared de bahareque a cabezazos. De viejo se embarcó en un gran pleito. Tenía un lanchón que cargaba racimos de plátano por el río Magdalena y se lo hundió un barco petrolero. De ahí el gran pleito. Desde mis más lejanos recuerdos el pleito estaba en curso, y lo vi llevarlo, entre arrumes de requisitorias y memoriales, de estampillas y papel sellado, del juzgado al Tribunal, del Tribunal a la Corte, de la Corte al Consejo de Estado. Lo prosiguió por años: durante mi infancia, mi adolescencia, mi juventud, y lo falló su muerte. Algún día he de volverte a ver, abuelo, en las encrucijadas del sueño (Vallejo, Los días azules11).

Para López Gallego, en este tipo de relato adquiere una gran importancia la modulación psicológica del protagonista (66). Por ello, es habitual encontrar recuerdos, vivencias y monólogos interiores. En la obra son evidentes este tipo de rasgos, por ejemplo, desde el recuerdo “Tengo ahora a mi lado mientras recuerdo, mientras escribo” (Vallejo, Los días azules 30). También se encuentran alusiones a vivencias.

El autobús que a las cinco nos devolvía a nuestras casas una tarde me olvidó. Hube de salir entonces del colegio de las hermanas a pie, para retornar, como Ulises, a mi lejano hogar: por mares de tormenta desafiando naufragios. Claro que no se naufraga a pie, pero se puede morir: treinta cuadras azarosas que eran cien kilómetros (Vallejo, Los días azules51).

Y monólogos interiores: “Sé que hay hambre en el mundo y que existe Biafra, pero me importa un bledo la humana especie” (Vallejo, Los días azules30). Todo ello permite caracterizar un personaje, gracias a “que [se] van creando poco a poco el universo imaginario y mental en el que el personaje se mueve” (López Gallego 66).

La Bildungsroman caracteriza sus protagonistas con una personalidad propia de sí. Asimismo, el personaje de Fernando Vallejo se identifica por tener un distintivo crítico de la historia y de la sociedad que lo rodea

Carecemos de todo talento pictórico, auditivo, culinario, verbal. De la expresividad de lenguaje que nos legó el Siglo de Oro, el que nos conquistó, no nos queda ni la sombra. Paso a paso hemos ido avanzando hacia la absoluta mudez. Nos entendemos a insultos, como mi loro Fausto, y nada más … Lo que hacemos bien es robar, pero hemos robado tanto que ya no nos queda a quién” (Vallejo, Los días azules 111).

Gracias a esa realidad vivida y a causa de esas circunstancias e inconformidades sentidas, se transforma su personalidad, “mirando desde aquí las cosas sin apasionamientos, como soy yo” (Vallejo, Los días azules91). Y el personaje madura y forja su carácter “Cruzando el parque a mi salida del colegio camino de mi casa, pasaba yo con mi maleta frente a la estatua, había empezado ya a razonar, a blasfemar” (Vallejo, Los días azules116).

Así mismo, mientras se narran los sucesos vividos por el personaje, es posible que el lector se confronte y se encuentre con cuestiones de su propia realidad. Las experiencias del protagonista y sus maneras de pensar posibilitan, incluso, el reconocimiento de la propia realidad en función de la recepción de la obra de quien lee.

Todo lo han legislado, todo lo han gravado, todo lo han inmovilizado. No se mueve la hoja de un árbol ni sopla el viento en Colombia sin pagar un impuesto que regula una ley. La ley es para tranquilizarles la conciencia a los del congreso, que creen que están trabajando; el impuesto es para sostener algún burócrata, que se rasca la panza inflada tras de su escritorio (Vallejo, Los días azules 172).

El personaje de Fernando Vallejo realiza viajes de manera física dentro de la obra que le permiten reencontrarse consigo mismo.

Voy a terminar este recuento de mis contados amores a quienes no conocí, con un poeta más, de Antioquia justamente, y partió justamente en el instante mismo que vine yo. Ya en verso lo había dicho: “De mano en mano la antorcha va encendida”. En los múltiples giros de la vida, en un país extranjero, prisionero en la celada de sus versos empecé a vislumbrar que otro antes que yo había vivido mis momentos y recorrido mis caminos, y desandando mis pasos lo empecé a buscar, me empecé a buscar, tras de su huella, volviendo sobre la mía: por Cuba, por Costa Rica, por Honduras, por Nicaragua, por El Salvador, por México, por el Perú. “Yo no sabía que el azul mañana es vago espectro del brumoso ayer…” Siete años lo busqué, para encontrarme yo (Vallejo, Los días azules 143).

Y viajes a su infancia narrada desde sus recuerdos, “Cuando él tocaba “María Cristina” en su dulzaina, yo era un niño lleno de futuro; cuando la oí de nuevo en el parque, ya era un hombre lleno de pasado” (Vallejo, Los días azules93).

La obra Los días azules termina con un final abierto en el cual, en su añoranza, Vallejo narra el elevamiento de un globo que, junto a las grandes pailas de natilla y los buñuelos -que no faltaban en navidad, son tradición de la antigua Antioquia donde se encuentra rodeado de su familia, desde Santa Anita, su lugar emblemático y al que quisiera volver.

En la tarde lo elevamos: con la ayuda de todos frente al corredor delantero lo elevé. De las ocho puntas sostenían ellos: papi, Lía, Elenita, el abuelo, la abuela, mis hermanos. Yo, de rodillas en el piso, encendí la candileja; el humo negro lo fue inflando, dilatando y cuando empezó a tirar, ávido de inmensidades, soltaron todos de las puntas y entonces me levanté, y solo lo fui guiando, lo fui llevando hacia un espacio despejado donde no fuera a enredarse en los penachos de las palmas ni en los ramajes de los árboles, y despidiéndolo con un impulso de adiós lo dejé partir. Se fue yendo hacia lo alto, rumbo a la vastedad azul sin límites, rojo él y palpitando, encendido su rojo corazón (Vallejo, Los días azules 185).

El protagonista de este viaje, narra su vida y pertrasegar por el cauce de las aguas de este Río del tiempo que lo llevan a desembarcar en la obra El fuego secreto (1987) donde el personaje de Fernando Vallejo vivencia su proceso de maduración en la etapa de la juventud y todo lo que en ella acontece. Así, descubre su homosexualidad, persisten sus preguntas por el mundo que lo rodea y la insensatez de la existencia. En cuanto a política, educación, salud y orden público, los sucesos en el país no mejoran. Es una obra autoficcional que comparte la dificultad del personaje para realizarse como la persona que quiere ser y navega contracorriente con la religión, los prejuicios sociales, la ley y desea tener una libertad frustrada por sus propias circunstancias.

El legado formativo de Los días azules

En cuanto a la pregunta ¿El autor en su narrativa pretende llegar al lector con un objetivo de formación? La obra posibilita dejar el legado de formar el pensamiento crítico, un lector-pensador. Primero, confronta al lector desde su narrativa con una realidad social y luego punza sus dardos críticos frente a esa situación social, lo que permite que quien lo lee se cuestione, incluso derrumbe constructos preestablecidos sobre su contexto y empiece sin apasionamientos a generar pensamientos críticos. “Pero que no espere quien tiene los oídos sordos, los ojos ciegos, comprender de que estoy hablando. Le soplará la inmensidad en la cara, le susurrará el enigma, y nada entenderá” (Vallejo, El fuego secreto18).

Esta investigación asiente que Fernando Vallejo posibilita la participación del lector que cuando aborda la novela Los días azules descubre, no la crítica que hace el personaje sino las críticas que puede llegar a hacerse él mismo como lector-pensador, motivado por las ofensas, hipérboles y diatribas presentadas, a través de la fabulación de la realidad y la ficción. El lector ha de descubrir, a través de la sensibilidad del autor, ya no la realidad del personaje descrito sino la propia. Ha de ser, como Jorge Larrosa lo define, un lector inquieto, que se abra a lo que el texto le comunica, capaz de escuchar lo que el texto dice, desplegar la reflexión, la atención, el pensamiento, la investigación y el mismo juicio sin ser subyugado por fuerzas políticas, intereses económicos, religiosos, sociales u opositores del libre pensamiento.

En línea con los pensamientos de Larrosa en cuanto a la lectura como formación,

Implica pensarla como una actividad que tiene que ver con la subjetividad del lector: no sólo con lo que el lector sabe sino con lo que es. Se trata de pensar la lectura como algo que nos forma (o nos de-forma) o nos (trans-forma), como algo que nos constituye o nos pone en cuestión con aquello que somos (16).

Vallejo es un autor que estratégicamente siembra la inquietud en quien lo lee, y quien lo sabe escuchar se con-mueve por su literatura de la vida (naturaleza humana y vida). Posibilita una íntima relación10 “ una relación de producción de sentido” (Larrosa 19), que brinda diversidad de confrontaciones del individuo con su acomodación en el mundo, vislumbra otras perspectivas y se ve desde afuera gracias a la empatía generada con el personaje; sesga la naturalización11 en la que está inmerso: un movimiento brusco que permite construir o deconstruir sus cosmovisiones de la sociedad que le rodea, de las cuestiones políticas, históricas, educativas, éticas y los acontecimientos de la propia vida que posibilitan no seguir siendo el mismo. En palabras de Blanchot (citado en Larrosa) “lo que más amenaza la lectura [es] la realidad del lector, su personalidad, su modestia, su manera encarnizada de querer seguir siendo el mismo frente a lo que lee” (19-20).

Fernando Vallejo no pretende complacer a nadie con su obra. Tampoco ofrece un personaje sensible al que el lector deba amar. A este auténtico escritor no le interesa la opinión del público y, en primera instancia, pareciera no querer representar el humanismo. Sin embargo, los temas humanos sobresalen en su obra: La narración de los aconteceres de un humano para formar humanos gracias a la sacudida de las realidades es la perspectiva del autor que se asume como formativa. Como el mismo autor lo expresa12: “molestar a los tartufos a los hipócritas” (2008) desenmascararlos y derrumbar las falacias de la sociedad. De este modo, su narrativa es una propuesta diferente de la que muchos lectores posiblemente están habituados.

La obra Los días azules se desarrolla en un escenario que devela procesos sociales, culturales y políticos de un país que colapsa en medio de sus crisis: la económica, corrupción por parte de los dirigentes del Estado, desigualdad social, pobreza, o los efectos de la violencia, terrorismo y narcotráfico, entre otras. Estas realidades se reconocen y son comparables desde las propias vivencias de los lectores que naturalizan dichas situaciones sociales del día a día, siendo esta la venda que enceguece los ojos ante los sucesos sociales. La obra vallejiana posibilita al lector retirar esta venda y volver la mirada sobre la realidad sin cortinas de humo, tal y como es.

Vallejo posibilita desde su obra recordar y reconocer las realidades violentas del país y hacerlas notables en su trama,

No voy a referir aquí en los pormenores una historia que me niego hacer mía. Está en los periódicos. Es harto conocida. El encono se había vuelto odio, y el odio muerte. En primera plana aparecían las fotos de los genocidios: veinte, treinta, cincuenta, cien cadáveres de campesinos descalzos tendidos sobre el suelo, decapitados, y frente a los cadáveres decapitados sus correspondientes cabezas: cabezas confundidas, asignadas por manos piadosas a cuerpos extraños (…) Luego los genocidios pasaron a segunda plana y después ni eso, desaparecieron de los periódicos. Eran obviedad de todos los días, como titular que dijera: “Nos morimos de calor” (Vallejo, Los días azules67).

A don Diego Echavarría lo secuestraron y lo mataron: mi tierra lo secuestró y lo mató. ¡Y eso que con su familia había construido un barrio obrero! ¿Ves lo que hace el pueblo, Bruja, el pueblo desnutrido? Secuestra y mata por no trabajar (Vallejo, Los días azules132).

El autor expresa al lector la manera en que Colombia se ha visto, por décadas, agobiada por la guerra de los partidos políticos que disputan por el poder y sus intereses. Esta perspectiva, que el lector está llamado a develar desde su propia realidad, muestra cómo la nación ha estado sometida a colores que representan la política, y donde el nepotismo, clientelismo y afán de poder sobresalen. Es pues tarea política del lector, cuestionarse el ideal frente al país en el que vive y, desde su formación como lector crítico, repensar la posibilidad de edificar una sociedad próspera, democrática y/o con equidad para todos. De esta forma, el autor invita a reflexionar y formar en pensamiento crítico, sin embargo, en la recepción de la obra por parte del lector se respeta el pacto de ser dueño de su propio juicio.

Pero, ¡quien los manda a ser liberales! - comentaba mami la ingenua, ¡por qué no cambia!” como si en Colombia alguien cambiara de partido: menos grave era cambiar de sexo. Se nace conservador o liberal como se nace hombre o mujer, y así se muere. Es cuestión de cromosomas. En los pueblos conservadores las puertas y las ventanas van pintadas de azul; en los liberales de rojo. El que pinte de verde, vaya por caso, está en el limbo de la política, doblemente jodido: enemigo de los unos y de los otros. De los pueblos y zonas conservadoras se destierra a los liberales, y viceversa: por estética; porque sus casas con su color chillón rompen la discreción del paisaje. Cromofobia. En el caso de Los Locos, lo que procedía era irse: a tierra de liberales. Pero no, ellos no, no se iban, se obstinaban en quedarse. “¿Por qué hemos de irnos, si vivimos en un país democrático?” les mataban los perros, les quemaban las pesebreras, les envenenaban el ganado, los hostigaban por todas partes (Vallejo, Los días azules 26-27).

Estábamos en el corredor delantero de Santa Anita una mañana cuando empezó a incendiarse Colombia: habían matado a Gaitán. Dicen que lo mataron los conservadores. Dicen que lo mataron los comunistas. No se supo entonces y nunca se sabrá. (…) la muerte de Gaitán partió la historia de Colombia en dos, con un tajo de machete. Después el machete se siguió cortando cabezas. Y los ríos se fueron llenando de decapitados: por un cadáver de conservador que bajaba sin cabeza, bajaba un liberal descabezado. Los gallinazos, apolíticos, gozaban el banquete de la neutralidad instalados sobre unos y otros. (Vallejo, Los días azules66).

En esta línea narrativa, se considera a la obra literaria Los días azules como novela de formación y como medio para interpretar sucesos de la realidad que en ella se cuestionan. Para tal fin, se plantean dos condiciones para abordar la obra. La primera es acercarse al discurso literario desde la teoría de la sociocrítica, lo que permite ubicarse en una perspectiva adscrita a la literatura. Ésta “se interesa por las huellas de la sociedad en la obra, siempre al interior del texto” y permite “las mediaciones entre la obra y el entorno social” (Negrín 174-176). La segunda es la comparación entre la realidad del personaje narrado y las propias, lo cual propicia la formación de la capacidad del individuo para opinar y porque no, posibilitar la transformación de su propia realidad como un individuo partícipe y activo en la construcción de país: en la vida social, política, económica e intelectual. De esta manera, la lectura de la obra cobra un carácter formativo: forma en pensamiento crítico.

La comparación entre las realidades que expresa el autor en su obra y las realidades propias se denomina imaginación literaria. Es Martha Nussbaum13 quien la describe como “la capacidad de pensar en lo que podría ser estar en los zapatos de una persona diferente de uno mismo, ser un lector inteligente de la historia de esa persona, y comprender las emociones y los deseos y los anhelos que ese alguien podría tener” (2015). De manera que la imaginación literaria no tiene su génesis en el azar, tampoco es condición de la literatura o una habilidad obligada en el lector. Ésta se encuentra necesariamente en la empatía y estrecha relación y/o vínculo del lector y el texto. Al concebirse la novela como la respuesta a la idea aristotélica del aprendizaje práctico, se hace hincapié en los lazos de estrecha amistad o de amor (como los que conectan a los miembros de una familia o a los amigos íntimos). Por ello, el lector crítico genera un vínculo inalienable, pues interactúa con la obra dejándose atrapar y sumergir en la lectura: autor, texto y lector un trío inquebrantable. Al obtenerse esta empatía o unión con el texto, se ve a través de otros ojos. El lector y el texto establecen una relación íntima que puede incluso llegar a transformar, dando lugar al lector-pensador.

Al pensarse Los días azules como un relato en el que se exploran las realidades sociales, se narran hechos humanos desde su cotidianidad, se comparten los pensamientos de otro u otros y se permite el análisis de los actos de un personaje. La manera cómo este se desenvuelve en la sociedad establece un compromiso con el desarrollo socio-histórico del otro, es decir, permite por medio de la empatía percibir el mundo en alteridad. Desde la obra vallejiana estos se conjugan entre la ficción y la realidad, se expresan para permitir en quien lee nutrirse de sentimientos, oposiciones, valores e ideologías. Es así como la novela permite al lector hacer uso de la libertad imaginaria y escudriñarse a sí mismo luego de que la empatía y el lazo íntimo del Lector-Pensador entra a lidiar con su autonomía reflexiva y con la tensión contradictoria de la interpretación de los actos del personaje debido a que tiene que enfrentarse a sus impulsos de contrariedad entre la realidad y la ficción.

En este orden de ideas, el pensamiento crítico se gesta cuando el autor con su personaje de Fernando Vallejo permite la transformación del pensamiento de quien lo lee, alejándole de su pensamiento “autómata” hacia un pensamiento autónomo, crítico, capaz de ver con otra perspectiva la realidad de su contexto. El lector-pensador debe ser crítico y pensador, todo ello en la medida en que éste reconoce la realidad social, la analiza, compara, comprueba, disuade, indaga, delibera y reflexiona respecto de los actos humanos y de su contexto, de su vida y de lo que puede implementar para su formación. El lector trasciende cuando analiza la vida misma y posibilita una transformación de sí mismo para adquirir una interpretación analítica y realista de la obra.

Al abordar la obra Los días azules el lector puede identificar que es una narración sobre la infancia del personaje protagónico con la sagacidad y razonamiento del narrador adulto. En el transcurso de la obra acontecen las experiencias del niño que se identifican con los pensamientos del hombre que ha madurado, tal como lo referencia la Bildungsroman, pero emparentada con el estilo de formación propuesta por la novela de Vallejo. El narrador es constante en sus denuncias sobre las injusticias que se viven en Colombia, una realidad intrincada con la ficción, y descrita desde la perspectiva del yo y recreada en un personaje. Es prudente aseverar que estas ironías jocosas manifestadas por el autor a lo largo de sus páginas, sean su percepción de los estamentos sociales y la crítica a las autoridades y la política colombiana:

Con un millón menos de leyes, con un millón menos de impuestos, con un millón menos de cagatintas groseros acaso los comunes mortales, los que vivimos fuera del presupuesto, volviéramos a animarnos (…) siguen el Senado y su cámara adjunta dictando leyes, con la perseverancia de una máquina española de hacer churros, y nosotros viviendo una realidad de película: desquitándoles por un lado a los impuestos, por el otro a las balas perdidas de un atraco (Vallejo, Los días azules172).

No siendo este el único objetivo de Fernando Vallejo, la inseguridad que azota el escenario colombiano es también uno de los blancos de su prosa.

A este país mío de ladrones un día le dio por asaltar bancos, y lo hizo a cabalidad: un banco asaltado en promedio cada veinticuatro horas, cada vuelta obstinada del sol. “¡Manos arriba hijueputas!” gritaban los atracadores encañonando a todo el mundo. “¡Al que se mueva le volamos la cabeza!” Y hacían tenderse en el suelo a las pobres viudas y ancianos jubilados que iban a retirar sus ahorros para invertirlos en las corporaciones de vivienda. Los dueños de las corporaciones a su vez, cuando reunían dos o tres milloncitos de los ahorradores, salvados de un asalto, se esfumaban dejando cuatro míseras casas a medio construir y un gentío haciendo cola en la calle, esperando frente a una taquilla cerrada a que les devolvieran su dinero (Vallejo, Los días azules179-180).

Pero ¡ay!, es tal este país mío que ni los atracadores los deja progresar. Cada vez que ocurría un asalto sonaba en Medellín una sirena, Uuuuuu… Uuuuuu, como un inmenso tren, se paralizaba la ciudad. Todo chofer detenía su coche, se bajaba a la calle y abría el baúl trasero. Así el único carro que seguía andando era el taxi del asalto, y en la autopista Norte o en la autopista Sur lo interceptaban. Con una andanada de balas lo hacían ir a desbarrancarse al río Medellín, de aguas turbias, sin peces, de alcantarilla. Así echaron a perder esa modesta fuente de trabajo de los asaltos, y el país, forzado por las circunstancias, se tuvo que entregar a secuestrar. Sólo que las familias de los secuestrados no pagaban el rescate: “Mi papá dejo dicho, señor secuestrador, que ni un centavo; que se encargaran ustedes de darle de comer”. A nuevo mal nuevo remedio…Muertos los primeros secuestrados se vio claro que el prometedor negocio tampoco servía. En Colombia nada sirve. ¡Con semejante falta de solidaridad! (Vallejo, Los días azules180-181).

En su reflexión se describe el individuo en la familia, “Iván, al contrario de Lía, no supo educar a sus hijos. Los consentía en exceso, en demasía, y los echó a perder” (Vallejo, Los días azules 72). Y en su proceso formativo en las instituciones educativas, los recuerdos desagradables, “En el primer recreo, el primer día, el padre Slovez de un bofetón le estalló el oído a un niño porque al sonar la campana no formó a tiempo” (Vallejo, Los días azules52).

La niñez, dicen, es la época más hermosa de la vida. Quien lo dice no estudió con los salesianos. Tan excelsos pedagogos y amantes de la niñez serían ellos, que durante los seis años de condena inmerecida que con ellos cumplí detesté todo arte, detesté todo libro, detesté toda ciencia, que empecé a querer el día mismo que los dejé (Vallejo, Los días azules 120).

Y los que fueron gratos y los forjaron en el hombre que como personaje es,

Alto, escuálido, traslucido, hecho espíritu, don Nicolás Gaviria, rector del instituto, era un fantasma que transitaba con delicado paso civilizaciones, siglos, milenios, en la única clase que me impartía, la de Historia Universal. De sólo oírle hablar de las pirámides, de los faraones, del buey Apis, de la flor de loto, ya quería yo ser egiptólogo, y andar como lord Carnavon y Carter esculcando momias. A él, como a mi tío Ovidio, le debo el mal incurable de querer saber. Todo, todo, todo lo quiero saber (Vallejo, Los días azules 134).

Todo ello para favorecer la formación del pensamiento crítico vallejiano como trayecto para ver y prever las consecuencias de los actos humanos. Es así como, a través de su pensamiento, denuncia la pobreza y al proletariado con sus realidades y sus ideologías. Con lo cual permite, desde la imaginación, generar la capacidad de percibir la sociedad, las otras voces, pensares, pesadumbres y actos humanos,

¿Y sabes que hace la Ley? ¿La gran ramera? (…) al obrero que tiene un hijo este le paga mensualmente una recompensa, y al que tiene dos le paga dos. Así hasta diez o veinte, con la mayor tranquilidad. En pago el obrero se pone en huelga, y su mujer a parir. Primas, cesantías, seguros, aguinaldos, vacaciones, prestaciones, jubilaciones, que se joda el explotador ya que no hacemos la revolución. A la vuelta de unos años hubo en Colombia cinco o diez millones de desocupados pariendo hijos y esperando el final de tanta injusticia, y uno o dos lavando inodoros en Venezuela o en Nueva York: a los industriales de mi vieja Antioquia que el hampa no asesinó, los quebró la Ley. ¿Y sabes que hace la susodicha y respetable señora, con los que se fueron al exilio a trabajar? Si por nostalgia regresan, o a un entierro o a morir, les cobran el impuesto de ausentismo por traición (Vallejo, Los días azules 132-133).

En la anterior denuncia, realizada contra alguna de las arbitrariedades acaecidas en la realidad, el lector inducido por el narrador en primera persona, Fernando Vallejo, puede ubicar en qué lado se encuentra frente a estas circunstancias. Desde el panorama colombiano la cantidad de nacimientos en Colombia para el 2017 según el DANE 14 fue de 420.047, a su vez también es real que el índice de pobreza aumenta, debido a que la mayoría de nacimientos ocurren en estratos bajos. En palabras de Ana Catalina Suárez 15(2006), para ese entonces directora del programa Medellín Incluyente:

La cifra no sería preocupante si estas familias tuvieran estabilidad económica, pero en la mayoría de los casos los padres trabajan en la construcción, en ventas ambulantes o están desempleados, lo que nos les permite ofrecer a sus familias una buena calidad de vida. “Estar en el círculo generacional de la pobreza es algo muy grave, porque la pobreza es causa y efecto de problemas como la falta de acceso a la educación, la baja generación de ingresos, la mala nutrición, la falta de recreación, y de que no se consuman los alimentos adecuados ni en la calidad ni en la cantidad (5).

En cuanto a los impuestos en Colombia no es una exageración. Con las nuevas reformas tributarias, el recaudo de impuestos según Dávila (2018) incrementó en el 2017 en 7,6% con relación al 2016. Esta es una denuncia que incita al lector a cuestionarse sobre su rol dentro de la situación al igual que el papel del Estado. el lector-pensador es, entonces, quien verifica si esta realidad se evidencia o no en el contexto. Una vez que el lector-pensador halla en la obra los prototipos de su realidad, la novela vallejiana toma un rumbo sociocrítico en la que la realidad no difiere de la ficción y el viaje por el Río del tiempo finalmente ancla en un proceso de formación del lector-pensador.

Desde la perspectiva de la teoría literaria de la sociocrítica, esta veracidad en los hechos sociales son un fuerte y fundamental influjo en la inspiración de la obra. Así lo expresa el sociólogo Max Weber (citado en Cros), uno de los exponentes más representativos e interesantes de esta tendencia:

Del texto literario considerado como un objeto puro de modo que los acontecimientos sociales son la génesis, así como los cambios ideológicos que produce (o que no produce) en el plano de la recepción, permanecen externos a él, como un pretexto para el estudio de la comunicación social o como un espejo de costumbres y valores sociales (20).

Para Fernando Vallejo, Los días azules tienen su génesis en un escenario real, vivido por sí mismo y hecho novela. El análisis y juicio de valor frente esta génesis demuestra en el autor un pensamiento más que idealista, pues es realista y crítico de lo que sucede en su mundo vital. Todo este proceso se completa con la recepción de la obra por parte del lector-pensador como un reflejo para el reconocimiento de lo que sucede y la posible transformación que deberá asumir a partir del análisis de la realidad social. Es así como se tejen la sociocrítica y la Bildungsroman vallejiana, en ambas coincide el influjo de un cambio ideológico en pro de la formación del lector, permitiendo como individuo una razonabilidad frente a su sociedad.

Finalmente, en la literatura formativa vallejiana se pueden hallar más que ácidos reclamos, pues la literatura contemporánea de Fernando Vallejo suscita al cuestionamiento y, como diría el mismo escritor “indignación”. Indignación de todo lo que demuestra que el sistema necesita una reforma y no la asume, un cambio que no se forja, una revolución que necesita partícipes; la ficción de su propio mundo es el móvil que el autor encuentra para volver novela la realidad y que da lugar a la catarsis de sus emociones, que coinciden con el mundo en que vive.

Conclusión: Vallejo y formación, una insinuación

Mi vida ha sido siempre una repetida historia:
me la paso liberándome de mitos,
de gentes y de cosas;
ahora me libero de mí mismo.
Fernando Vallejo

La obra Los días azules, reúne características del género Bildungsroman o novela de formación. La obra genera una tensión entre el personaje y su acomodación en el mundo, sus cuestionamientos, la historicidad de su contexto y sus juicios frente a lo que le rodea. Sin estos cuestionamientos los que evidencian la maduración del personaje, sin embargo, este no ha dominado aprendizajes por entero para desenvolverse en él, sus interrogantes y la desazón de la existencia continúan. Esa diatriba social que en algunas ocasiones se percibe como una característica misántropa, es el descontento, la crisis que se sufre en torno a lo que vive y enfrenta el ser humano en la sociedad. Este escenario autoficcional finalmente decanta en ser un legado de incontables aprendizajes para el lector.

¿Cómo puede formar Fernando Vallejo con su diatriba? Es necesario plantearla, más allá de la mirada de algunos críticos, como una obra que evidencia una acidez premeditada. Llegar a ella o asimilarla, si es ella la que llega al lector, con una postura reflexiva (lector inquieto), que pueda legar en quien la sabe escuchar un pensamiento crítico (lector-pensador) y trascender de la ficción al reconocimiento de las propias realidades. Es un diálogo en el cual se podrá percibir la crudeza de los acontecimientos que, desde la naturalización, los ires y venires en la cotidianidad, nublan y enceguecen al individuo impidiendo ver lo que realmente está pasando (hiperrealismo neoquínico), es esta la posibilidad de experiencia formativa que la obra permite.

Al abordar esta novela es evidente que los personajes se tropiezan con los paradigmas de la realidad y los modelos convencionales establecidos por la sociedad. Ello posibilita que, en la recepción de la obra, el lector inquieto se cuestione desde sus subjetividades y realidad. Es así como la novela vallejiana se presenta como mediadora de aprendizajes y emplea la función formativa, característica fundamental de la Bildungsroman siendo en este caso la Bildungsroman vallejiana. Los sucesos narrados hacen parte de un escenario social real, rodeado de hechos que ocurren en la existencia cuando se empieza el viaje formativo desde la infancia, relatado en Los días azules por un narrador ya maduro con una mirada propia y fija de su contexto, “es suya una capacidad indiscutible de sentir y expresar mediante formas literarias o imágenes la propia existencia y el transcurrir del tiempo que le correspondió y los sucesos de la vida y la historia” (Guzmán Mesa, Rendón y Valencia 38).

Vallejo se inspira en la indignación, el dolor y la ironía. Estos son los hilos conductores de su obra: la indignación por los sucesos en un país carcomido por la corrupción, la disputa del poder, las injusticias con los animales y el dolor de los recuerdos de una infancia que ya pasó, “yo también he soñado con Santa Anita, a la que jamás me será dado volver” (Vallejo, Los días azules 122). La irónica realidad que vivió y observa hoy día, pero que, al revivirla en el papel, al hacerla novela, le hace posible establecer acuerdos, disputas y tensiones entre su personaje y el lector-pensador. Es precisamente en este ideático debate, en donde el lector difiere o acuerda con el personaje; se acoge o no a las subjetividades del escritor puestas en la voz del narrador.

En síntesis, la novela de formación suscita en el lector-pensador capacidades para establecer debates con la obra, tomar postura y dirimir. La obra Los días azules de Fernando Vallejo ha logrado el objetivo: que su lector sea provocado, que lo atrape en la narrativa de su río turbulento y le permita aportar, opinar, disuadir, inferir, comparar y articular con su cotidianidad, la lectura vallejiana de realidad, lugar en el cual tienen cabida los procesos de lectura literaria formativa.

Y en un remanso placido de las aguas, continua el viaje por este Rio del tiempo,

Entonces un desconocido temor me invade y quiero detenerme, volver atrás, pero una fuerza ciega mueve mis pasos. De súbito comprendo que la finca es un remanso: del torbellino del tiempo, en que he caído yo. Y el río impetuoso me arrastra hacia el futuro, justamente a dónde no quiero llegar (Vallejo, Los días azules 183).

Referencias

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El novelista autoficcional es un fabulador de su propia vida, un aspirante a disfrutar de una más intensa que la cotidiana. Inventa una historia a partir de la propia vida: Vallejo hace esto en toda su obra literaria, él es el personaje de sus novelas, el personaje lleva el nombre que figura en la tapa de sus libros, y las historias que narra tienen mucho que ver con la realidad (Musitano 2).
Término empleado por Eufrasio Guzmán para referirse a la naturaleza que somos nosotros mismos.
“El gran escritor realista es de la misma naturaleza y cultiva la misma actividad que el gran escritor romántico. La diferencia está en que el realista elige su asunto de la vida diaria” (Murry, 1951, p. 35).
J. Middleton Murry propone como escritor romántico aquel cuyo imaginativo es la “continuación de la vida en el pasado (que es historia) o en un mundo que es puramente ideal” (35). Vallejo idealiza su mundo en las escenas felices de su infancia.
Entrevista a Fernando Vallejo realizada por Néstor Salamanca y publicada en la revista Literatura: teoría, historia, crítica. Universidad Nacional de Colombia.
En el caso de Vallejo la diatriba es una forma elaborada literariamente de lo que en Antioquia se llama “cantaleta”, y la cantaleta no es más que un canto, de ahí viene su etimología, que de tanto repetirse y acudir a la invectiva atragantada se convierte en una verbosidad agresiva que hace reír e incomodar las buenas conciencias, pero que también se torna fatigante. La diatriba acude, a las formas tradicionales de la ironía y sarcasmo. A la repetición delirante, a la hipérbole sin límites, al símil arrasador, a la continua contradicción al devaneo incoherente, a la injuria sagaz y al insulto de baja estofa. Vallejo se apoya en todos estos recursos. Pero su riqueza textual no se limita solo a esta variada representación de una obra cínica hasta lo insoportable, sino que también recibe en las conexiones que hay entre el discurso de su obra, eminentemente ubicado en una frontera ficcional y real (Montoya).
Reforma en el campo de la novela colombiana que nace bajo la necesidad de responder al momento crítico de la historia y en contraposición del realismo mágico.
La verdad de su mundo dentro de la obra, Vallejo escribe desde el Yo narrador (autoficción) lo que genera un pacto de verdad dentro de lo que narra en su mundo literario. En cuanto a la verdad Vallejo (2008) expresa que: “Tenemos cada uno de nosotros una verdad, la verdad personal, yo tengo mi verdad, por lo menos yo lo que hago es decir mi verdad y no ocultarla que es lo que hacen los demás, nunca dicen su verdad”
Cfr. López Gallego, Manuel. «Bildungsroman. Historias para crecer.» Dialnet 18 (2013): 62-75. Web. 19 de feb de 2018. <https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4659311>.
Larrosa propone para que lectura se resuelva en formación es necesario que haya una relación íntima entre el texto y la subjetividad. Y esa relación podría pensarse como experiencia, aunque entendiendo experiencia de un modo particular. La experiencia sería lo que nos pasa. No lo que pasa, sino lo que nos pasa (…) Nuestra propia vida está llena de acontecimientos. Pero, al mismo tiempo, casi nada nos pasa. Los sucesos de actualidad, convertidos en noticias fragmentarias y aceleradamente caducas, no nos afectan en lo propio. Vemos el mundo pasar ante nuestros ojos y nosotros permanecemos exteriores, ajenos, impasibles (18).
Termino acotado para referirse al estado de acomodación en que se encuentra un individuo en su contexto, haciendo que todos los hechos positivos o negativos para los individuos de ese contexto que allí ocurran sean percibidos como naturales y por ende suceden por obligación y no se pueden cambiar.
Entrevista dada por Fernando Vallejo en el año 2010 para Cadena de lectores Alfaguara en la ciudad de México.
El duro discurso de Martha Nussbaum sobre el futuro de la educación mundial, publicado por el periódico El Heraldo, tras la visita de la filósofa a Medellín (Colombia), el 10 de diciembre de 2015 para recibir doctorado honoris causa por parte de la Universidad de Antioquia
Departamento Administrativo Nacional de Estadística. Nacimientos 2017 – Preliminar. Cifras con corte a 31 de agosto de 2017 (publicadas el 22 de diciembre de 2017).
Artículo de periódico El Mundo titulado Los pobres aún tienen más hijos de Lida Ximena Tabares.