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    El señor director de esta revista, profesor Antonio José Echeverry, tuvo el generoso gesto de invitarme a coordinar y presentar este dossier consagrado al tema de la Independencia. Mi papel de coordinador se limitó a reunir los artículos de los autores que atendieron la invitación y a hacer una primera selección; luego, las colaboraciones fueron sometidas a la evaluación según las condiciones establecidas por Colciencias. Ahora, como presentador, mi aporte también es muy limitado porque no me considero especialista en una zona de interés que es relativamente reciente entre la historiografía universitaria colombiana.

     

    La historiografía sobre América latina vive y seguirá viviendo una coyuntura muy fecunda cuyos efectos son difíciles de predecir. Lo cierto es que se trata, por ahora, de la conjunción de por los menos dos elementos de diferente naturaleza provocados en circunstancias diferentes; de una parte, asistimos al afianzamiento institucional de una disciplina con la multiplicación y consolidación profesional de sus oficiantes. En buena medida se trata del ascenso de un par de generaciones durante los últimos veinte años, generaciones que han conocido o protagonizado cambios tecnológicos importantes en la producción y circulación de conocimiento; esas dos generaciones no son fáciles de clasificar en términos ideológicos y si algo puede distinguirlas es su elasticidad temática y su capacidad de asimilación de perspectivas de análisis de los procesos de cambio. De otro lado, asistimos a la imposición de un desafío conmemorativo que alimenta suspicacias y cuestionamientos de todo orden. De hecho, una de las discusiones más inmediatas tiene que ver con las múltiples fechas conmemorativas que se podrían superponer. Así, entre la naturaleza de la Historia y de sus oficiantes y la naturaleza del asunto mismo que convoca como zona privilegiada de interés, vamos a tener un diálogo muy intenso y productivo.

     

    Es muy probable que este desplazamiento de la zona de interés tenga su explicación y sus implicaciones en las relaciones de poder entre comunidades científicas; también debe haber explicaciones e implicaciones editoriales. Pero admitamos que para la historiografía universitaria colombiana constituye una novedad trascendental el desplazamiento de la mirada hacia unos episodios y procesos que no habían sido de su preferencia. A propósito de esto, y quizás teniendo como pretexto el auge conmemorativo, hay por lo menos tres categorías conceptuales que comienzan a merecer una revisión; las palabras revolución, emancipación e independencia deberían ser sometidas a un trabajo sistemático de diferenciación y de contraste con las realidades que parecían designar. Algo semejante comienza a percibirse como indispensable con las nociones de democracia representativa y pueblo. En suma, se vislumbra una historiografía política renovada y renovadora.

     

    Este dossier reúne por lo menos tres cohortes generacionales, desde profesores universitarios de conocida trayectoria hasta jóvenes historiadores recién graduados cuyas tesis versaron de manera brillante sobre aspectos relativamente poco examinados hasta ahora. La profesora Catalina Reyes Posada nos ofrece un balance historiográfico que puede servir de incentivo a una necesaria polémica sobre los vacíos y los excesos cometidos por la historiografía profesional en Colombia; el profesor Jaime de Almeida lleva un buen tiempo de su vida recorriendo América latina en busca de vestigios de lo que ha sido Santa Librada en el imaginario político y su ambivalente importancia simbólica en la representación de la Independencia. El profesor Carlos Alberto Murgueitio es un ejemplo de ese desplazamiento de la zona de interés; especialista de la historia de Colombia y América latina del siglo XX ha ido concentrándose en varios ensayos recientes en el ciclo de las revoluciones independentistas. La profesora María Ximena Hoyos contribuye con una revaloración de la olvidada Manuela, novela anterior a la popular María y quizás mucho más rica en elementos expresivos que ésta. El desprecio por Manuela y, en general, por las obras de ficción como enunciados polifónicos de los conflictos de una época y, en este caso, del proceso intrincado de construcción de una nación moderna, ha sido muy cercano de los historiadores; bastaría recordar a propósito un deficiente ensayo que escribió Germán Colmenares o el silencio del hirsuto campo de los estudios de género ante una novela en que la voz política femenina tuvo tanto vigor. El profesor Delfín Grueso nos alecciona acerca de las inevitables conexiones entre la historia de las ideas y la filosofía política; entre el imaginario político de una elite y las condiciones de recepción de un variado espectro de ideas que tuvieron algún uso en realidades diferentes a las de su génesis. Pero, sobre todo, nos recuerda que es iluso pensar que los historiadores, administradores de la memoria colectiva, seamos los únicos o principales agentes culturales de esta conversación cada vez más plural.

     

    En cuanto a los artículos de los tres jóvenes historiadores, puedo destacar que hay cierta semejanza entre los textos de Viviana Olave y Andrés Vargas, porque al fin y al cabo ambos colocan, cada uno a su manera, el proceso de Independencia en la dinámica geopolítica, en la inserción de los territorios americanos en la órbita de las ambiciones europeas de repartición del mundo. Ahora bien, la diferencia estriba en los énfasis narrativos y documentales de cada uno; el artículo de Olave es una contribución al análisis de la literatura de viajes, mientras que Vargas se detiene minuciosamente en la presencia militar británica. Por último, David Prado reconstruye la expansión de la vida pública en Popayán a medida que circulaban las noticias de los trascendentales cambios políticos que tuvieron lugar entre 1808 y 1810. La preocupación por la política, al parecer, fue fabricando una esfera pública en que convivieron y se mezclaron elementos tradicionales y modernos.

     

    La producción intelectual en las ciencias humanas está signada cada vez más por su valor relativo; es decir, por la validez que tenga en relación con otros aportes, en relación con las perspectivas conceptuales y narrativas asumidas, según la utilización y disposición de las fuentes documentales, según la capacidad de diálogo con otras comunidades científicas. La originalidad es un espacio cada vez más angosto y efímero, estriba en pequeños destellos de singularidad y talento que escapan, por un instante, de la prisión de  las certezas y consensos disciplinarios. La contribución de este dossier pertenece a esos valores relativos que se agregan a un universo, muy vasto, de publicaciones, eventos y autores que se han ido acumulando en el breve terreno especializado de los estudios del proceso histórico que tuvo lugar entre fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX en las sociedades occidentales.

    Dr. Gilberto Loaiza Cano, noviembre de 2009

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