Veinte años de memorias: el servicio bibliotecario de “La Vigil”, 1956-1976

  • Natalia Garcia Universidad Nacional de Rosario

Resumen

El presente artículo retoma la historia de la emblemática organización popular  “Constancio C. Vigil” de Rosario, describiendo sus humildes inicios en los años ’50, el potente desarrollo institucional durante la efervescente década del ’60 y posterior destrucción patrimonial desde la intervención dictatorial en los turbulentos ’70 en Argentina. Desde este escenario mayor, se focaliza el devenir del servicio bibliotecario identificando las herencias del asociacionismo fomentista y examinando las tensiones y rupturas emergentes de la vertiginosa diversificación de proyectos, espacios, acervos y lectorado en un inédito alcance territorial. Al calor de las vivencias de sus actores y más aún desde los registros documentales salvados de la biblioclastía, se visibiliza un caso pleno de singularidades al tiempo que representativo de un periodo que ciertamente requiere mayor atención historiográfica.


 

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Biografía del Autor

Natalia Garcia, Universidad Nacional de Rosario

Profesora en Ciencias de la Educación por la Universidad Nacional de Rosario, (Provincia de Santa Fe, Argentina). Doctora en Educación por la Universidad Nacional de Entre Ríos (Paraná, provincia de Entre Ríos, Argentina). Docente e investigadora miembro del Centro de Estudios HEAR.

Citas

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Publicado
2018-09-18
Como citar
GARCIA, Natalia. Veinte años de memorias: el servicio bibliotecario de “La Vigil”, 1956-1976. Historia y Espacio, [S.l.], v. 14, n. 51, sep. 2018. ISSN 2357-6448. Disponible en: <http://nexus.univalle.edu.co/index.php/historia_y_espacio/article/view/6988>. Fecha de acceso: 25 mar. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/hye.v14i51.6988.

Palabras clave

historia reciente, bibliotecas populares, lectorado, cultura popular, rupturas y continuidades

De facones y de altares: génesis institucional (1956-1959)

Los inicios de la biblioteca popular “Constancio C. Vigil” se remontan al año 1944 cuando se crea una pequeña biblioteca en la asociación vecinal “Tablada y Villa Manuelita”, previamente inaugurada (1933) al calor de un fomentismo diseminado en las ciudades más importantes de Argentina2. En el sureño barrio, dicho movimiento se activó a razón de las evidentes carencias en infraestructura, tras los procesos de periferización, loteos y asentamiento de sectores populares3. Las acciones fomentistas entonces se efectivizaron con las primeras comisiones directivas integradas alternativamente por el caudillo político, el peluquero, el farmacéutico, el ferroviario, el médico, el marquero, el corredor de comercio, el lechero y el portuario.

Pero la literatura dedicada al estudio de estas entidades ya nos ha enseñado que no se limitaron a una dimensión material, sino que anidaron singulares prácticas sociales y nuevas formas de sensibilidad cultural en una trama histórica ya distante de propuestas contestarias y asistémicas4. Las renovadas promesas de progreso en cambio demandaban el raudo aprendizaje de la gestión y negociación entre una elite barrial y el Estado. Ya fuere que estos ámbitos se orientaran a la socialización recreativa, vehiculizaran las ansias de participar en una nueva cultura política o acaso se empeñaran en la ayuda mutua, lo cierto es que típicas barriadas como “Tablada” dieron vida a una diversa red de instituciones aunadas por un fuerte sentido reformista, sobreviniendo un pequeño universo de vecinales, bibliotecas, clubes, cantinas y cafés que ganaron lugar en el paisaje chato y rutinario.

En la humilde biblioteca-vecinal, se registraron selecciones y traducciones simbólicas guiadas por la topografía y estética inmediata, una “zona brava en la que habitualmente las cuestiones se dirimían con facones [cuchillos] que sabían dibujar la mueca de la muerte y reclamaban un silencioso respeto para cubrir el espanto de las ofensas saldadas en tamaña ceremonia de coraje”5. Tal poética descripción nos informa de la gravitante presencia del frigorífico Swift y sus imponentes “chimeneas de carne”6. También nos relata la tosca sociabilidad después de la igualmente rústica jornada laboral.

Desde ya, los anhelos letrados terciaban su contrario: por simple mandato epocal, el cuchillo ya no podía ser facón desenfundado ante el conflicto, debía ser (solo) herramienta de trabajo. La batalla requería trasuntar de las calles salvajes a la civilización de las bibliotecas; las ofensas ahora se tramitarían en un diálogo urbano y el “silencioso respeto” se inscribiría en la lectura en sala. Sin más, aquella figura debía sacrificarse en estos altares populares cuyas notas dominantes fueron la prudencia, la moderación y la buena voluntad.

Los distintivos de este paisaje inmediato y los actores que allí deambulaban, fueron entendidos como un potencial lectorado a conquistar dado el disponible de una novedad histórica: la administración del tiempo libre de “cuchilleros”, portuarios y jornaleros. También amas de casa, niños, estudiantes, empleados del cercano Ministerio de Obras Públicas y una profusa red de comerciantes dispensada de sus propios lazos y jerarquías.

A este mismo escenario fueron llegando nuevas generaciones interesadas en colaborar con la biblioteca apenas compuesta por unos 500 libros y un tanto postergada en su funcionamiento dado la prioridad de la actividad fomentista. Hacia mediados de los cincuenta se conformó una “sub-comisión” integrada por adolescentes y jóvenes del barrio, tal y como se registra en la Figura 1:

Parte de la subcomisión en la puerta del local vecinal (1956)

Figura 1: Parte de la subcomisión en la puerta del local vecinal (1956)

En tanto el grupo se fue ampliando y estabilizando, se afianzaron los servicios prestados: la hasta entonces intermitente atención al público cobró regularidad, se incrementó el acervo y comenzó una incipiente organización interna que quedó registrada en las primeras fuentes documentales (Figura 2 y Figura 3):

Evolución del acervo bibliográfico (1956-1959)

Figura 2: Evolución del acervo bibliográfico (1956-1959)

Estadística de préstamos y consultas (1956-1959)

Figura 3: Estadística de préstamos y consultas (1956-1959)

Las cifras expresan la revitalización del espacio y el esfuerzo por robustecer los lazos comunitarios; empresa por cierto provechosa en la cosecha de libros recibidos en donación y con ello “(…) mostrando el alto espíritu de colaboración” de los vecinos, según se expresaba en el doméstico boletín informativo lanzado en 1956 con el título “Primeros Tiempos”7. Desde estas páginas, también puede seguirse el carácter enciclopédico de las obras adquiridas, primordialmente orientadas a textos escolares y libros infantiles, sustentando un trabajo fecundo con la colindante escuela “República del Perú”. En rigor, los muros entre esta y la vecinal se desdibujaban en el quehacer cotidiano: la biblioteca brindaba apoyo escolar a los alumnos y el establecimiento educativo abría sus salones a las actividades organizadas por los jóvenes.

Al respecto, se desplegaron los característicos rituales epocales: charlas sobre amplios y diversos temas de actualidad presentadas bajo el formato de “ciclos de conferencias”, lecturas colectivas, concursos de poesía, dibujo y pintura, obras de teatro y títeres, festivales artísticos y cinematográficos. En muchas oportunidades, la calle compartida funcionaba como un corredor cultural que (transitoriamente) escapaba al orden endogámico que también caracterizó a estas entidades. Vale decir, desoyendo el “indispensable” silencio y quietud que “garantizaba” un ambiente de compostura para el enaltecimiento de la cultura universal. La Figura 4 ilustra lo dicho:

Concurso de dibujo infantil organizado por biblioteca y escuela vecina sobre la calle Alem. Década de los cincuenta

Figura 4: Concurso de dibujo infantil organizado por biblioteca y escuela vecina sobre la calle Alem. Década de los cincuenta

Tempranamente se pretendió ampliar el catálogo escolar y la literatura infantil que no obstante predominó hasta bien entrada la década de los sesenta, lanzándose a la conquista de un lectorado que se sabía cercano. A los efectos de “(…) racionalizar la adquisición de libros, orientándola hacia las necesidades e indicaciones de los lectores”, se creó el “Departamento de extensión bibliográfica” (1957). Al momento de su puesta en marcha se explicitaba:

Está en usted colaborar haciendo llegar sus inquietudes literarias, fomentando así su progreso y el de la institución que es por reflejo el reflejo de todos los autodidactas (…) La función ilimitada de este Departamento no encierra egoísmo, todas las opiniones que se emitan tendrán acogida y los libros que se adquieran han de extenderse con tentáculos para infundir saber. Saber es Amar, Amar es unir a los hombres. He ahí sintetizada la función de los libros y por irradiación la del Departamento en sí (…) CADA LIBRO QUE PROPONGA ES UN PASO HACIA EL LOGRO DE NUESTROS COMUNES IDEALES8.

En dicha invocación se expresa un insoslayable entorno y clima político que bien podía obstaculizar la anhelada pluralidad: una mayoría de vecinos filo-comunista integrando la comisión vecinalista, (asimismo) inmersa en un territorio de fuerte raigambre peronista y bastión de la resistencia que siguió a su derrocamiento en 19559. Esto mismo ameritará otra editorial titulada “Cuestión de enfoque” (1956) dedicada a la gran antinomia nacional “peronismo-antiperonismo”, sin nombrarla exactamente (o acatando la normativa castrense que prohibía nombrar al “régimen” del “tirano depuesto”) mediante imágenes sencillas y un tanto edulcoradas:

Resulta lamentable como algunos de nosotros nos hacemos de enemigos nada más que por tener un pensamiento político equis y que ni siquiera es determinado. Al tocar este tema surge una pregunta interesante: ¿el ideal para un mundo mejor es que todos pensemos políticamente igual? (…) QUE CADA UNO PIENSE O CREA LO QUE QUIERA PERO QUE ESTO NO SEA CAUSA PARA GANAR ENEMIGOS, PORQUE EN TAL CASO SERÍA MEJOR NO PENSAR. Así que, a no engañarnos con los imposibles, seamos más unidos, ganemos amigos, es hora ya que por cuestiones de enfoques distintos no se creen motivos para enemistarse10.

Más allá del tono naif y voluntarista, estas líneas no dejan de ser un posicionamiento político usualmente silenciado en este tipo de ámbitos. Al menos en las horas vespertinas gestionada por los jóvenes, las preferencias ideológicas se enunciaban sin riesgo de sanción o expulsión institucional. Esta impronta pluralista acoplada a una férrea adhesión al laicismo, ordenarán simbólicamente este momento iniciático y perdurarán como inflexibles vectores organizacionales en las décadas siguientes.

Ahora bien, hasta aquí hemos acercado descripciones ligadas a unas mentalidades y prácticas texturadas por una impronta humanístico-afectiva agenciando incluso elementos de la cultura material. No obstante, la riqueza singular de aquella biblioteca-vecinal se ubica en otra región del saber y el saber-hacer. Un conocimiento contrario al que suele pensarse según insiste Parada refiriéndose a una dimensión práctica y operativa11. En “la Vigil”, ese dato se reconoce fácilmente: una rifa popular lanzada en diciembre de 1956; suceso del cual se conserva un registro visual (Figura 5):

Exhibición de los premios de la rifa, 1956

Figura 5: Exhibición de los premios de la rifa, 1956

Las crónicas detallan que los objetivos de su implementación iban más allá del crecimiento del acervo o mejoramiento de servicios y actividades desarrolladas en el espacio vecinal, se ambicionaba su emancipación (re)naciendo con inmueble propio. Desde este sueño maduro, los jóvenes movilizaron la segunda edición con fecundos resultados económicos y sociales. Los socios respondían con legítimo entusiasmo a la posibilidad de ganar aquellos premios; productos verdaderamente lujosos en una barriada en la que, por ejemplo, todavía transitaba el carbonero para alimentar las cocinas traseras.

Si con ello se abrió un camino financiero, un real impulso comercial prosiguió desde 1958 cuando la practicada rifa cambió a la inédita modalidad de “pagadera en cuotas”; una idea luminosa y sencilla que asimismo guardaba una compleja perspectiva popular que no todos estuvieron dispuestos a estimar12. Aquella comunidad era algo más que un puñado de consumidores o potencial lectorado y electorado; eran constructores. También fue una osadía por su articulación simbólica: una híbrida combinación propia de la cultura “desde abajo”, un juego entre lo considerado culto y lo desdeñosamente lucrativo; una pagana idea que se fijó en la religiosidad de la cultura. Tal herejía de mundos distantes es la génesis más fidedigna del llamado “espíritu de la Vigil”, dejando a un lado toda connotación esencialista para evidenciar un sólido y rústico motor inaugural.

Así, “los muchachos de Tablada” se dieron un nombre que recogía los legados de la infancia asociacionista13, inventariaron el humilde patrimonio retirado de la vecinal, firmaron con aquella un acta de separación y partieron (sin saberlo aún) hacia la construcción de una organización que no tuvo igual en toda América Latina. El 11 de noviembre de 1959 nació “La Vigil”, según sería nombrada en el tiempo y hasta estos días tras sobrevivir al genocidio cultural perpetrado desde 197714.

“Todos vamos a construir el edificio”: 1959-1963

El verano de 1960 fue el tiempo obligado para el traslado de la biblioteca a una casona alquilada a pocos metros del local vecinal; vale decir, apropiada para sostener una presencia estable en la comunidad inmediata. Una vez instalados, prosiguieron las ofertas ensayadas que se focalizaron en el público infantil abriendo un jardín de infantes gratuito (siguiente imagen), brindando apoyo escolar para el nivel primario, sumando clases de ajedrez, gimnasia y deporte, funciones de cine o teatro de títeres y la adquisición de 561 libros todos destinados a la manualística y literatura para niños (Figura 6).

Jardín de infantes provisoriamente instalado en inmueble alquilado, 1960

Figura 6: Jardín de infantes provisoriamente instalado en inmueble alquilado, 1960

Siendo ahora los “dueños” del lugar en carácter de inquilinos, los horarios de atención al público también se ampliaron considerablemente. Como ya se deslizó, esto último se comprende como un asunto gravitante para los protagonistas. Desde las primeras actas de la flamante comisión directiva, se rastrea el empeño de “llegar la casa propia” en un barrio perfilado por la “(…) carencia total de instituciones que puedan abarcar en forma integral las distintas facetas de la cultura popular”15.

A nuestro entender, tal “carencia” señala el saturado formato de espacios que monologaban aisladamente con porciones recortadas del complejo urbano. Para esta joven dirigencia, lo contrario se alcanzaba en una praxis sensible cuyo núcleo seguiría siendo el libro-objeto pero orbitado por experiencias recreativas, estéticas, intelectuales y manuales que fueron los fundamentos de la inmediata Universidad Popular16. En otras palabras, el sueño no era el inmueble sino participar en él; no era el edificio, sino su construcción. Naranjo narra este momento ayudado por la pluma del gran poeta santafesino:

Cumplidas las habituales jornadas de trabajo (…) [los vecinos] destinaban el poco tiempo que disponían para posibilitar la realización de distintas obras (…) Así, algunos aportaban sus oficios; otros se improvisaban albañiles, plomeros, pintores, soldadores, pudiendo decir como lo había dicho el poeta José Pedroni: Todos vamos a construir el edificio. Un verdadero conglomerado humano se asentó en la biblioteca, que pudo de ese modo proyectarse con firmeza17.

En la historia argentina, especialmente su trama educativa, sobran afortunados ejemplos de esta suerte de espontaneísmo voluntarioso, ya fuere que nacieran desde la sociedad civil o articulada a específicas políticas de Estado. Algo de esta tradición congregó orgullosamente a los vecinos más allá de la poética de Naranjo, por cuanto el compromiso de algunos se condensó en aspectos más mundanos como el ofrecimiento de sus casas a modo de garantía para la compra de los terrenos sobre la familiar calle Alem en 1961 y 1962.

Durante largos meses, obreros, ingenieros, vecinos, bibliotecarios, docentes, niños y libros puestos a resguardo, convivieron en pos de levantar un inmueble sin igual en la ciudad, a excepción de la cardinal “Biblioteca Argentina” (1912) de gestión municipal. En este sentido, o sin subestimar la participación de aquellos que “se improvisaron albañiles”, el edificio sobrevino en una lógica gubernamental (planificado, licitado y publicitado a la ciudadanía) pero de naturaleza civil-comunitaria.

Lo dicho toma cuerpo en variadas dimensiones estéticas y funcionales, comenzando por una fachada en la cual trepan los murales-grabados visibles en la Figura 7:

Primer inmueble inaugurado en 1963

Figura 7: Primer inmueble inaugurado en 1963

En sus formas y relieves quedan atrapados los aires americanistas que ya soplan con la década de los sesenta, aventurándose en un territorio que sin embargo sigue prendido a fuertes tradiciones hispanistas. También su “transparencia” deja ver las democráticas rampas de acceso en un ambiente de nuevas texturas, colores y atmósfera modernista ya muy distante de la habitación blanco y negro vecinalista. En su interior, el espacio se componía por un hall central circunvalado por los ficheros generales y largos mostradores para atención al público. Hacia el fondo, las áreas de procesos técnicos y depósitos; en medio, los montacargas que repartían los pedidos hacia los pisos superiores según se tratara de la sala de lectura para niños, las tres salas para adultos o aquellas destinadas a mapoteca, hemeroteca, diapoteca, discoteca y ludoteca.

Si bien la inauguración oficial de la popular biblioteca “de élite” tiene por fecha el 9 de noviembre de 1963, nunca cesaron las innovaciones y ampliaciones adecuándose al aumento y complejización del fondo bibliográfico.

Los desafíos de la prosperidad (1964-1974)

La historia de la cultura material de todo el complejo social, cultural y educativo “Biblioteca Vigil” se escribe en un trazo continuo que no se detiene sino hasta mediados de 1974. Una etapa de prosperidad que se espeja en las fuentes, advirtiéndose un curioso tono de ansiedades y vértigos; como si, a fuerza de incontables estocadas a los sectores populares en el pasado, atisbaran lo breve de un tiempo benévolo no exento de profundas tensiones.

Sin descanso, “la Vigil” fue adquiriendo terrenos, casas y locales aledaños al sur adueñándose de casi toda la manzana que a la sazón fue alojando complejas instituciones educativas, sociales, recreativas, asistenciales, productivas, cooperativas, sanitarias y científicas. Puntualmente, y ya creada la Universidad Popular, el jardín de infantes en “Tablada” y un nuevo anexo en “Villa Manuelita”, le siguieron el sello Editorial Biblioteca con 92 títulos publicados y distribuidos en 16 colecciones que alcanzaron una tirada aproximada de dos millones de ejemplares (1966), el Museo de Ciencias Naturales compuesto por 3000 piezas museológicas (1964), el Observatorio Astronómico que abrió un “cielo de avanzada” (1966), el Centro Recreativo, Cultural y Deportivo “La Colonia” articulado a un barrio de viviendas sobre casi 30 hectáreas frente al río Paraná (1966), la Caja de Ayuda Mutua, la Guardería y el Centro Materno Infantil (1966)18.

Posteriormente se inauguraron el Instituto Secundario (1970) y la Escuela primaria (1972) de carácter gratuito, mixto, laico y doble escolaridad, la Unidad Administrativa y el Teatro aún en construcción cuando lo detuvo la llegada de la intervención militar en 1977. Gran parte de esta verdadera década patrimonial (1964-1974) fue materializada por su Departamento Construcciones y los talleres de producción: carpintería, herrería, automotores.

Todo lo enumerado resultó económicamente viable a razón de la mentada rifa que alcanzó extraordinarios volúmenes de circulación y venta, demandando unos 3000 vendedores y 500 cobradores. Una compleja mecanización de tareas fiscalizadas por la entidad mediante la incorporación de un Centro de cómputos configurado por las primeras IBM 360 que llegaron al país. Esta avanzada tecnología dio vida al “Bono informático” e igualmente se aprovechó para cada área y departamento, tal y como las horas de computación brindadas a los alumnos del nivel medio. Vale decir, volviéndose una herramienta pedagógica inédita en el ámbito escolar, aún en los colegios más arancelados de la ciudad.

En la generalidad de estos emprendimientos, los documentos dejan ver que los miles de asociados acompañaron con “voto de aplausos” los informes de la comisión directiva. En estos se detallaban logros justificados en prolija contabilidad, al tiempo que maquinaban futuras concreciones urdidas por un vector integral y popular19. En tal sentido, dicha masa societaria en modo alguno se comportó como un actor pasivo o consentido por alguna demagogia o paternalismo dirigencial. Por el contrario, muchos de los proyectos acontecieron a instancias de intereses y demandas que toda una barriada enunció a viva voz.

Bajo esta dinámica popular y autonomía financiera, fue transitando la efervescencia sociocultural y radicalización ideológica de la década del sesenta y primeros setenta, traduciéndose en innumerables tensiones propias de las crisis de crecimiento. También, colándose variados recelos de los poderes fácticos; entre otros: sectores políticos frente al empoderamiento popular (especialmente activados en cada periodo de facto), empresariales a razón de no pactar con los oligopolios locales del cemento en las millonarias obras de infraestructura realizadas, o eclesiásticos dado la apertura de establecimientos educativos de gestión privada provistas de la mejor calidad material y simbólica. O siendo más específicos, instituyendo proyectos de corte crítico-progresista en un ambiente dominado por el conservadurismo pedagógico del Consejo Superior de Educación Católica (CONSUDEC) encarnado en un puñado de colegios confesionales ciertamente elitistas.

Afectada e igualmente fortalecida en cada coyuntura, fue construyéndose en cuidadosa planificación y acelerada concreción, forjando un patrimonio distribuido en más de cuerenta inmuebles emplazados en Rosario y otras provincias. No obstante, su cuerpo-emblema siempre fue la misma esquina de Alem y Gaboto. Y bien vale detenernos un instante en la imagen de aquella ochava hacia finales de los sesenta, reparando en la elevación de edificios contiguos a la biblioteca inaugurada en 1963. De izquierda a derecha, se observan el terreno preparado para iniciar la obra de la Unidad Administrativa, el Instituto Secundario, las escuelas de la Universidad Popular, el Museo de Ciencias Naturales y el Observatorio Astronómico (Figura 8).

Principal inmueble en construcción 1969

Figura 8: Principal inmueble en construcción 1969

Así que, “la Vigil” traccionó la maduración de su biblioteca nomás gestada y en tres grandes aspectos funcionales: multiplicidad de espacios, tecnificación de la organización interna y multiplicación de recursos humanos. Sobre lo primero y en una preliminar etapa que proseguirá con la conquista de nuevos territorios, demandó una prole de bibliotecas seccionales. A saber: las estrictamente escolares (todos los niveles), otra del Museo de Ciencias Naturales a solicitud de su equipo de investigación y una más en el centro recreativo “la Colonia”. Todas ellas quedaron bajo la dirección de la (ahora llamada) Biblioteca Central encargada de organizar y administrar sus acervos específicos. En sintonía, y cuando la planta laboral totalizó unos 600 empleados ubicados en dependencias alejadas del local, comenzó a funcionar la “Biblioteca Ambulante Interna” para “(…) los compañeros que por distintas razones de horario o distancia se ven imposibilitados de ampliar su formación cultural, permitiendo la preparación o actualización de los cargos que desempeñan y promoviendo el conocimiento del servicio bibliotecario”20. Aunque su breve experiencia (fines de septiembre de 1972 a marzo de 1973) no tuvo continuidad financiera, evidenció el acierto de propiciar una herramienta itinerante en los 2834 libros prestados durante su noble semestre.

Respecto de los recursos humanos incorporados en estos años, la estadística disponible resulta coherente con el crecimiento del movimiento bibliográfico según se sintetizan en las Figuras 9 y 10:

Evolución del personal afectado a la Biblioteca Central (1968-1975)

Figura 9: Evolución del personal afectado a la Biblioteca Central (1968-1975)

Movimiento bibliográfico del Servicio Bibliotecario (1960-1976)

Figura 10: Movimiento bibliográfico del Servicio Bibliotecario (1960-1976)

El personal en cuestión también se destacó en calidad o profesionalismo en una doble acepción: por la alta composición de especialistas elegidos por concurso abierto, y por apoyar un ciclo pedagógico clave en la formación de bibliotecarios/as, gradualmente incorporados como pasantes o becarios/as. En rigor, la entidad propiciaba la permanente actualización técnico-profesional en todas las áreas, financiando la realización de cursos afines a las disciplinas o animando a la participación en eventos académicos.

Pero el número de profesionales no evitó la emergencia de cotidianas dificultades laborales ligadas a la alta rotación de trabajadoras en porcentajes de inasistencias o renuncias. Según obra en las fuentes, aquello fue una constante que se concibió como un rasgo inherente a la feminización del campo, antes que efecto de las desigualdades de género. Concretamente, el problema del ausentismo se circunscribió a un aséptico ajuste individual que se intentó prevenir: “(…) cambiando la tónica de selección de bibliotecarias, atendiendo fundamentalmente a condiciones personales y dando intervención a una psicóloga especializada”21. Con ello, los problemas laborales respondían a condiciones personales, pero lo personal aún no remitía a condiciones políticas. De todos modos, esto mismo tiene su contrapunto en un solitario libro publicado con el título “La mujer: ¿ama de casa o algo más?”22. Una timorata pregunta que no obstante pudo condensar mucha osadía; un título que parece no prescribir sino indagar. Acaso una estratégica escritura para interpelar el escenario popular. Como fuere, un asunto que merita mayores indagaciones en terreno.

Ya sobre la organización interna, los meticulosos informes de Biblioteca Central, evidencian la progresiva complejización del sistema de catalogación y tareas de clasificación, control, inventario y elaboración de reglamentos de secciones, en parte automatizadas por el Centro de Cómputos. Gradualmente, y considerando el volumen del movimiento bibliográfico, el servicio asumió las más modernas normas y métodos bibliométricos, adecuándose a la Clasificación Decimal Universal y criterios de catalogación Vaticanas y Angloamericanas. Para el préstamo de libros, se optó por el sistema Newark o fichas móviles en las cuales se asentaban los datos de los sucesivos lectores; una decisión que en absoluto pudo atisbar sus ulteriores usos genocidas.

Ahora bien, aunque hasta aquí hemos insistido en los efectos del vertiginoso crecimiento institucional en el servicio bibliotecario, también se palpa un ritmo y perfil privativo que matiza los rasgos expansivos, ya no en la contundencia de sus metros cuadrados sino en función de los sujetos que alojó y las prácticas desplegadas hasta los años 1965-1966. Una temporalidad todavía dominada por la población infantil en lo particular de la promoción de la lectura, la escolarización y recreación, conservando un talante general todavía cercano a sus orígenes pero en el umbral de importantes transformaciones que traerán el aluvión de publicaciones de la Editorial y la apertura hacia el Canje Internacional con decidida marcha desde 1967.

Ayudados por la estadística, la Figura 11 deja ver entonces una innegable oferta enciclopédica tensionada por una también innegable demanda del mundo escolar:

Volumen préstamos y consultas por catálogo años 1965 y 1966

Figura 11: Volumen préstamos y consultas por catálogo años 1965 y 1966

Puede decirse que las aludidas tensiones remiten antes a pasajes de ciclos institucionales que a resistencias de sus actores. Por el contrario, el aprovisionado catalogo escolar fue promocionado con ahínco y reorganizado por criterios didácticos con descriptores distribuidos en “diccionario general”, “sistemático de materias” y de “materias especiales” procurando acompañar los aprendizajes de niños y jóvenes.

En igual sentido, los esfuerzos se concentraron en una comunicación eficaz sobre las permanentes novedades, mediante la periódica publicación del “Boletín de adquisiciones” y la preparación de “bibliografías especiales” orientadas a las efemérides patrióticas más demandadas en las aulas. También así, folletos explicativos sobre libros técnicos adquiridos y atractivas sinopsis de obras generales. Una embrionaria producción de contenido realizado “(…) con la intención de hacer llegar el resultado de investigaciones previas, sobre distintos temas de actualidad o tópicos cuya divulgación se considera importante”23. Tal “intención de hacer llegar”, se traducía en la empírica distribución de los materiales en escuelas y entidades de la zona.

En tal afán de estrechez entre lecturas y lectorado, cabe además situar la implementación del sistema de “estantería abierta” desde 1964. Mecanismo que prescindía de la autorización previa para el retiro de libros. Un breve gesto que bien podía correr el velo de alguna inhibición cultural, al tiempo que abrir eclécticas perspectivas y exploraciones pedagógicas sobre un mismo tema.

Finalmente, la medular sala infantil se asienta en apartados especiales de cada informe anual (1965-1966), midiendo la efectividad de las propuestas ensayadas según la concurrencia de los más pequeños, tal y como sigue: “se ha dado una notable intensificación de actividades sumadas a las habituales consultas y préstamo de libros, con el inicio de clases literarias u otras sobre distintos temas que despiertan mucho interés, desplegadas en forma amena utilizando diapositivas, láminas, etc., con el objeto de enseñar jugando”24.

Estas hechuras de memorias formales y datos estadísticos asimismo se recuestan en un mundo más tibio que llega con los recuerdos infantiles disparados por el lúdico universo de aquella sala. Aunque apenas sean flashes de otras insondables recepciones, iluminan fielmente el escenario simbólico:

Ahí estaban los juegos que los viejos no podían comprar. Presentabas el carnet, empezabas a jugar y tenía que venir tu mamá para sacarte de los pelos y llevarte a tu casa a comer, porque te quedabas toda la tarde. La sala de lectura, era un espacio de recreación que completaba la salida a la calle. En vez de quedarte en la esquina, te ibas a la Vigil. Cuando tenía ocho, nueve, diez años, muchos lugares estaban en construcción y mis amigos y yo nos metíamos por todos lados. Era para mí un espacio quizás más cercano al juego (…) después sí ibas aprendiendo a manejar el fichero, interpretar la ficha, encontrabas lo que buscabas, y sabías como moverte en una biblioteca25.

Después de todo, un invisible lazo reúne la fría memoria institucional y la cálida memoria infante: en tanto fuera “instructivo” y no adormeciera la humana curiosidad, los límites entre el esparcimiento didáctico y la concentración que supone la lectura bien podían “relajarse”. Las otroras antinomias morales entre la “buena crianza” y las calles “salvajes”, fue tomando una resolución interesante desde aquellos tiempos vecinalistas: la biblioteca no devino mero espacio de salvaguarda paternalista sino que quedó fundida con la anchura del empedrado, sus aventuras y los aires de libertad que solo se respiran en la infancia.

Leer el mundo desde Tablada

Una nueva etapa de exploraciones territoriales y fértiles intercambios se anticipa en el acta de 1967 al señalar que “La institución ha dejado de ser prácticamente de Rosario. Es un medio nacional”. El año indica la planificación de una red de filiales locales y regionales, “(…) con el ánimo de ampliar los límites y radio de acción favoreciendo a sectores apartados de la zona sud y más aún, a quienes no disponen de una biblioteca popular”. Según lo ideara el bibliotecario mayor Raúl Frutos, contemplaba la apertura de delegaciones en seis zonas distritales seguidas por otras ubicadas en populosas localidades de la provincia.

Efectivamente, al correr de los años se crearon delegaciones locales y provinciales, dedicadas a tareas asistenciales, culturales y educativas, según las demandas y propuestas de organizaciones sociales o estamentos gubernamentales con los cuales se articulaba. Pero fue el derrotero de la fenomenal comercialización de la rifa el que potenció aquel espíritu democratizador. En principio, desde 1968 cada comprador recibió un libro de forma gratuita a condición de no haber sido afortunado en el sorteo. Tiempo después, valiosas obras de carácter enciclopédico devinieron premios muy apreciados entre los vecinos de forma tal que terminaron por fijarse a la memoria emotiva de varias generaciones26.

Si calculamos que estas gestiones se repitieron en proporción a un volumen de venta que en 1966 trepó de 35.000 a 90.000 bonos que ya recorrían las jurisdicciones de Santa Fe, San Juan, Mendoza, Córdoba, Entre Ríos, Salta, Buenos Aires, Tucumán y Jujuy, el resultado cuantitativo y cualitativo es un inédito “radio de acción” para cualquier estructura no estatal. Bien podría decirse, una organización popular de comportamiento estatal cuyo principal recurso financiero obró como una verdadera embajadora cultural. Más allá del golpe de suerte que trajera a miles de compradores en veinte años, fue la apuesta que ganó un pueblo reconocido con meridiana claridad:

Corresponde citar que todo lo realizado no obedece únicamente y exclusivamente al empuje de los directivos, a la capacidad de los equipos de trabajo, a la organización impuesta y mejorada años tras años, sino también a todos aquellos que creen en esta obra, a los millares de adquirientes de los bonos que con periodicidad anual se emiten, a la prensa oral, escrita y televisiva, en fin a todos los que pueden ser incluidos en esa palabra Pueblo que tanto dice, que tanto puede y que tanto hace. La obra y las cifras nos dicen que no estamos equivocados27.

“La obra y las cifras” también definen el gran capítulo del “Programa internacional de canje entre instituciones culturales no comerciales del mundo”. Un proyecto de postguerra lanzado por la UNESCO para la cooperación entre las naciones en el mutuo conocimiento y valoración cultural. En “la Vigil”, el canje tuvo un modesto comienzo en 1965 tomando impulso sustancial con la puesta en marcha de la Editorial un año después; asunto que a la par resolvió el inicial problema de no contar con ejemplares a canjear. Llegados a ese punto, la biblioteca ingresó en un circuito de lecturas mundiales al tiempo que el mundo leía sobre “Tablada”. En palabras de su promotor: “(…) los centros de investigación y estudio, pertenecientes a los más disímiles y lejanos países como así también a otros más cercanos, supieron qué era la Biblioteca Vigil, qué hacía, pregonaba y difundía, dándole una ubicación cierta, precisa y perdurable28.

Tal descripción no es en absoluto excesiva pues fueron más de 400 las organizaciones nacionales e internacionales involucradas en estos intercambios. Desde las universidades y bibliotecas de Argentina, a todo el espectro político e ideológico de América, ya se tratara de las actas parlamentarias enviadas por la Biblioteca del Congreso de Washington, los informes sobre crecimiento y desarrollo económico de la CEPAL o los flamantes aportes revolucionarios de la Biblioteca Nacional de Cuba. Desde emblemáticas entidades como la Biblioteca Nacional de Francia, la Biblioteca Nacional Lenin de Moscú, el Iberoamerikanisches Institut de Berlín, The Museum of Modern Art de New York, la Unión Panamericana o el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, al exotismo cultural de otras ubicadas en Asia, África y Oceanía como la Universidad de Abidjan en Costa de Marfil.

La selección de estas entidades y el material involucrado se orientó a los Asuntos Latinoamericanos en general y a disciplinas de particular interés institucional29. A modo de ilustración: el equipo científico que trabajaba en el Observatorio Astronómico recibía decenas de revistas especializadas provenientes de Checoslovaquia, Rusia y Estados Unidos. De igual manera, el Departamento de Ciencias Naturales seguía los trabajos de museología del Instituto Smithsoniano (diversas sedes). Más aún, las propias colecciones de la Biblioteca Central fueron reorganizadas siguiendo dos tesis obtenidas mediante el Canje, una enviada desde México para el acervo general y otra desde Colombia para la colección infantil.

La expresión del bibliotecario respecto de un mundo que supo qué era, hacía y pregonaba la institución, no remite únicamente al envío de folletos y sinopsis de su historia, sino a cientos de ejemplares del sello Editorial que salieron al mundo bajo demanda; proceso que encuentra carnadura en decenas de episodios de difícil selección. Vayan como meritorios ejemplos, el libro “Del otro lado” del poeta y militante asesinado Francisco Urondo solicitado desde Berlín en 1969, toda la colección “Artes Visuales” pedida por la Universidad de California dado “(…) el interés suscitado”30, o el primer libro publicado al gran escritor Juan José Saer “La vuelta completa”. Su obra fue bien recibida en Bratislava (Eslovaquia) desde 1972.

Desde ya, si de reciprocidades se trata, la progresiva llegada de textos y revistas31 fue gestando un original patrimonio de literatura gris que, por caso, posibilitaba que una docente de Antropología de la Universidad Nacional de Rosario, solo en estos márgenes de la ciudad tuviera acceso a los Cuadernos de Antropología de la Universidad Nacional Autónoma de México. En tal sentido, se tendieron sólidos puentes entre el barrio y sectores de la geografía sociocultural simbólicamente más remotas que la capital azteca.

Como se dijera entonces, el exótico acervo provisto por el Canje (más del 45% de las publicaciones y 38% de libros de todo el acervo), abrió una nueva etapa de lecturas que sociológicamente fue mutando el perfil del lectorado, “(…) abarcando en lo posible a todo el espectro de los conocimientos humanos, tan heterogéneos como el público al cual sirve”32; un surtido poblacional no necesariamente parejo. A saber (Figura 12):

Volumen de préstamos y consultas por usuarios (1967-1976)

Figura 12: Volumen de préstamos y consultas por usuarios (1967-1976)

Tales fluctuaciones porcentuales tienen variadas lecturas en las fuentes, tomando por eje la manualística escolar. En principio, los alternados descensos se interpretan como un dato positivo: “(…) la biblioteca se va convirtiendo en un centro cultural-informativo que trasciende lo simplemente estudiantil”33, a razón de procesos internos y ajenos. Es decir, por la permanente actualización del fondo bibliográfico y especial, y por el desplazamiento de estos recursos didácticos en la incorporación de “(…) otras obras y materiales que complementan su estudio”34, especialmente en el nivel secundario. No obstante, también se ensayan autocríticas y se prescriben regulaciones específicas, entre las que se citan la insuficiencia de compras, falta de personal o problemas en el control de las seccionales. Al cierre del año 1975, se tienen menos certezas: “(…) habrá que investigar para determinar sus causas y proveer las soluciones si las hay”"fn35">35.

Pero el tono dubitativo en la doble posibilidad de razones y (re)soluciones responde a una nueva realidad financiera que a la sazón se instala: “(…) la economía de la entidad y el costo de los libros y materiales especiales redujeron sensiblemente las compras, sumado a ello la falta de personal que también determinó que no se pudieran poner en circulación las cantidades acostumbradas”.36 Estas líneas cargadas de incertidumbre son toda una novedad documental en más de quince años de pujante desarrollo.

Claro está, lo anterior desborda el escenario micro configurándose como un signo de época. Un período en el cual lo único que permaneció estable fue precisamente la inestabilidad. También una espiral de violencia delineada por la disputa de la herencia ideológica y capital político disponible tras el fallecimiento del presidente Juan Domingo Perón37. También en “la Vigil” se terminan los tiempos de meras trabas burocráticas y tensiones discursivas con los poderes de turno. La posibilidad de un genocidio blanco y todo su terror, deja de merodear para ya golpear a sus puertas38.

Acechar, intervenir y liquidar (1977)

Hacia el segundo semestre de 1974, comenzó en Argentina una escalada inflacionaria que el gobierno de Isabel Martínez de Perón (1974-1976) intentó controlar impidiendo la suba de precios. Algunos sectores empresariales respondieron con la paralización total de entrega de mercaderías que durante largos meses desabasteció a la institución de los bienes afectados a rifas en programas que continuaban semanalmente a requerimiento de expresas normas legales. En junio de 1975, el ministro de economía Celestino Rodrigo devaluó en un 150 % el peso nacional licuando los salarios de la clase trabajadora y produciendo una estrepitosa caída de los bonos (70%) Cuando la siniestra Junta Militar anunciaba el inicio del “Proceso de Reorganización Nacional” (1976), el déficit acumulado arrojaba un pasivo irrefrenable.

La coyuntura financiera fue el chivo expiatorio que desató una intervención estatal fundamentada en un discurso de “salvaguarda y defensa del bien común”39 a instancias de supuestos manejos deshonestos por parte de la comisión directiva. Puntualmente, una primera intervención normalizadora triangulada por la Marina, el Instituto Nacional de Acción Mutual (INAM) y el gobierno de facto provincial, se puso en marcha con la toma de posesión de las instalaciones el 25 de febrero de 1977.

Aquella mañana, los vecinos se sorprendieron por el impresionante operativo castrense dirigido por el genocida Feced y una veintena de hombres armados repartidos entre los distintos accesos al edificio de Alem y Gaboto40. Tras el espectáculo de violencias, prepotencias y amenazas, el cap. de corbeta Esteban Molina anunció el fin del capital simbólico más preciado: la autonomía institucional. Lo hizo secundado por personal civil de inteligencia como Alcides Ibarra encubierto como asesor del Ministerio de Educación y Cultura, y la complicidad de profesionales (contadores, abogados y escribanos) puestos a investigar la contabilidad. No obstante las deudas contraídas apenas representaban el 3 % del patrimonio, declararon una quiebra irreversible.

En la madrugada del 10 de mayo de 1977, dos acontecimientos simultáneos y privativos del terrorismo de Estado en su desdoblamiento público-clandestino, tácitamente prologaba la destrucción de Biblioteca Vigil. Por un lado, el diario La Capital prensaba la noticia liquidatoria ahora bajo el mando del Ejército en la figura del teniente Sócrates Alvarado, declarando que la políglota institución era una organización “subversiva” de “apátridas y marxistas”. Por el otro, un raid ilegal se desplegaba por barrio “Tablada” secuestrando de sus domicilios a ocho dirigentes. Inmediatamente fueron llevados al Servicio de Informaciones (SI) ubicado en la Jefatura de Policía de Rosario donde entonces funcionara el Centro Clandestino de Detención y Tortura (CCDT) “El Pozo”.

Entre las “pruebas de subversión” declaradas por los perpetradores en los interminables interrogatorios, se hallaban materiales cubanos como la revista “Casa de las Américas” y el emblemático libro “¿Maestro Pueblo o maestro gendarme?” de María Rosa Nidelcoff (Colección Praxis, 1974)41. Permanecieron en carácter de desaparecidos durante algunos meses hasta ser “blanqueados” como detenidos del Poder Ejecutivo Nacional, quedando en “libertad vigilada” el 24 de diciembre de 1977 sin imputación de delito alguno.

Cabe reparar en la selección de los dirigentes encarcelados. Esto es, quienes tenían la potestad estatutaria de velar por el millonario patrimonio durante el proceso de quiebra. La simultaneidad dada entre las desapariciones de síndicos, rendidores de cuenta, tesorero, presidente y vicepresidente, y el arbitrario cambio de carátula desde una regularización hacia una liquidación, fue un hecho planificado y consumado en la lógica de un genocidio cultural. Se trató de un proceso racional y estratégico desplegado por etapas.

Así, denominamos “cuarentena de la Marina” al primer momento de intervención normalizadora, no solo porque “cerraron todo y no dejaron salir a nadie” como bien recuerda Frutos42, sino por las modalidades y técnicas del poder que predominaron en estas semanas; una verdadera normalización foucaultiana: individualización, aislamiento, control de los cuerpos, delimitación de espacios (prohibidos, medianamente permitidos o tempranamente clausurados) y pesquisas capilares en un clima de terror imperante.

La misma tuvo resultados “exitosos” hacia afuera construyendo el discurso de una elemental ordenación de desfase económico, según se reproducía semanalmente en los matutinos de la prensa local. Pero “fracasó” hacia dentro dado que las inspecciones no asestaron con testimonio o documento alguno que comprometiera a la dirigencia en algún aspecto económico o político-ideológico. Sin más, encontraron una poderosa organización que, aún en la grave coyuntura, se aprestaba a comenzar el ciclo lectivo 1977 con un total de 1900 alumnos inscriptos en los jardines de infantes, escuelas y universidad popular.

Iniciado el ciclo a cargo del Ejército, sobrevino una dantesca destrucción. Sin extendernos en datos específicos, cabe dimensionar que tal devastación ocupó todas las áreas en una ancha variante de delitos: clausura, quemas, cercenamiento, hurtos encubiertos, abandono, expropiación, vandalismo, remates y subastas viciadas, robos y saqueos, despidos y cesantías, paralización y asfixia financiera. Tales modalidades se extendieron en el tiempo llegando incluso hasta mediados de la década del noventa43 y abarcaron la integralidad del patrimonio: desde la subasta de lotes de sábanas de las cunas de la Guardería, al robo de la magnífica lente del telescopio; de la paralización de obras del complejo de viviendas y la sala teatral, a la incautación de activos populares en la Caja de Ayuda Mutua; de la destrucción de los pianos de la Escuela de música de la Universidad Popular, al siniestro de animales embalsamados a causa de “entretenidas” prácticas del tiro al blanco; entre otros lastimosos ejemplos.

En dicho marco, también se destacó la faena del “asesor pedagógico” Alcides Ibarra quien se abocó a la inspección de los libros “subversivos”; mejor decir, a sus desafortunados lectores identificados en las fichas de cada ejemplar. Con ello confeccionó extensas listas con datos precisos (edad, domicilio, ocupación, etc.) que completaba en las oficinas de la Unidad Administrativa y derivaba al SI. A la fecha, resulta imposible saber cuántos crímenes nacieron de esos listados.

En lo particular del acervo de la Biblioteca Central y Editorial, la biblioclastía alcanzó cifras históricas: unos 80 000 ejemplares fueron destruidos en los hornos incineradores ubicados en el segundo subsuelo del edificio, o trasladados en la noche con igual destino en camiones del Ejército hasta el cercano Batallón de Inteligencia 121. Otros fueron guillotinados o apropiados por su gran valor comercial; modalidad que no solo tuvo por responsable a personeros de la intervención sino al propio Estado cuando, hacia finales de la dictadura, comenzaron a llegar colecciones de Editorial Biblioteca a las escuelas públicas locales. Esto es, a instancias de la cartera educativa provincial, se enviaron “en donación” decenas de libros otrora secuestrados; desde el temible “Maestro pueblo…”, a los títulos que integraron las enciclopedias regionales. En esta última colección hubo una excepción: “Cuyo: una respuesta al desierto”, dado se hallaba en plena etapa de maquetación cuando se produjo la intervención. Todas las copias fueron alcanzadas por las llamas.

Entretanto “la Vigil” ya había sido arrebatada al pueblo de los tablados, las cajas de libros despachadas desde todas partes del mundo seguían llegando en cumplimiento del Canje. Si lograron sortear el tiempo de censuras como afortunadamente sucedió con la mayoría de las revistas especializadas, quedaron a resguardo cuando un feliz día se fueron los biblioclastas y volvieron los bibliotecarios.

Similar suerte corrió “el Penina” como se conoce y nombra con afecto al texto escrito por el poeta Aldo Oliva “El fusilamiento de Penina”, presto a salir a la venta en 1977. Aunque también fue consumido por la censura, uno de los 5000 ejemplares sobrevivió. Mucho tiempo después fue hallado y finalmente publicado en 2007. Un verdadero desagravio cultural que escoltaba el largo camino de la recuperación institucional ya iniciado en el año 2004. Como un hilo invisible que une el capricho de los acontecimientos, la historia del anarquista catalán y esta que hemos narrado, se fundían en la clausura de un triste ciclo de desapariciones tras más de treinta años del retorno a la democracia.

Reflexiones finales

La historia reciente de las bibliotecas populares en Argentina requiere de trabajos que abran y sistematicen una agenda pendiente plena de posibilidades historiográficas44. En rigor, se trata de una doble empresa tardía: visibilizar el periodo a la vez que renovar los objetos de estudios y perspectivas metodológicas en todas las edades de los libros, sus instituciones-estantes y lectorados. Ello así, iluminando con alguna armonía los escenarios micro y macro a la hora de elucidar hechos y procesos que atraviesa el quehacer bibliotecario. Mejor decir con Planas, las prácticas de las bibliotecas en tanto sistema de relaciones entre lo estatal y la inventiva de la sociedad civil en un intermitente juego de presencias y ausencias en la larga duración45.

A nuestro entender, ello se inscribe tanto en las gestualidades inmateriales (mentalidades epocales y sensibilidades sociales) como en la rusticidad de la cultura material; desde la espacialidad, selección y circulación de los objetos, ornamentos e instalaciones, a la decisiones y gestiones de los soportes y tecnologías disponibles en cada contexto. Una y otra dimensión, encuentran cauces fecundos cuando los estudios no desoyen las voces gregarias y compartidas de sus protagonistas y recogen los sentidos atribuidos; todavía mejor, si logran asir los gradientes de resignificación en su propia temporalidad y en el tiempo.

Al menos este ha sido el abordaje intentado en la descripción de “la Vigil” y su servicio bibliotecario. Veinte años de intensas memorias que auxilian un relato que en los últimos años ha cobrado mayor visibilidad en el ámbito local, pero que inexorablemente se apaga cuando sale de sus fronteras. Una verdadera paradoja del objeto al recordar la magnitud de su obra y el hecho mismo de haber sido una cabal referencia en vastas geografías. Sobre ello caben al menos dos hipótesis: por un lado, la acción de centenarias asimetrías territoriales condensadas en perspectivas historiográficas que privilegian lo central-nacional por sobre lo regional-local. Por el otro, los más recientes sedimentos del terror con sus silencios y olvidos tajeados por el terror de Estado en Argentina. Ciertamente, estas no son excluyentes.

Sí lo es la porfía del caso - su supervivencia - después de tanta destrucción; la permanencia de un sentimiento de pertenencia que alcanzó a varias generaciones, convirtiéndolo en parte vital de una época con iguales dosis de felicidad y tragedia. Según se comprende, no hay en ello esencialismo alguno sino pliegues y repliegues de la historia. Una urdimbre de estados socioculturales, políticos, ideológicos, estéticos y tecnológicos, que comenzó en los conventillos del centro de Rosario y prosiguió con la construcción de los barrios marginales donde durmieron los sectores populares. Del aluvión inmigratorio, a los hijos nacidos y criados bajo el signo de una nacionalidad normalizada. De los primeros núcleos de integración y resistencia, a los agrupamientos en redes institucionales mediatizadas por una elite barrial en una nueva cultura política. De la juntada de jóvenes en la esquina de la obrera vecinal, a la estudiantina conformación de una subcomisión de biblioteca. De la religiosidad de la cultura letrada, a la pagana realización de la rifa. De unas prácticas voluntaristas del tiempo libre, a la materialización de una multifacética organización. Del empeño por “elevar la cultura” de una barriada, a la conquista de las culturas del mundo. De un servicio bibliotecario perfilado sobre la infancia y el mundo escolar, a otro de difícil definición: público y no gubernamental, enciclopédico y también especializado, popular y de consumos alternativos. Sin más, a otro que estaba en vías de ser algo distinto cuando los latentes poderes fácticos cobraron la dinámica del terrorismo de Estado.

De un largo olvido, a Sitio de Memoria.

Fuentes primarias

Abaca, Marcelo (usuario de biblioteca y ex alumno del Instituto Secundario) en conversación con la autora, septiembre de 2011.

“Acta de Asamblea Extraordinaria”. Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Sección Documentos de Comisión Directiva, 1960-1976.

Frutos, Raúl (bibliotecario mayor y miembro de comisión directiva), en conversación con el autor, febrero de 2009.

“Memoria del Departamento del Servicio Bibliotecario”. Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Sección: Servicio Bibliotecario, 1968-1975.

Revista “Primeros Tiempos”. Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Servicio Bibliotecario, 1956, 1957.

Referencias bibliográficas

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Las referencias histórico-institucionales de carácter general introducidas en este artículo, en parte remiten a la tesis doctoral de la autora publicada en el libro “El caso Vigil. Historia sociocultural, política y educativa de la Biblioteca Vigil (1933-1981). En lo particular del Servicio Biblioteca de la entidad, el presente trabajo resulta enteramente original dado el acceso y análisis de inéditas fuentes documentales provistas en el año 2017. Al respecto, gradezco infinitamente la colaboración, sugerencias y lecturas de la Técnica Superior Archivera María José Vanni y el bibliotecario mayor Iván Cótica
Hacia el año 1950 el espacio barrial toma el nombre “Gral. San Martín” que igualmente alcanza a su vecinal. A los efectos de no provocar innecesarias confusiones, seguiremos designándola según su denominación original “Tablada y Villa Manuelita” o, sencillamente, “Tablada”.
Por aquellos años las tierras marginales eran loteadas a precios abaratados por cuanto convivían con instituciones “vergonzantes” tales como hospicios, cementerios, cárceles y hospitales especializados en enfermedades infecto-contagiosas altamente estigmatizadas. Al correr de las décadas, este sector de la urbe devino un típico barrio obrero; actores que provenían del cercano y poderoso frigorífico Swift (con más de 7000 trabajadores y trabajadoras), de las duras jornadas en el puerto, o de los múltiples corralones de materiales, hierros y chapas que guarnecían sus calles.
Entre otros: Leandro Gutiérrez y José Luis Romero, “Sociedades barriales, bibliotecas populares y cultura de los sectores populares (1920-1945)”, Desarrollo Económico, 113 (1989); Omar Acha, “Sociedad política y sociedad civil durante el primer peronismo”, Desarrollo Económico, 174 (2004): 199-230.
Rubén Naranjo, “Rosario, historias de aquí a la vuelta”, en La Biblioteca Popular C. C. Vigil (Rosario: Ediciones de Aquí a la vuelta, 1991), 12.
Diego Roldán, Chimeneas de carne. Una historia del frigorífico Swift de Rosario. 1907-1943 (Rosario: Prohistoria ediciones, 2008).
Revista “Primeros Tiempos” (Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Servicio Bibliotecario, 1956) 2.
Revista “Primeros Tiempos” (Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Sección Servicio Bibliotecario, 1957), 4. Mayúsculas en original.
El símbolo de Villa Manuelita es un tanque de agua que cobró fama cuando allí se colgó una bandera que rezaba: “Todos los países reconocen a Lonardi [Presidente de facto tras derrocamiento de J. D. Perón], Villa Manuelita no lo reconoce”.
Revista “Primeros Tiempos” (Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Sección Servicio Bibliotecario, 1956), 6. Mayúsculas en original.
Alejandro Parada, “Bibliotecología e Historia del Libro y de las Bibliotecas”, Información, Cultura y Sociedad n.° 26 (2012), 10.
Según la investigación de Malla (2006), se invitó a la cercana Biblioteca Mitre a participar de una rifa a medias, quienes no adhirieron “(…) por una cuestión conceptual, ya que consideraban que no debían lanzarse a una empresa con fines de lucro”. En Jorge Malla, El barrio Tablada y los orígenes de la Biblioteca Vigil (Rosario: Asociación Vecinal Rosario Sud Este, 2006), 149.
A fines de los cincuenta se hizo una votación entre los niños. El nombre ganador fue: “Constancio C. Vigil”, producto de incontables lecturas de los cuentos infantiles escritos por el autor uruguayo (1876-1954).
Este “sustantivo propio” también nos servirá para distinguir el estricto quehacer bibliotecario. Así, se hará referencia a este último como “servicio bibliotecario” o “biblioteca” o “Biblioteca Central”, reservándonos los términos “entidad”, “organización”, “institución” o (como se dijo) “La Vigil”, al complejo en su conjunto.
“Acta de Asamblea Extraordinaria” (Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Sección Documentos de Comisión Directiva, 1961), 2.
Proyectada para el goce estético y crecimiento personal, hacia fines de la década del sesenta devino un complejo centro de educación popular de gran calidad y bajo costo de la cuota societaria. Albergó a miles de rosarinos/as de todas las edades y sectores de clase según se inscribieran en la Escuela de Artes Visuales, Astronomía, Música y Cerámica, o se apuntaran a los cursos de idiomas, mecanografía, dactilografía, educación física, artesanías, ajedrez, expresión literaria, expresión creadora infantil, coros o folclore.
Naranjo, “Rosario, historias de aquí”, 12.
Aquel cielo de avanzada fue posible por la incorporación de un telescopio doble Coudé-filtro Lyot y cúpula giratoria encargado a la óptica Zeiss en Alemania Federal. Por entonces solo existían tres en su tipo siendo el único en América Latina. Tras la poderosa lente trabajó un equipo interdisciplinario que en breves año obtuvo resultados científicos muy valorados por la comunidad nacional e internacional.
La entidad llegó a tener casi 20.000 socios que accedían gratuitamente a todos los servicios abonando una cuota mensual de muy bajo costo.
“Memoria del Departamento del Servicio Bibliotecario” (Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Servicio Bibliotecario, 1972), 2.
“Memoria del Departamento del Servicio Bibliotecario” (Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Servicio Bibliotecario, 1973), 3.
Encargado a la historiadora rosarina Élida Sonzogni en 1969 para la Colección Apuntes.
“Memoria del Departamento del Servicio Bibliotecario” (Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Servicio Bibliotecario, 1965), 3.
“Memoria del Departamento del Servicio Bibliotecario” (Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Servicio Bibliotecario, 1964), 3.
Marcelo Abaca, (usuario de biblioteca y ex alumno del Instituto Secundario) en conversación con la autora, septiembre de 2011.
Publicadas por Editorial Biblioteca: “Rosario, esa ciudad” (1970); “Santa Fe: el paisaje y los hombres” (1971); “Paraná el pariente del mar” (1973).
“Memoria del Departamento del Servicio Bibliotecario” (Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Servicio Bibliotecario, 1970), 3.
Raúl Frutos, La Biblioteca Popular C.C. Vigil (Rosario: Ediciones Amsafe,
Se sigue aquí el trabajo de Joaquín George, “La Mar en Coche Territorio, Cultura y Actividad Internacional de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil (1957-1977)” (Tesis de grado, Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, UNR,
“Memoria del Departamento del Servicio Bibliotecario” (Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Servicio Bibliotecario, 1972), 3.
Hacia 1972 se habían recepcionado 1788 libros y 1808 publicaciones periódicas.
Memoria del Departamento del Servicio Bibliotecario” (Rosario:, Fondo documental Biblioteca Vigil, Servicio Bibliotecario, 1970), 1.
“Memoria del Departamento del Servicio Bibliotecario” (Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Servicio Bibliotecario, 1971), 2.
“Memoria del Departamento del Servicio Bibliotecario” (Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Servicio Bibliotecario, 1973), 1.
“Memoria del Departamento del Servicio Bibliotecario” (Rosario: Fondo documental Biblioteca Vigil, Servicio Bibliotecario, 1974), 1.
Ibíd., 2.
Ocurrido el 1 de julio de 1974 en ejercicio de su tercer mandato.
Raúl Frutos y Rubén Naranjo. “El genocidio blanco. La Editorial Biblioteca, Vigil, Rosario”, en Dictadura y Educación. Tomo III Los textos escolares en la historia argentina reciente, coordinado por Carolina Kaufmann (Buenos Aires: Miño y Dávila. 2006) 398-417. En estos años, Biblioteca Vigil sufrirá varios episodios de inusitada violencia que fortuitamente no tuvo víctimas: en 1975 un atentado de fuerte carga explosiva detonó en el Instituto Secundario. Meses después y en plena jornada escolar (nivel primario), un auto a gran velocidad abrió fuego de metralla sobre su edificio. Finalmente, en horas de la madrugada un grupo de personas encapuchadas amordazó al sereno que trabajaba en el sector administrativo. Tras hurgar en toda la documentación existente, en una pared quedaron pintadas las siglas “A.A.A.”; letras que coinciden con el grupo paramilitar “Alianza Anticomunista Argentina”, responsable de crímenes perpetrados antes del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.
Decreto N.º 0942/77 dictado por el gobernador de facto de Santa Fe, Jorge Desimoni.
Agustín Feced: Jefe del Servicio de Informaciones del II Cuerpo de Policía de Santa Fe. Falleció sin ser condenado por los centenares de crímenes ejecutados a sus órdenes.
El ejemplar lleva decenas de reediciones publicadas en tres países.
Raúl Frutos (bibliotecario mayor y miembro de comisión directiva), en conversación con el autor, febrero de 2009.
La liquidación patrimonial recién quedó concluida en el 2008 producto de largos años de incansable lucha llevada a cabo por la “Asamblea de socios por la recuperación de Biblioteca Vigil” conformada en el año 2004. La reparación institucional siguió entonces un camino inverso a los pasos dictatoriales: una primera etapa de (re)normalización (2008-2012), seguida por una convocatoria a asamblea extraordinaria (2013) con elección de nuevas autoridades, hasta la devolución de los bienes que sobrevivieron al despojo (2014). En el año 2015 fue declarada “Sitio de Memoria del Terrorismo de Estado”. A la fecha, espera la elevación a juicio por delitos de lesa humanidad y económicos de carácter imprescriptible. Aún se halla en plena etapa de reconstrucción.
En tanto el campo cultural en general y editorial en particular ya cuenta con valiosos estudios académicos, apenas se registran trabajos sobre el devenir de las bibliotecas populares durante los sesenta y setenta, tal y como la compilación de Solari y Gómez, (Comps.) Biblioclastía. Los robos, la represión y sus resistencias en Bibliotecas, Archivos y Museos de Latinoamérica. (Buenos Aires: Eudeba,
Javier Planas, “Primeros pasos para una historia de las Bibliotecas Populares”, (Ponencia presentada en Jornada Historia de las Bibliotecas Populares, CONABIP, Buenos Aires, 22 de septiembre de 2017).