Alberto Valencia Gutiérrez, La invención de la desmemoria: el juicio político contra el general Gustavo Rojas Pinilla en el Congreso de Colombia (1958-1959) (Cali: Programa Editorial de la Universidad del Valle, 2015).

  • Luis Eduardo Bustamante Coral Universidad del Valle, Cali, Colombia

Resumen

Reseña


Alberto Valencia Gutiérrez, La invención de la desmemoria: el juicio político contra el general Gustavo Rojas Pinilla en el Congreso de Colombia (1958-1959) (Cali: Programa Editorial de la Universidad del Valle, 2015).


Por: Luis Eduardo Bustamante Coral.

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Biografía del Autor

Luis Eduardo Bustamante Coral, Universidad del Valle, Cali, Colombia

Asistente del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana (CIER) de la Universidad Autónoma de Occidente (Cali, Colombia). Comunicador Social y Periodista egresado de la Universidad Autónoma de Occidente (Cali, Colombia). Estudiante de la Maestría en Historia de la Universidad del Valle (Cali, Colombia). Correo: lebustamantecoral@gmail.com

Publicado
2017-11-13
Como citar
BUSTAMANTE CORAL, Luis Eduardo. Alberto Valencia Gutiérrez, La invención de la desmemoria: el juicio político contra el general Gustavo Rojas Pinilla en el Congreso de Colombia (1958-1959) (Cali: Programa Editorial de la Universidad del Valle, 2015).. Historia y Espacio, [S.l.], v. 13, n. 49, p. 267-271, nov. 2017. ISSN 2357-6448. Disponible en: <http://nexus.univalle.edu.co/index.php/historia_y_espacio/article/view/5856>. Fecha de acceso: 22 oct. 2018 doi: https://doi.org/10.25100/hye.v13i49.5856.

Ríos de tinta han servido para que muchos autores interesados en el siglo XX colombiano reflexionaran sobre la especificidad del período etiquetado desde las ciencias sociales como la época de la Violencia. Esto hace que a veces parezca inútil buscar algo nuevo sobre lo dicho o rastrear alguna propuesta inédita que no produzca un efecto déjà vu y que, a la vez, sea un aporte académico en estos tiempos en donde el posconflicto apabulla y a los nuevos trabajos relacionados históricamente con este problema se les exige un reto de adecuada imaginación.

Alberto Valencia Gutiérrez, profesor del Departamento de Ciencias Sociales y Económicas de la Universidad del Valle, levanta la mano con su más reciente libro titulado La invención de la desmemoria: el juicio político contra el general Gustavo Rojas Pinilla en el Congreso de Colombia (1958-1959), resultado de su tesis de Doctorado en Sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) de París (Francia).

Al usar el acontecimiento de dicho litigio como objeto de su análisis, el profesor Valencia Gutiérrez defiende desde las primeras páginas el valor de su contribución, con la que busca remediar lo que él considera una actitud negligente de la historiografía colombiana con este juicio, al que califica de “farsa sin sentido”, “teatralización inocua”, “perteneciente al reino del sainete y la comedia” (p. 17). El autor se queja de que ni siquiera los trabajos de reconocidos historiadores como James Henderson y David Bushnell abordan este juicio con alguna extensión y cataloga a la literatura relacionada, salvo contadas excepciones, de polarizada.

El sociólogo Alberto Valencia sostiene que la coalición del Frente Nacional, en el marco de este juicio, pretendió llevar a cabo un proceso de “invención de la desmemoria” con respecto a los crímenes de liberales y conservadores en la época de la Violencia, incluyendo “amnistía implícita” y “perdón y olvido” frente a sus responsabilidades para dar lugar a un nuevo pacto de concordia bipartidista. Para que esto fuera posible, fue indispensable la “invención de una representación que permitiera dar cuenta de la época, pero sin hacer referencia a hechos o personajes incómodos que pudiera perturbar la convivencia entre los partidos” (p. 18).

El presidente militar Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957) amenazó la tradición del régimen colombiano cuando quiso emanciparse de su tutela civil y, por ello, fue el elegido para condensar en su figura la representación de todo lo malo de esa época y configurar lo que Alberto Valencia llama, echando mano de su conocimiento en el psicoanálisis, un “recuerdo encubridor”. De este modo, para las élites políticas ya no era la Violencia, sino la dictadura de Rojas la peor tragedia nacional del siglo XX y, con ello, lograron no sentirse tan mal consigo mismos y mirar con un poco más de esperanza el nuevo pacto del Frente Nacional.

Sin embargo, estos sectores se equivocaron al promover el juzgamiento y condena de Rojas Pinilla porque provocó unos “efectos inesperados”: de acusado pasó a ser acusador, luego mártir con la condena y, posteriormente, el principal proyecto populista opositor del Frente Nacional para las elecciones presidenciales de 1970. Si bien a esta altura se podría interpretar este planteamiento como coincidente con la generalización conocida desde la izquierda colombiana según la cual se defiende la memoria de Rojas Pinilla al tomársele como víctima de las élites políticas civiles, sería un error cerrar el libro y conservar esa apreciación.

Más adelante se entiende el punto desarrollado por el autor, cuando destaca la importancia de este juicio para describir, en un evento inédito, los siguientes aspectos: la discusión y el conflicto entre los imaginarios relacionados con la Violencia política liberal y conservadora; la dictadura Rojas y su propuesta de unidad nacional sobre la base del binomio Fuerzas Armadas-Pueblo y el nuevo pacto de concordia bipartidista del Frente Nacional. Estos elementos se entrecruzan y disputan por la forma como se debía rememorar toda una época, no solo en el Congreso de la República, sino también en las calles y, especialmente, en el discurso de los principales periódicos nacionales y regionales del momento, que el 13 de junio de 1953 veneraron la llegada de Rojas y el 10 de mayo de 1957 celebraron su autoexilio. Para Valencia, lo más importante es romper la tendencia de poner en blanco y negro la definición del gobierno de Rojas, sin antecedentes ni continuidades, integrándolo en la secuencia de la vida política colombiana.

Entre los argumentos más contundentes, Valencia sostiene que Rojas Pinilla no fue juzgado por lo que se debió juzgar, entre otras tantas razones, como por ejemplo haberse tomado el poder, lo cual a todas luces está en contravía de la tradición constitucional del país. Y no fue querellado por esto porque hubiera implicado revisar la situación antes de él, indagar la responsabilidad del gobierno de Laureano Gómez Castro, ahora fungiendo como uno de los principales soportes del Frente. De igual manera, el autor aclara que la dictadura no comenzó con Rojas Pinilla sino con el presidente Mariano Ospina Pérez, otra de las piezas sustanciales del nuevo pacto, cuando cerró el Congreso el 9 de noviembre de 1949 ante la iniciativa de los liberales de promoverle un juicio a él por la Violencia, y se sostuvo en las administraciones siguientes hasta la Junta Militar. Valencia también menciona que el dictador Rojas Pinilla no usó la fuerza para ser presidente; fueron las mismas élites, que en ese momento lo juzgaban, quienes, para controlar la grave situación social producto de la Violencia, le pidieron tomarse el poder bautizándose esta maniobra no como un golpe de Estado sino “un golpe de opinión”, tras ser él mismo el primero en negarse y proponer otras alternativas como la de ofrecer el apoyo de la Fuerzas Armadas para darle continuidad al mandato del presidente designado Roberto Urdaneta Arbeláez.

En cambio, los cargos levantados fueron inocuos para los estandartes de la también llamada tenaza, y revelaron tanto desequilibrio en el juicio como también la ulterior falta de credibilidad en él con el retiro deliberado de quienes fueron sus principales impulsores, los dirigentes Laureano Gómez, Guillermo León Valencia, Carlos Lleras Restrepo y Belisario Betancur, desnudándose así una acción colectiva aparatosa y las grietas mismas de un Frente Nacional que estaba aún en ciernes. Los tres cargos que le imputó el Congreso fueron contrabando de ganado, la libertad de algunos presos y unos actos de concusión que repercutieron en un incremento de la fortuna personal del entonces presidente en nombre de las Fuerzas Armadas, siendo condenado por mala conducta y declarado “indigno”, determinándose por esto la pérdida perpetua de sus derechos políticos.

El libro está compuesto de tres grandes bloques y diez capítulos, siendo el Preámbulo, el Capítulo I y las Conclusiones los acápites de indispensable lectura para hacerse a una idea integral de la investigación. El primer gran bloque se concentra en el relato del marco histórico del juicio y sobresale el propósito del autor de querer encontrar en el gobierno de Rojas Pinilla lo que denomina como las “demandas contradictorias”, tal como lo hizo el historiador Daniel Pécaut, sin duda el faro de este trabajo (a él está dedicado), con el caudillo Jorge Eliécer Gaitán Ayala en la obra Orden y violencia: Colombia 1930-1953.

Entre estas demandas aparece que el gobierno Rojas, al pretender una nueva forma de representación colectiva nacional por encima del bipartidismo con intentos que a la postre resultaron efímeros como el Movimiento de Acción Nacional (MAN), el binomio Pueblo-Fuerzas Armadas y la Tercera Fuerza, terminó generando nuevas formas de división en la nación, en buena parte explicadas por el arraigo de los partidos Liberal y Conservador en la mentalidad popular, comprobado en la amplia acogida electoral del plebiscito del 1.° de diciembre de 1957 que estableció el Frente Nacional.

La segunda parte está dedicada a la crónica del juicio desde tres escenarios: el Congreso como lugar del litigio, la opinión pública bajo el liderazgo de lo que el autor llama la Gran Prensa (integración de los principales periódicos nacionales y regionales de la época, encabezados por El Tiempo, El Espectador y El Siglo) y las manifestaciones públicas de adversarios y partidarios de Rojas. Para Valencia, el estudio del juicio político debe tener en cuenta lo que ocurre en estos tres escenarios para hacer comprensible lo sucedido.

El último segmento da lugar a una reflexión sobre el sentido de la época. Se da por sentado que el juicio, si bien no fue imparcial, se constituyó en uno de los pocos espacios donde se discutió la Violencia de mediados del siglo XX. Sobre esta base, el libro del profesor Valencia se puede tomar como ejemplo de la pertinencia del uso de fuentes como la prensa y los expedientes judiciales para indagar el conflicto de los imaginarios políticos y entender sus repercusiones en términos de acción colectiva desde el estudio juicioso de un acontecimiento, en el cual no se acusa, ni se defiende a su protagonista. De hecho, queda claro que Rojas Pinilla fue un torpe en la política y también un clientelista, pero en su gobierno militar no se registraron tantos excesos como en el de Laureano Gómez, cuyos seguidores fueron los mayores promotores y responsables de un juicio fracasado y movido por la sed de venganza contra quien derrocó a su máximo líder.

Quizás para el lector no especializado este puede ser un libro extenso; el autor es prolijo en la descripción y un tanto reiterativo en sus ideas. El diseño y la forma misma de la obra, aderezada con caricaturas alusivas a la coyuntura, organizadas en orden cronológico, en las que se destacan los trazos de Chapete como los más incisivos, resulta muy agradable a la vista. Más en el fondo, sin discutir la validez del uso de la prensa como insumo para reconocer los cambios estructurales de la sociedad, puede surgir la inquietud de qué tanto los investigadores podemos atrevernos a decir, o endilgarle a las fuentes lo que decimos, sin exagerar las realidades pasadas: ¿de verdad podemos pensar que en la mentalidad nacional se reemplazó el imaginario de la Violencia por la dictadura de Rojas Pinilla?, ¿tanto poder tenían el Congreso y la Gran Prensa sobre la nación y la forma como se debía recordar la historia? En el juicio, como concluye el autor, estas élites jugaron con candela porque terminaron convirtiendo a Rojas en un salvador. Pero esto no sorprende: nada más corriente en la historia de la política que estos salvadores